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DISCURSO
DEL SANTO PADRE A LOS REPRESENTANTES DEL MUNDO DE LA CULTURA Y DE
LA CIENCIA
Martes,
9 de noviembre de 1999 Tbilisi, Residencia estatal
Señor presidente, excelencias, señoras y señores:
1. He esperado con ilusión este encuentro con vosotros, hombres y
mujeres de la cultura, la ciencia y las artes de Georgia, porque sois
realmente los representantes y custodios de su herencia cultural única.
Georgia es famosa como país de poetas y artistas, y se siente orgullosa de su
antigua tradición, enriquecida a lo largo de los siglos con elementos tomados
de contactos con otras naciones y poblaciones. Ahora, con la caída de las
barreras que durante tanto tiempo simbolizaron la separación entre el Este y
el Oeste, Georgia ha empezado un nuevo y estimulante capítulo de su historia,
y está plenamente comprometida en la reconstrucción de su entramado social y
en la creación de un futuro de esperanza y prosperidad para su pueblo. Como
representantes del mundo de la cultura, desempeñáis un papel insustituible
en este proceso. Os corresponde a vosotros plasmar una nueva visión cultural
que recurra a la herencia del pasado para inspirar y forjar el futuro. Esta
noble tarea se transforma en un deber sagrado en este momento en que Georgia
se prepara para celebrar su tercer milenio como nación.
En particular, doy las gracias al presidente Shevardnadze por presidir este
encuentro, y también por su cordial bienvenida y por las amables palabras que
me ha dirigido. Expreso asimismo mi profunda gratitud al Catholicós
patriarca. A todos vosotros, distinguidos huéspedes, os expreso la esperanza
de que mi visita sirva para poner de relieve la vocación particular de
Georgia como artífice de paz en toda esta región y como puente entre los
países del Cáucaso y del resto de Europa.
2. Al dirigirme hoy a vosotros, no puedo menos de recordar la
contribución del cristianismo a la cultura georgiana. Es significativo
que durante muchos siglos vuestra literatura nacional haya sido casi
exclusivamente de inspiración religiosa. Esto refleja algo que vale realmente
para toda cultura humana. De hecho, la cultura es una realidad que nace de la
autotrascendencia; brota de un impulso por el cual la individualidad humana
trata de elevarse por encima de sus limitaciones, con una fuerza interior que
tiende a la comunicación y a la comunión. En este sentido, podemos decir que
la cultura hunde sus raíces en el "alma naturalmente religiosa" del
hombre. Esta fuerza interior que el hombre experimenta, y que lo impulsa a
buscar la plenitud de su ser a través de su relación con los demás,
permanece incompleta hasta que logra llegar al Otro, es decir, al Absoluto.
La cultura nace precisamente de este movimiento de autotrascendencia, de
reconocimiento del otro, de necesidad de comunicarse con el otro. Pero este
impulso hacia el otro sólo es posible por el amor. En definitiva, sólo
el amor logra desarraigar el egoísmo trágico que anida en lo profundo del
corazón humano. Es el amor el que nos ayuda a poner a los demás y al Otro en
el centro de nuestra vida. Los cristianos han procurado siempre crear una cultura
abierta fundamentalmente a la eternidad y a la trascendencia, pero que, al
mismo tiempo, preste atención a las realidades temporales, a las cosas
concretas y al hombre. Generaciones de cristianos se han esforzado por
crear y transmitir una cultura cuyo objetivo consiste en una comunión
fraterna de personas cada vez más profunda y universal. Sin embargo, esta
universalidad no es una uniformidad opresora. La cultura auténtica respeta el
misterio de la persona humana y, por tanto, debe implicar un intercambio dinámico
entre lo particular y lo universal. Debe buscar una síntesis entre la unidad
y la diversidad. Sólo el amor es capaz de mantener esta tensión en un
equilibrio creativo y fecundo.
3. Estos pensamientos surgen espontáneamente si se considera la antigua
cultura cristiana de Georgia. La predicación del Evangelio no sólo dio a
conocer la palabra de la salvación; también impulsó la creación del
alfabeto georgiano y el consiguiente crecimiento de vuestra identidad
nacional. La fe cristiana inspiró el amor por la palabra escrita, que ha
ejercido profundo influjo en vuestra lengua, en vuestra literatura y en toda
vuestra vida cultural.
