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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRIMER GRUPO DE OBISPOS DE ALEMANIA
EN VISITA "AD LIMINA"


 Lunes 15 de noviembre de 1999 

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Señor cardenal;
queridos hermanos en el episcopado:
 

1. Bienvenidos a la casa del Obispo de Roma, que os recibe con gran alegría por el vínculo de comunión que une a todos los pastores como sucesores del Colegio apostólico, reunido en torno a Pedro. El objetivo principal de vuestra peregrinación a las tumbas de los príncipes de los Apóstoles, san Pedro y san Pablo, es reavivar en vosotros la gracia del ministerio episcopal y el compromiso de vuestra misión pastoral. A mí, como Sucesor de Pedro, me corresponde la tarea de confirmaros en la fe y en vuestro servicio apostólico (cf. Lc 22, 32). Al mismo tiempo, por medio de vosotros, quiero asegurar mi cercanía espiritual también a los sacerdotes, los diáconos, los religiosos y los laicos de las Iglesias particulares que se os han encomendado: "Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo" (Rm 15, 5-6).

2. Vuestra visita ad limina tiene lugar en un momento particular. Ahora que faltan sólo pocas semanas para el inicio del tercer milenio, estos días nos traen a la memoria los acontecimientos extraordinarios que hace diez años marcaron un "cambio histórico" en vuestra patria. Se derrumbó el muro de Berlín. Se quitó el alambre de púas y quedaron abiertas las puertas. La Puerta de Brandeburgo, durante decenios símbolo de la separación, volvió a ser, como antes, símbolo de la Alemania unificada. Queridos hermanos, pastores de las diócesis de los estados viejos y nuevos, al veros a todos unidos a mi alrededor durante estos días de vuestra visita ad limina, doy gracias a Dios, que con su providencia gobierna la historia, y repito las palabras del salmista:  "¡Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!" (Sal 133, 1)
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La importancia del momento histórico que estamos viviendo me impulsa a proponer como tema de esta visita ad limina un argumento de fondo:  la Iglesia que "es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium, 1). Reservando la exposición de otros aspectos de este tema para los otros dos grupos de vuestros hermanos en el episcopado, quisiera considerar hoy con vosotros el ambiente en que está insertada actualmente la Iglesia en vuestra patria como "casa de Dios en medio de los hombres" (cf. 1 Tm 3, 15; Ap 21, 3). La realidad social es ciertamente demasiado compleja como para ilustrarla en pocas palabras. Debemos contentarnos con algunas líneas esenciales para comprender todo el conjunto.

3. Después de la "revolución de terciopelo" que, hace diez años, sin derramamiento de sangre, abrió el camino a la libertad, han nacido grandes esperanzas. Por aquel entonces todos hablaban de "campos florecidos". Pero muchos de los que soñaban con los ojos abiertos hoy deben contentarse con lo indispensable para una existencia aceptablemente serena. Habéis respondido con valentía a los desafíos de este último decenio y seguís ayudando, con vuestra palabra y vuestra acción, a las personas que desean construir su existencia sobre una base segura. Por eso, os expreso mi sincera gratitud a vosotros y a todos los que os sostienen en vuestro compromiso, no siempre fácil.

Me congratulo con vosotros por todo el bien que la Iglesia en Alemania está haciendo con su presencia y su trabajo en la sociedad civil, en la vida política y en el ámbito caritativo, y también con su generosa contribución económica, donde hay necesidad. Como un ejemplo, entre muchos otros, quisiera recordar aquí el importante servicio que los consultorios de la Iglesia prestan en numerosos campos, especialmente ayudando a las mujeres embarazadas que se encuentran en una situación de dificultad. Observo también la actitud de fidelidad generosa con que la Unión de las diócesis de Alemania, a pesar de las dificultades de la situación económica, apoya el ministerio pastoral del Obispo de Roma al servicio de la Iglesia universal. Mi pensamiento se dirige también a la ciudad de Berlín, la capital, donde ha sido posible, contando con vuestra ayuda, construir una sede adecuada para el representante pontificio. Esos hechos demuestran que vuestro corazón vibra por el Sucesor de  Pedro, que es "el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto  de los obispos como de la multitud de los fieles" (Lumen gentium, 23). Teniendo presente una convicción tan firme, es posible alimentar la certeza de que también en el futuro la casa de Dios, que es la Iglesia en Alemania, seguirá fundada sólidamente sobre roca.

