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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
OCHO NUEVOS EMBAJADORES ANTE LA SANTA SEDE
Jueves
20 de mayo de 1999
Excelencias:
Me complace acogeros hoy en el palacio apostólico y
recibir las cartas que os acreditan como embajadores extraordinarios y
plenipotenciarios ante la Santa Sede de vuestros respectivos países: Ucrania,
Australia, Yemen, Malta, Barbados, Principado de Mónaco, Islandia y Tailandia.
Quiero agradeceros vivamente los cordiales mensajes que me habéis transmitido
de parte de vuestros jefes de Estado. Os ruego que, al volver, les expreséis mi
saludo afectuoso y mis mejores deseos para ellos y para su alta misión al
servicio de sus pueblos. Nuestro encuentro me brinda la ocasión de saludar a
los responsables de vuestras naciones, así como a vuestros compatriotas, y
dirigir mi saludo cordial a los católicos de vuestros países, que procuran
participar en todos los sectores de la vida junto con sus conciudadanos.
En esta solemne circunstancia, quisiera hacer, por
medio de vosotros, un nuevo llamamiento a todas las naciones para que, en los
diversos continentes, las autoridades civiles y todos los hombres de buena
voluntad prosigan e intensifiquen sus esfuerzos en favor de la paz, la
cooperación, la solidaridad y el entendimiento entre los pueblos. Conocéis el
compromiso de la Sede apostólica en estos campos, para que callen las armas y
se busque la negociación, de modo que, respetando el derecho, cada país reciba
asistencia para la organización de sus instituciones y ayuda para la
integración de las diferentes culturas y etnias que lo componen. En efecto, no
se puede concebir un Estado como una realidad que rechace a una parte de su
población, de acuerdo con criterios que llevan a la segregación. Los
responsables de la sociedad han de estar atentos a las condiciones de una
«convivencia armoniosa», para que la fraternidad supere al odio y a la
violencia.
Debemos preparar una tierra habitable para las
generaciones futuras, dando a los jóvenes motivos para que tengan esperanza y
se comprometan en la gestión de la ciudad, fundando su acción en los
principios fundamentales de justicia, honradez y respeto a las personas. Del
mismo modo, es conveniente que los hombres de nuestro tiempo, sobre todo los
jóvenes, descubran los valores morales y espirituales que permiten percibir el
sentido de la existencia personal y el sentido de la historia, y que son los
motores tanto de la vida interior como de la vida social.
Al empezar vuestra misión, os expreso mis mejores
deseos e invoco la abundancia de las bendiciones divinas sobre vosotros, así
como sobre vuestras familias, sobre vuestros colaboradores y sobre las naciones
que representáis.
*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n. 23 p.12 (p.304).
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Libreria Editrice Vaticana
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