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PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL FINAL DEL REZO DEL ROSARIO

 Lunes 31 de mayo de 1999

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

Con esta sugestiva celebración en los jardines vaticanos concluimos el mes de mayo, que este año se ha dedicado de modo particular a la oración por la paz. La fiesta de la Visitación, que celebramos hoy, nos brinda, al respecto, un punto de meditación muy significativo: nos presenta a la Virgen santísima que, llevando en su seno al Verbo hecho carne, acude a ayudar a su anciana prima, que está a punto de dar a luz. María es el modelo de la Iglesia que, con las obras de misericordia y caridad, trae al mundo la paz de Cristo salvador.

¡Cuántos hijos e hijas de la Iglesia, en estos dos mil años, han testimoniado el amor del Padre celestial en las múltiples fronteras de la solidaridad! Se trata de una especie de gran «visitación», que se extiende al mundo entero, irradiando el misterio de Dios, que se hace prójimo del hombre y sana sus heridas materiales y morales.

Al obrar así, la Iglesia es cada día artífice de paz, con la humilde valentía de María santísima, sierva del Dios de la paz.

Contemplémosla a ella, amadísimos hermanos y hermanas, orando ante esta gruta, que evoca la de Lourdes y los demás lugares en los que se ha realizado una especial «visitación» de la Virgen en la historia. En la visitación de María se manifiesta la paternal solicitud de Dios, que no abandona a su pueblo; al contrario, cuida de los pequeños y los marginados. En su gran misericordia, Dios ha visitado y redimido a su pueblo. He aquí el motivo de todo jubileo, y especialmente del próximo bimilenario de la Encarnación. Encomendemos esta tarde todos nuestros proyectos y nuestras invocaciones a María, Virgen de la visitación y Reina de la paz. Amén.

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