La tradición según la cual los georgianos presentes en la crucifixión de
Cristo trajeron de Jerusalén la túnica inconsútil del Señor, simboliza de
alguna manera la aspiración decidida de la nación a la unidad. Y lo mismo se
puede decir de las tradiciones según las cuales el Evangelio fue predicado en
vuestro país por los apóstoles Andrés y Simón, y también por san Clemente
Romano, desterrado en las minas del Quersoneso. Esas tradiciones, a la vez que
subrayan la venerable antigüedad de la Iglesia en Georgia, muestran una
profunda conciencia de los vínculos de comunión que la Iglesia en esta
tierra mantiene con la única Iglesia de Cristo. Un signo de la importancia
atribuida a esta comunión son las numerosas traducciones que forman parte de
la literatura religiosa georgiana; representan un auténtico tesoro, que habéis
compartido con todo el mundo cristiano, conservando textos que, de lo
contrario, se habrían perdido. Otro testimonio de esta apertura y de este
intercambio son los monasterios georgianos y los monjes presentes en
diferentes partes del mundo cristiano; basta pensar en el monasterio de
Iviron, en el Monte Athos. Esta apertura de vuestra cultura, tan evidente en
el pasado, es igualmente importante hoy. Todos sabemos cuán urgente es,
especialmente en esta región del mundo, promover una cultura de
solidaridad y cooperación, una cultura capaz de combinar toda la riqueza
de vuestra identidad con la riqueza que se adquiere en el encuentro con otros
pueblos y sociedades.
4. Asistimos actualmente a un proceso de globalización, que tiende a
subestimar la diversidad y la variedad, y que se caracteriza por el nacimiento
de nuevas formas de etnocentrismo y nacionalismo exagerado. En esta situación,
el desafío consiste en promover y transmitir una cultura viva, una cultura
capaz de favorecer la comunicación y la fraternidad entre los diferentes
grupos y pueblos, y entre los diversos campos de la creatividad humana. En
otras palabras, el mundo actual nos impulsa a conocernos y a respetarnos
unos a otros en la diversidad de nuestras culturas y mediante ella. Si lo
hacemos, la familia humana gozará de unidad y paz, y las diversas culturas se
enriquecerán y renovarán, purificadas de todo lo que representa un obstáculo
para el encuentro mutuo y el diálogo.
Uno de los desafíos más difíciles de nuestro tiempo es el encuentro
entre la tradición y la modernidad. Este diálogo entre lo antiguo y lo
nuevo será, en gran parte, decisivo para el futuro de las generaciones más jóvenes
y, por consiguiente, para el de la nación. Se trata de un diálogo que
requiere mucha ponderación y reflexión, y exige un sabio equilibrio, porque
es mucho lo que está en juego. Por una parte, puede existir la tentación de
refugiarse en formas de nostalgia cerrada a lo que hay de positivo en el mundo
contemporáneo; por otra, existe hoy una fuerte tendencia a aceptar sin
sentido crítico el sincretismo y la falta de un objetivo existencial, que son
típicos de una cierta modernidad. La herencia espiritual de Georgia es una
fuente de inestimable valor para afrontar los desafíos culturales del
presente, porque conserva el gran tesoro de una concepción unificada y
completa del hombre y de su destino. Esa herencia, y las tradiciones que
surgen de ella, son un verdadero patrimonio de todos los georgianos, que hasta
las piedras proclaman; basta pensar en esa gran joya que es la iglesia de
Jvari, un faro de luz espiritual para vuestro país.
5. Hoy urge recuperar la visión de una unidad orgánica que abarque al
hombre y toda la historia humana. Los cristianos están convencidos de que en
el centro de esta unidad se halla el misterio de Cristo, el Verbo encarnado de
Dios, que manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
grandeza de su vocación (cf. Gaudium et spes, 22). ¡No tengáis miedo
a Cristo! La fe en él nos revela un mundo espiritual que ha inspirado y sigue
inspirando las energías intelectuales y artísticas de la humanidad. Cristo
nos hace libres para una creatividad auténtica, precisamente porque nos hace
capaces de entrar en el misterio del amor, el amor a Dios y el amor al hombre,
y, al hacerlo, nos permite apreciar y a la vez trascender la particularidad.
¡Ojalá que los hombres y las mujeres comprometidos en las artes, la
ciencia, la política y la cultura pongan su creatividad al servicio de la
promoción de la vida en toda su verdad, su belleza y su bondad! Esto sólo
se puede hacer promoviendo una visión integral del hombre. Cuando esta visión
se debilita, la dignidad humana sufre, y los bienes de la creación,
destinados al bienestar y al progreso de la humanidad, tarde o temprano, se
vuelven contra el hombre y contra la vida. El siglo que está llegando a su
fin, con sus dolorosas experiencias de guerra, violencia, tortura y diversas
formas de opresión ideológica, lo testimonia de manera muy elocuente. Al
mismo tiempo, atestigua la fuerza inagotable del espíritu humano que triunfa
sobre todo lo que trata de ahogar su deseo irrefrenable de verdad y libertad.
Queridos amigos, os expreso mis mejores deseos para vuestra obra, y pido a
Dios que el jubileo de Cristo, que nos disponemos a celebrar, sea una invitación
a todos los hombres de buena voluntad a colaborar en la construcción de un
futuro de esperanza, una verdadera civilización del amor. Invoco sobre todos
vosotros la luz y la alegría, que son dones del Espíritu Santo, Señor y
dador de vida.
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