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Señor cardenal;
queridos hermanos en el episcopado:
1. Bienvenidos a la casa del Obispo de Roma, que os recibe con gran alegría
por el vínculo de comunión que une a todos los pastores como sucesores del
Colegio apostólico, reunido en torno a Pedro. El objetivo principal de vuestra
peregrinación a las tumbas de los príncipes de los Apóstoles, san Pedro y san
Pablo, es reavivar en vosotros la gracia del ministerio episcopal y el
compromiso de vuestra misión pastoral. A mí, como Sucesor de Pedro, me
corresponde la tarea de confirmaros en la fe y en vuestro servicio apostólico
(cf. Lc 22, 32). Al mismo tiempo, por medio de vosotros,
quiero asegurar mi cercanía espiritual también a los sacerdotes, los diáconos,
los religiosos y los laicos de las Iglesias particulares que se os han
encomendado: "Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os
conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Cristo
Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis a Dios, Padre de nuestro Señor
Jesucristo" (Rm 15, 5-6).
2. Vuestra visita ad limina tiene lugar en un momento particular.
Ahora que faltan sólo pocas semanas para el inicio del tercer milenio, estos días
nos traen a la memoria los acontecimientos extraordinarios que hace diez años
marcaron un "cambio histórico" en vuestra patria. Se derrumbó el
muro de Berlín. Se quitó el alambre de púas y quedaron abiertas las puertas.
La Puerta de Brandeburgo, durante decenios símbolo de la separación, volvió a
ser, como antes, símbolo de la Alemania unificada. Queridos hermanos, pastores
de las diócesis de los estados viejos y nuevos, al veros a todos unidos a mi
alrededor durante estos días de vuestra visita ad limina, doy gracias a
Dios, que con su providencia gobierna la historia, y repito las palabras del
salmista: "¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos
juntos!" (Sal 133, 1)
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La importancia del momento histórico que estamos viviendo me impulsa a proponer
como tema de esta visita ad limina un argumento de fondo: la
Iglesia que "es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la
unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen
gentium, 1). Reservando la exposición de otros aspectos de este tema para
los otros dos grupos de vuestros hermanos en el episcopado, quisiera considerar
hoy con vosotros el ambiente en que está insertada actualmente la Iglesia en
vuestra patria como "casa de Dios en medio de los hombres" (cf. 1
Tm 3, 15; Ap 21, 3). La realidad social es ciertamente demasiado
compleja como para ilustrarla en pocas palabras. Debemos contentarnos con
algunas líneas esenciales para comprender todo el conjunto.
3. Después de la "revolución de terciopelo" que, hace diez años,
sin derramamiento de sangre, abrió el camino a la libertad, han nacido grandes
esperanzas. Por aquel entonces todos hablaban de "campos florecidos".
Pero muchos de los que soñaban con los ojos abiertos hoy deben contentarse con
lo indispensable para una existencia aceptablemente serena. Habéis respondido
con valentía a los desafíos de este último decenio y seguís ayudando, con
vuestra palabra y vuestra acción, a las personas que desean construir su
existencia sobre una base segura. Por eso, os expreso mi sincera gratitud a
vosotros y a todos los que os sostienen en vuestro compromiso, no siempre fácil.
Me congratulo con vosotros por todo el bien que la Iglesia en Alemania está
haciendo con su presencia y su trabajo en la sociedad civil, en la vida política
y en el ámbito caritativo, y también con su generosa contribución económica,
donde hay necesidad. Como un ejemplo, entre muchos otros, quisiera recordar aquí
el importante servicio que los consultorios de la Iglesia prestan en numerosos
campos, especialmente ayudando a las mujeres embarazadas que se encuentran en
una situación de dificultad. Observo también la actitud de fidelidad generosa
con que la Unión de las diócesis de Alemania, a pesar de las dificultades de
la situación económica, apoya el ministerio pastoral del Obispo de Roma al
servicio de la Iglesia universal. Mi pensamiento se dirige también a la ciudad
de Berlín, la capital, donde ha sido posible, contando con vuestra ayuda,
construir una sede adecuada para el representante pontificio. Esos hechos
demuestran que vuestro corazón vibra por el Sucesor de Pedro, que es
"el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles" (Lumen gentium,
23). Teniendo presente una convicción tan firme, es posible alimentar la
certeza de que también en el futuro la casa de Dios, que es la Iglesia en
Alemania, seguirá fundada sólidamente sobre roca.
