DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA EN VISITA «AD LIMINA»
Jueves
20 de mayo de 1999
Amadísimos hermanos en el episcopado:
1. «Paz a todos los que estáis en Cristo» (1 P
5, 14). Me complace saludaros con estas palabras del apóstol san Pedro en este
encuentro que, como de costumbre, tiene lugar durante vuestra asamblea plenaria,
pero que este año cobra un significado especial porque se celebra al final de
las visitas ad limina Apostolorum que habéis realizado durante los meses
pasados en grupos, constituidos según las diversas Conferencias episcopales
regionales.
Me alegra veros ahora a todos juntos y hacer con
vosotros una especie de balance ideal de lo que he podido escuchar durante estos
encuentros, de las esperanzas y preocupaciones sobre las que hemos conversado
familiarmente. Saludo al cardenal Camillo Ruini, vuestro presidente, a quien doy
las gracias por las palabras que me ha dirigido, así como a los demás
cardenales italianos. Saludo a los vicepresidentes, al secretario general y a
cada uno de vosotros, amados y venerados hermanos en el episcopado. El Señor os
recompense por la generosidad y la constancia con que cuidáis de las Iglesias
encomendadas a vosotros y por la solicitud que mostráis por todo el cuerpo
eclesial.
2. La impresión que me han dejado nuestros coloquios
durante las visitas ad limina ha sido muy positiva, como, por otra parte,
son siempre muy enriquecedoras para mí las experiencias que hago cuando voy a
visitar vuestras diócesis. Queridos hermanos, demos gracias a Dios por la
vitalidad espiritual y pastoral de la Iglesia en Italia y por la fidelidad con
que sus miembros, sacerdotes, religiosos y laicos, tratan de vivir su vocación
específica.
Ciertamente, existen dificultades y peligros. También
se ciernen sobre Italia tendencias que impulsan a rechazar a Dios y a Jesucristo
o, por decirlo así, a ponerlos entre paréntesis tanto en la cultura como en la
vida social y en los comportamientos personales. Al mismo tiempo, en el ámbito
moral se difunde un subjetivismo que con mucha frecuencia equivale concretamente
a la falta de todo principio y criterio ético auténtico, dando así lugar al
predominio del egoísmo, a las modas del consumismo y a un clima disgregador de
erotismo.
Pero precisamente en medio de estas dificultades, la
Iglesia en Italia está tomando cada vez mayor conciencia de la labor de misión
y nueva evangelización a la que está llamada. Es más, en el ámbito de la
preparación inmediata para el gran jubileo, especialmente durante estos
últimos años, ya se han puesto en marcha importantes y eficaces iniciativas
misioneras, entre las cuales me complace recordar la «misión ciudadana», en
la que se ha comprometido, con óptimos frutos, la diócesis de Roma. Asimismo,
el Congreso misionero nacional, que se celebró en septiembre del año pasado en
Bellaria, con la participación y el entusiasmo que lo caracterizaron, confirmó
cuán profundamente está grabada la misión ad gentes en el corazón y
en la tradición de la comunidad eclesial italiana.
Ahora se trata de proseguir este doble compromiso
evangelizador, haciéndolo cada vez más general y eficaz, en esta amada
nación, para que no pierda su índole cristiana y católica, sino que, por el
contrario, la renueve y refuerce; y, en las regiones del mundo donde el anuncio
del Evangelio está aún en sus inicios, para que el milenio que está a punto
de comenzar se caracterice por un ofrecimiento renovado de la salvación que
viene de Cristo.
3. El tema central de vuestra asamblea son las
vocaciones al ministerio ordenado y a la vida consagrada: me complace esta
elección, que corresponde muy bien a las preocupaciones que muchos de vosotros
me habéis manifestado durante las visitas ad limina. Constituye un
capítulo fundamental de la vida y de la misión de la Iglesia.
Las familias auténticamente cristianas y las
comunidades parroquiales y juveniles fervorosas son también hoy el ambiente
natural en que pueden nacer y desarrollarse con más facilidad vocaciones
genuinas. El ejemplo de sacerdotes y personas consagradas felices de su opción
de vida y capaces de realizar un serio trabajo formativo constituye el estímulo
más eficaz para que la llamada interior madure y llegue a ser explícita y
consciente. En este ámbito, sigue siendo muy importante el papel de la
dirección espiritual.
Por otra parte, es cada vez más necesaria una
pastoral vocacional diocesana orgánica, que promueva de manera armoniosa las
diversas vocaciones y predisponga personas, ocasiones y lugares formativos que
puedan estimular y sostener los itinerarios vocacionales. Sin embargo, la
legítima preocupación por afrontar la disminución del número de sacerdotes y
personas consagradas, jamás nos debe llevar a olvidar que lo más importante es
la autenticidad de las vocaciones, el impulso a seguir a Cristo y la idoneidad
para asumir las responsabilidades del ministerio.
4. Amadísimos obispos italianos, todos estamos
conmovidos a causa de la tristísima situación de guerra y atropello étnico
que se está viviendo desde hace tiempo en la República federal de Yugoslavia.
Al agradecer la oración coral con que vuestras Iglesias están respondiendo al
llamamiento que hice al comienzo de este mes de mayo, deseo expresaros mi
profundo aprecio por el elevado número de testimonios e iniciativas de
solidaridad que están llevando a cabo los institutos religiosos, las Cáritas y
los organismos de voluntariado, principalmente en los lugares a donde llegan los
prófugos y también en muchas otras partes de Italia.
