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DISCURSO DEL SANTO PADRE A LOS
LÍDERES DE OTRAS RELIGIONES Y CONFESIONES CRISTIANAS
Nueva
Delhi, domingo 7 de noviembre
Ilustres líderes religiosos; queridos amigos:
1. Me alegra mucho visitar una vez más la amada tierra de la India y tener
esta oportunidad de saludaros en particular a vosotros, representantes de
diferentes tradiciones religiosas, que no sólo encarnáis los grandes logros
del pasado, sino también la esperanza de un futuro mejor para la familia
humana. Agradezco al Gobierno y al pueblo de la India la acogida que me han
dispensado. Vengo a vosotros como peregrino de paz y como compañero que camina
con vosotros por la senda que lleva a la realización plena de los más
profundos anhelos humanos. Con ocasión del Diwali, la fiesta de las
luces, que simboliza la victoria de la vida sobre la muerte, del bien sobre el
mal, expreso la esperanza de que este encuentro hable al mundo entero de lo que
nos une a todos: nuestro origen y destino humano común, nuestra
responsabilidad común con respecto al bienestar y progreso de las personas,
nuestra necesidad de luz y fuerza, que buscamos en nuestras convicciones
religiosas. A lo largo de los siglos, y de muchas maneras, la India ha enseñado
una verdad que también los grandes maestros cristianos proponen: que los
hombres y mujeres "por un instinto interior" están profundamente
orientados hacia Dios y lo buscan desde lo más profundo de su ser (cf. santo
Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 60, a. 5, ad 3). Estoy
convencido de que, sobre esta base, podremos avanzar juntos con éxito por el
camino de la comprensión y el diálogo.
2. Mi presencia aquí, entre vosotros, es un signo más de que la Iglesia
católica desea proseguir de modo cada vez más intenso el diálogo con las
religiones del mundo. Considera que este diálogo es un acto de amor que
hunde sus raíces en Dios mismo. "Dios es amor", proclama el Nuevo
Testamento, "y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.
(...) Nosotros amemos, porque él nos amó primero. (...) Quien no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,
16. 19-20).
El hecho de que las religiones del mundo estén tomando cada vez mayor
conciencia de su responsabilidad común con respecto al bienestar de la familia
humana es un signo de esperanza. Este es un aspecto fundamental de la globalización
de la solidaridad que debe existir, si queremos asegurar el futuro del
mundo. Este sentido de responsabilidad compartida aumenta a medida que
descubrimos lo que tenemos en común como hombres y mujeres religiosos.
¿Quién de nosotros no debe afrontar el misterio del sufrimiento y la muerte?
¿Quién de nosotros no considera la vida, la verdad, la paz, la libertad y la
justicia como los valores más importantes? ¿Quién de nosotros no está
convencido de que la bondad moral está sólidamente arraigada en la apertura de
la persona y de la sociedad al mundo trascendente de la divinidad? ¿Quién de
nosotros no cree que el camino hacia Dios exige oración, silencio, ascetismo,
sacrificio y humildad? ¿Quién de nosotros no está interesado en que el
progreso científico y técnico vaya acompañado por una conciencia espiritual y
moral? Y ¿quién de nosotros no cree que los desafíos planteados actualmente a
la sociedad sólo pueden afrontarse construyendo una civilización del amor,
basada en los valores universales de la paz, la solidaridad, la justicia y la
libertad? Y ¿cómo podemos hacerlo si no es a través del encuentro, la
comprensión mutua y la cooperación?
3. La senda que hemos de recorrer es ardua y siempre nos acecha la
tentación de elegir un camino de aislamiento y división, que lleva al
conflicto. Este, a su vez, desencadena las fuerzas que convierten a la religión
en un pretexto para la violencia, como observamos con demasiada frecuencia en el
mundo. Recientemente, acogí con alegría en el Vaticano a los representantes de
las religiones del mundo que se reunieron para desarrollar los frutos del
encuentro de Asís de 1986. Repito aquí lo que dije a esa distinguida asamblea:
"La religión no es, y no debe llegar a ser, un pretexto para los
conflictos, sobre todo cuando coinciden la identidad religiosa, cultural y étnica.
La religión y la paz van juntas: desencadenar una guerra en nombre de la
religión es una contradicción evidente" (n. 3: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 5 de noviembre de 1999, p. 6).
Especialmente los líderes religiosos tienen el deber de hacer todo lo posible
para garantizar que la religión sea lo que Dios quiere: una fuente de
bondad, respeto, armonía y paz. Éste es el único modo de honrar a Dios en
verdad y justicia.
Nuestro encuentro nos exige luchar por descubrir y aceptar todo lo que sea
bueno y santo en los demás, de forma que podamos reconocer, tutelar y
promover las verdades espirituales y morales, que son las únicas que garantizan
el futuro del mundo (cf. Nostra aetate, 2). En este sentido, el diálogo
nunca es un intento de imponer nuestras opiniones a los demás, dado que un diálogo
de esa índole se transformaría en una forma de dominio espiritual y cultural.
Eso no implica renunciar a nuestras convicciones. Lo que exige es que, firmes en
lo que creemos, escuchemos con respeto a los demás, tratando de descubrir lo
que es bueno y santo, y lo que favorece la paz y la cooperación.
4. Es esencial reconocer que existe un vínculo estrecho e inquebrantable
entre la paz y la libertad. La libertad es la prerrogativa más noble de la
persona humana, y una de las principales exigencias de la libertad es el
libre ejercicio de la religión en la sociedad (cf. Dignitatis
humanae, 3). Ningún Estado, ningún grupo tiene el derecho de controlar, ni
directa ni indirectamente, las convicciones religiosas de una persona, ni puede
reivindicar justificadamente el derecho de imponer o impedir la profesión pública
y la práctica de la religión, o la apelación respetuosa de una religión
particular a la libre conciencia de las personas. Al celebrarse este año el 50°
aniversario de la Declaración universal de derechos del hombre, escribí
que "la libertad religiosa ocupa el centro mismo de los derechos humanos.
Es inviolable hasta el punto de exigir que se reconozca a la persona incluso la
libertad de cambiar de religión, si así lo pide su conciencia. En efecto, cada
uno debe seguir la propia conciencia en cualquier circunstancia y no puede ser
obligado a obrar en contra de ella (cf. artículo 18)" (Mensaje para
la celebración de la Jornada mundial de la paz de 1999, n. 5: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 18 de diciembre de 1998, p. 6)
5. En la India el camino del diálogo y la tolerancia ha sido seguido por
los grandes emperadores Ashoka, Akbar y Chatrapati Shivaji; por hombres sabios
como Ramakrishna Paramahamsa y Swami Vivekananda; y por figuras luminosas como
el Mahatma Gandhi, Gurudeva Tagore y Sarvepalli Radhakrishnan, que comprendieron
profundamente que servir a la paz y a la armonía es una tarea santa. Esas
personas, en la India y en otros lugares, han contribuido notablemente a hacer
que aumente la conciencia de nuestra fraternidad universal, y nos orientan hacia
un futuro en el que se hará realidad nuestro profundo deseo de cruzar la puerta
de la libertad, porque la cruzaremos juntos. Elegir la tolerancia, el diálogo y
la colaboración como camino para el futuro es conservar lo que hay de más
valioso en el gran patrimonio religioso de la humanidad. Es también asegurar
que en el curso de los próximos siglos el mundo no quede privado de la esperanza, que
es como la sangre para el corazón humano. Que el Señor del cielo y de la
tierra nos lo conceda ahora y para siempre.
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