4. Los habitantes de vuestro país viven en el marco de la así llamada
"sociedad de consumo", donde gran parte de la población se encuentra
en una situación de bienestar material jamás conocida antes. Se trata
indudablemente de una conquista, que, sin embargo, presenta aspectos negativos.
Después del "cambio histórico", especialmente en los nuevos
estados federales, se puede hablar incluso de "impacto consumista".
Para reactivar la economía, se han suscitado muchas necesidades hasta ahora
desconocidas, que se refuerzan continuamente mediante una intensa publicidad,
cuyo objetivo es convencer a la gente de que siempre puede tenerlo
todo.
Los bienes materiales se destacan con tal insistencia, que a menudo ahogan
cualquier deseo de valores religiosos y morales. Pero, con el paso del tiempo,
si el alma se queda sin alimento y sólo las manos están llenas, el hombre
experimenta el vacío: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda
palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3).
En este marco, quisiera expresar mi preocupación con respecto al significado
del domingo, que corre el peligro de resultar cada vez más vacío. Aprecio
vuestras iniciativas encaminadas a salvaguardar el domingo como día del Señor
y día del hombre. En la carta apostólica Dies Domini ilustré
ampliamente estas dimensiones. Además, no puedo menos de mencionar vuestra
declaración programática sobre la situación económica y social de Alemania,
elaborada después de un amplio proceso de consulta con las comunidades
eclesiales evangélicas, y que ha tenido gran eco en la opinión pública. En
esa tarea os inspiró un pensamiento, que es también una convicción mía:
el hombre, en cuanto persona, no debe ser arrollado por los intereses económicos.
Se trata de un peligro real, porque la sociedad de consumo, donde a menudo se
afirma que Dios ha muerto, ha creado numerosos ídolos, entre los que sobresale
el ídolo de la ganancia a toda costa.
5. Otro fenómeno del mundo que os rodea son los medios de comunicación
social. En la red de los modernos medios de comunicación las noticias pueden
propagarse a todo el mundo en tiempo real. A menudo el hombre no sólo recibe
información, sino que en cierto modo también se siente ahogado por ella, y ya
no es capaz de controlar, valorar y seleccionar las noticias. En consecuencia,
se queda solo, angustiado y desorientado, porque en la sociedad pluralista se
habla abiertamente de todo lo novedoso y sensacional. Ciertamente, existen también
programas informativos y espectáculos de valor, que merecen aprecio; pero es
necesario educar para una madurez crítica capaz de seleccionar sabiamente.
Por eso, la sociedad de la información representa un desafío para los
pastores. Es preciso comprometerse, por un lado, a hacer crecer en las personas
la madurez crítica que he mencionado, y, por otro, a promover una mejor calidad
de las noticias. La Iglesia está llamada a "evangelizar" también los
medios de comunicación social. Si se utilizan bien, pueden convertirse para los
pastores en una especie de púlpito. Hay que elegir atentamente a los hombres y
mujeres encargados de hacer resonar la voz de la Iglesia en los comités y
consejos de la radio y la televisión. Procurad apoyar a los jóvenes que desean
servir a la verdad en el mundo del periodismo.
La experiencia diaria enseña que la Iglesia es un tema atractivo para muchos
periodistas. Es oportuno no subestimar este dato. Por consiguiente, sería
conveniente no rechazar en principio sus propuestas, sino mostrarse siempre
"dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra
esperanza" (1 P 3, 15). Sin embargo, esto no excluye el deber de una
razonable reserva, impuesta tanto por las exigencias del respeto recíproco como
por la necesidad de una reflexión serena sobre el problema que se ha de
examinar. Por eso, es preciso valorar atentamente, caso por caso, si es oportuno
ponerse ante las cámaras de televisión y los micrófonos.
