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DISCURSO DEL SANTO PADRE AL GRUPO
«CENTRO CULTURAL JUAN PABLO II»
Jueves
27 de mayo de 2001
Eminencia; queridos amigos:
Me complace daros de nuevo la bienvenida al Vaticano este año. Doy las gracias
al cardenal Maida por tenerme informado del continuo progreso del Centro, y
expreso mi gratitud a todos los que han apoyado su misión de promoción del
diálogo y de enriquecimiento mutuo entre el mundo de la fe y el de la cultura.
El Centro ha surgido por la firme convicción de la Iglesia de que sólo el
misterio de Jesucristo ilumina plenamente el misterio del hombre y que, por
tanto, puede proporcionar un fundamento sólido para el progreso auténtico de
la familia humana en la justicia, la paz y la solidaridad. Hace veinte años, al
comienzo de mi pontificado, tracé las líneas que la Iglesia de nuestro tiempo
está llamada a seguir, fiel al concilio Vaticano II, para cumplir su misión en
el mundo.
«La Iglesia desea servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrar a
Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la
potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en el misterio de
la Encarnación y de la Redención, y con la potencia del amor que irradia de•ella»
(Redemptor hominis, 13). Hoy, mientras
la Iglesia se acerca al tercer milenio de la Encarnación, pido al Señor que
el Centro, con su actividad intelectual, artística y cultural, contribuya a
que la rica tradición y la experiencia de la Iglesia afronten las grandes
cuestiones humanas y éticas que están forjando el futuro de vuestra
sociedad.
Queridos amigos, ojalá que vuestra peregrinación a
esta ciudad, donde los apóstoles Pedro y Pablo dieron su último testimonio de
Cristo resucitado, os impulse a una unión más profunda con el Señor y con su
Iglesia. Que la Madre amorosa del Redentor nos guíe a todos en nuestra
peregrinación hacia el gran jubileo y hacia la plenitud de vida en el reino de
Dios.
A vosotros y a vuestras familias os imparto
cordialmente mi bendición apostólica.
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