Renuevo con vosotros el llamamiento que hice en
Bucarest en unión con el patriarca ortodoxo Teoctist: «En nombre de Dios,
Padre de todos los hombres, pedimos apremiantemente a las partes implicadas en
el conflicto que depongan definitivamente las armas y exhortamos vivamente a las
partes presentes a realizar gestos proféticos» (L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 14 de mayo de 1999, p. 1), para que sea posible
«un nuevo arte de vivir en los Balcanes, marcado por el respeto de todos, por
la fraternidad y la convivencia» (ib.). Quiera el Señor, el único que
convierte los corazones, que estas palabras se hagan pronto realidad.
5. Queridos hermanos en el episcopado, mi mirada se
dirige ahora a la amada nación italiana, por la que comparto, como siempre,
vuestra solicitud. En efecto, nuestro ministerio peculiar nos exige dar la
contribución de la sabiduría del Evangelio y de la doctrina social de la
Iglesia para la solución de los problemas, a menudo nuevos y complejos, que las
sociedades actuales deben afrontar. Se trata de estimular a las diversas clases
y a los componentes políticos y sociales a buscar el bien común y encontrar
las motivaciones más auténticas con vistas a una acción concorde, que
fortalezca en los ciudadanos el sentido de pertenencia y el gusto por la
participación.
En particular, las comunidades eclesiales, conscientes
de sus responsabilidades específicas en el campo social, económico y
político, tienen el deber de prestar atención de modo prioritario al trabajo y
al empleo, que son el camino obligado para devolver, en muchas regiones de
Italia, seguridad a las familias y valentía y confianza a la juventud. A la luz
de los principios de solidaridad y subsidiariedad, se puede hacer mucho en este
campo, trabajando por un desarrollo renovado de la economía y de la
producción, en el marco de una sincera colaboración tanto nacional como
internacional.
6. La Iglesia italiana está comprometida con
valentía profética en los grandes temas de la familia y de la vida, ante todo
promoviendo una pastoral familiar que ensanche cada vez más los propios
horizontes y llegue, en la medida de lo posible, a las familias que tienen
dificultades o que participan menos en la vida eclesial.
Pero, con razón, contribuís también a que las
familias mismas y sus asociaciones asuman su responsabilidad social, para que en
la legislación, en las políticas sociales y en las normas y decisiones
administrativas se salvaguarden los derechos de la familia fundada en el
matrimonio, en sintonía con la Constitución (cf. art. 29), sin
confundirla con otras formas de convivencia, y para que se adopten medidas
encaminadas a sostener a la familia en sus tareas esenciales, comenzando por la
procreación y la educación de los hijos.
¿Y qué decir del loable esfuerzo de quienes, en las
delicadísimas cuestiones relativas a la bioética, luchan por una legislación
que proteja a la familia legítima y al embrión humano? Es evidente que aquí
están en juego opciones que podrían poner en grave peligro el carácter
humanístico de nuestra civilización.
7. En vuestra solicitud de pastores también ocupan un
lugar privilegiado la formación de las generaciones jóvenes, a las que habéis
dedicado en particular vuestra asamblea de noviembre del año pasado, y la
escuela.
No se puede por menos de estar tristes y preocupados
al constatar que, mientras se trata de actualizar y planificar de nuevo la
organización global de la escuela italiana, no se logra encontrar el camino
para la efectiva igualdad de todas las escuelas. ¿No sería ésta la medida
más necesaria y significativa para adecuar el sistema escolar italiano al nivel
europeo? También por esto es muy oportuna la gran asamblea nacional sobre la
escuela italiana que se está preparando y se celebrará en Roma a fines del mes
de octubre: me alegra aseguraros ya desde ahora mi participación personal.
En relación con cada una de estas temáticas de gran
importancia social y cultural, y, más en general, en relación con la tarea
fundamental de la evangelización, os renuevo mi más cordial exhortación a
cultivar el proyecto cultural que la Iglesia que está en Italia ha puesto en
marcha durante estos años. Asimismo, os exhorto a mantener vivo el compromiso
necesario para potenciar la presencia cristiana en el ámbito de las
comunicaciones sociales.
8. Amadísimos obispos italianos, en realidad el gran
jubileo ya está muy cerca. Os expreso mi satisfacción por el modo como
vuestras diócesis están preparándose para ese acontecimiento providencial, en
el que juntos daremos gracias al Padre celestial por el don supremo de su Hijo,
que por nuestra salvación se encarnó en el seno de la Virgen María.
Intensifiquemos nuestra oración para que este especial Año santo traiga
consigo un crecimiento de la fe, la esperanza y el amor cristiano. Que el
jubileo, gracias al compromiso de todos, impulse a los cristianos a dar
ulteriores pasos por el camino de la unión plena y difunda en el mundo una
conciencia nueva de la necesidad y la posibilidad de la paz.
Las citas que nos esperan para el año 2000 -el
Congreso eucarístico internacional, la Jornada mundial de la juventud y tantos
otros acontecimientos de gran significado- serán una nueva oportunidad para
vivir juntos la alegría de nuestra comunión.
Venerados hermanos en el episcopado, dentro de algunos
días celebraremos la solemnidad de Pentecostés. Que de los labios y del
corazón se eleve con más frecuencia en estas horas la invocación al Espíritu
Santo, para que a nosotros y a toda la comunidad cristiana nos colme de la
abundancia de sus dones.
A María, Reina de la paz, dirijamos nuestra súplica,
humilde y confiada, para que se ponga fin a las guerras y a la violencia, tanto
en los Balcanes como en el continente africano y en todo el mundo.
Sobre vosotros y sobre el pueblo que la Providencia
divina ha encomendado a vuestro cuidado pastoral descienda abundantemente la
bendición divina.
Dios proteja a Italia y le conceda mantenerse fiel a
su gran herencia cristiana.
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