6. Vuestra misión de pastores, venerados hermanos, se realiza en una
sociedad cada vez más laicista, donde los valores religiosos no tienen gran
importancia. Muchos viven como si Dios no existiera. A la secularización económica
del siglo XIX ha seguido, en este siglo que está a punto de terminar, una ola
de secularización intelectual, cuyo final no se vislumbra. En vuestro país
este proceso se ha acelerado también a causa de la unificación. Este diagnóstico
encuentra hoy muchas confirmaciones: la Alemania reunificada no es más
protestante que antes, como se pensaba al principio, sino simplemente menos
cristiana. Parece que se está rompiendo el consenso fundamental sobre los
valores cristianos como base de la sociedad. La Iglesia debe interrogarse sobre
su propio papel en una sociedad donde la referencia a Dios es cada vez menos
frecuente, porque en muchos ambientes ya no hay lugar para él.
Este desafío os afecta en particular a vosotros, queridos hermanos. Conozco el
significativo papel histórico y cultural que la Iglesia ha desempeñado y
desempeña en Alemania: se ha expresado también en una particular forma
jurídica y, últimamente, en los acuerdos entre la Santa Sede y los nuevos
estados federales. Por una parte, aprecio mucho esta gran herencia, que hay que
salvaguardar; por otra, comprendo bien vuestro sufrimiento por las numerosas
defecciones de fieles y, en consecuencia, por la menor influencia de la Iglesia
en la vida de la sociedad civil. Asimismo, sé que os preguntáis si pueden
conservarse efectivamente los derechos y deberes que competen a la Iglesia en
vuestro país. Esta tensión se siente también en el ámbito de las parroquias,
donde los sacerdotes, los diáconos y los colaboradores pastorales se ven
obligados a veces a realizar "malabarismos": por un lado, están
llamados a proporcionar un amplio "servicio pastoral" a una mayoría
en parte indiferente; y, por otro, deben dedicarse con oportuna solicitud
pastoral a la "Iglesia de los llamados o decididos", es decir, a los
que efectivamente desean seguir a Jesús.
Éste no es un nudo gordiano, que simplemente se corta. Más bien, hay que
deshacerlo con paciencia mediante la oración asidua, la reflexión sincera y la
programación de pequeños pasos valientes, que hagan creíble en vuestra patria
el testimonio que la Iglesia da del esplendor de la verdad. Para afrontar el
desafío de la sociedad laica, la alternativa verdadera no consiste en
refugiarse en el "pequeño rebaño" (Lc 12, 32). Por el
contrario, hay que disponerse al diálogo, esto es, a la confrontación crítica
y razonable, manteniendo las tensiones que momentáneamente no puedan
resolverse. Apartarse de la sociedad no es una solución evangélica. Se debe
hacer uso de la palabra a tiempo y a destiempo (cf. 2 Tm 4, 2).
Intervenid cuando haya que defender a Dios y al hombre. No sois del mundo, pero
no os apartéis de él (cf. Jn 15, 19). Una sociedad laica, donde es cada
vez mayor el silencio sobre Dios, necesita vuestra voz.
7. Los condicionamientos actuales de la Iglesia en Alemania no deben
identificarse simplemente con un ambiente agnóstico de indiferencia religiosa.
Aunque haya sido excluido o silenciado, Dios está presente; y el deseo de él
está siempre vivo en el corazón de muchos. En efecto, el hombre no se contenta
sólo con lo que es humano, sino que también busca una verdad que lo
trasciende, porque advierte, aunque de modo confuso, que en ella radica el
sentido de su vida. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, a quien el año pasado
inscribí en el catálogo de los santos y, con ocasión de la reciente Asamblea
especial para Europa del Sínodo de los obispos, declaré copatrona de Europa,
expresó esta intuición en una fórmula de singular eficacia: "Quien
busca la verdad, busca a Dios, incluso sin saberlo". La respuesta a la
cuestión de Dios es la gran ocasión favorable de la Iglesia. Por tanto, que
las puertas de la Iglesia se abran a todos los que buscan sinceramente a Dios.
Quien pide a la Iglesia la verdad, tiene derecho a esperar que le exponga
auténtica e íntegramente la palabra de Dios escrita o transmitida (cf. Dei
Verbum, 10). Así, la búsqueda de la verdad se ve libre de los peligros de
una religiosidad indeterminada, irracional y sincretista, y la Iglesia del Dios
vivo se revela como "columna y fundamento de la verdad" (1 Tm
3, 15).
A la verdad de la fe debe corresponder la coherencia de la vida. Con sus múltiples
actividades, la Iglesia está indudablemente presente en muchos y diversos ámbitos
de la sociedad civil de vuestro país. Dicho compromiso es apreciado también
por sectores ajenos a la Iglesia. Pero, para que ese trabajo no ofusque la
verdadera y auténtica misión eclesial, os pido que examinéis y, si fuera
necesario, reforcéis la índole de las instituciones que actúan en nombre de
la Iglesia. El amor puramente horizontal al prójimo siempre está llamado a
cruzarse con el amor vertical que se eleva hacia Dios. En efecto, la cruz no es
sólo un adorno que los obispos llevamos sobre el pecho; es, ante todo, el signo
característico, el gran distintivo de nuestro perfil cristiano. Por
tanto, en las casas de las instituciones católicas la cruz debe ser algo más
que un elemento decorativo o un adorno. Debe ser el signo distintivo del
incansable celo de numerosos colaboradores y colaboradoras eclesiales en el
campo social, educativo y cultural. Bajo los brazos de la cruz florece la
"cultura de la vida", que acoge en particular a las personas
marginadas, especialmente a los niños por nacer y a los moribundos. Por
consiguiente, hay que fomentar con todos los medios a disposición la formación
espiritual y moral del personal de las instituciones eclesiásticas o
dependientes de la Iglesia. La auténtica solidaridad entre los hombres exige un
sólido fundamento en Dios, quien, precisamente mediante su Hijo enviado a la
tierra, se manifestó como celoso "Señor que ama la vida" (Sb
11, 26).
8. Queridos hermanos, no quisiera terminar esta reflexión sin haceros una
confidencia. Durante mi pontificado, hasta ahora, he podido visitar tres veces
vuestra amada patria. Entre los numerosos y conmovedores recuerdos, se ha
grabado en mi memoria con particular intensidad un himno a la Iglesia, que los
fieles cantaban con fervor: "Una casa gloriosa se extiende en nuestro
país...". Este himno expresa la alegría y el afecto por la Iglesia, y
también el orgullo de pertenecer a ella, que distingue aún hoy a un gran número
de fieles en Alemania. Tengo ante mis ojos a los sacerdotes, a los diáconos y a
los religiosos, que sostienen a la Iglesia con el testimonio de su servicio y de
su vida consagrada. Pienso en los numerosos hombres y mujeres que viven su
vocación de fieles laicos, colaborando en una misión oficial o como
voluntarios en la cura de almas o en los consejos administrativos y
parroquiales. Quiero recordar también a las asociaciones eclesiales, algunas de
las cuales son muy antiguas, semejantes a árboles majestuosos, y a los nuevos
movimientos espirituales, que, en parte, son aún plantitas delicadas. De modo
especial, quisiera recordar a los fieles que oran en silencio, animando la acción
de la Iglesia. Llevad a todos mis más cordiales saludos. A los jóvenes, en
particular, transmitidles mi invitación para la Jornada mundial de la juventud
del año 2000: ¡el Papa los espera!
9. Con respecto a vosotros y a todos los católicos de vuestro país, tengo
la misma esperanza que manifestó san Pedro: "También vosotros, cual
piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un
sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios, (...)
que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 P 2, 5. 9).
Por intercesión de María, que como domus aurea es modelo de la Iglesia,
espero que la Iglesia en Alemania llegue a ser cada vez más, también en el
nuevo milenio, como cantáis en vuestro hermoso himno, "una casa gloriosa
que se extiende en nuestro país".
Con estos sentimientos y estas esperanzas, os imparto de corazón a vosotros, y
a todos los que están encomendados a vuestro cuidado pastoral, la bendición
apostólica.