4. Los habitantes de vuestro país viven en el marco de la así llamada "sociedad de consumo", donde gran parte de la población se encuentra en una situación de bienestar material jamás conocida antes. Se trata indudablemente de una conquista, que, sin embargo, presenta aspectos negativos. Después del "cambio  histórico", especialmente en los nuevos estados federales, se puede hablar incluso de "impacto consumista". Para reactivar la economía, se han suscitado muchas necesidades hasta ahora desconocidas, que se refuerzan continuamente mediante una intensa publicidad, cuyo objetivo es convencer a la gente de que  siempre  puede  tenerlo todo.
Los bienes materiales se destacan con tal insistencia, que a menudo ahogan cualquier deseo de valores religiosos y morales. Pero, con el paso del tiempo, si el alma se queda sin alimento y sólo las manos están llenas, el hombre experimenta el vacío:  "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3).

En este marco, quisiera expresar mi preocupación con respecto al significado del domingo, que corre el peligro de resultar cada vez más vacío. Aprecio vuestras iniciativas encaminadas a salvaguardar el domingo como día del Señor y día del hombre. En la carta apostólica Dies Domini ilustré ampliamente estas dimensiones. Además, no puedo menos de mencionar vuestra declaración programática sobre la situación económica y social de Alemania, elaborada después de un amplio proceso de consulta con las comunidades eclesiales evangélicas, y que ha tenido gran eco en la opinión pública. En esa tarea os inspiró un pensamiento, que es también una convicción mía:  el hombre, en cuanto persona, no debe ser arrollado por los intereses económicos. Se trata de un peligro real, porque la sociedad de consumo, donde a menudo se afirma que Dios ha muerto, ha creado numerosos ídolos, entre los que sobresale el ídolo de la ganancia a toda costa.

5. Otro fenómeno del mundo que os rodea son los medios de comunicación social. En la red de los modernos medios de comunicación las noticias pueden propagarse a todo el mundo en tiempo real. A menudo el hombre no sólo recibe información, sino que en cierto modo también se siente ahogado por ella, y ya no es capaz de controlar, valorar y seleccionar las noticias. En consecuencia, se queda solo, angustiado y desorientado, porque en la sociedad pluralista se habla abiertamente de todo lo novedoso y sensacional. Ciertamente, existen también programas informativos y espectáculos de valor, que merecen aprecio; pero es necesario educar para una madurez crítica capaz de seleccionar sabiamente.

Por eso, la sociedad de la información representa un desafío para los pastores. Es preciso comprometerse, por un lado, a hacer crecer en las personas la madurez crítica que he mencionado, y, por otro, a promover una mejor calidad de las noticias. La Iglesia está llamada a "evangelizar" también los medios de comunicación social. Si se utilizan bien, pueden convertirse para los pastores en una especie de púlpito. Hay que elegir atentamente a los hombres y mujeres encargados de hacer resonar la voz de la Iglesia en los comités y consejos de la radio y la televisión. Procurad apoyar a los jóvenes que desean servir a la verdad en el mundo del periodismo.

La experiencia diaria enseña que la Iglesia es un tema atractivo para muchos periodistas. Es oportuno no subestimar este dato. Por consiguiente, sería conveniente no rechazar en principio sus propuestas, sino mostrarse siempre "dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza" (1 P 3, 15). Sin embargo, esto no excluye el deber de una razonable reserva, impuesta tanto por las exigencias del respeto recíproco como por la necesidad de una reflexión serena sobre el problema que se ha de examinar. Por eso, es preciso valorar atentamente, caso por caso, si es oportuno ponerse ante las cámaras de televisión y los micrófonos.

6. Vuestra misión de pastores, venerados hermanos, se realiza en una sociedad cada vez más laicista, donde los valores religiosos no tienen gran importancia. Muchos viven como si Dios no existiera. A la secularización económica del siglo XIX ha seguido, en este siglo que está a punto de terminar, una ola de secularización intelectual, cuyo final no se vislumbra. En vuestro país este proceso se ha acelerado también a causa de la unificación. Este diagnóstico encuentra hoy muchas confirmaciones:  la Alemania reunificada no es más protestante que antes, como se pensaba al principio, sino simplemente menos cristiana. Parece que se está rompiendo el consenso fundamental sobre los valores cristianos como base de la sociedad. La Iglesia debe interrogarse sobre su propio papel en una sociedad donde la referencia a Dios es cada vez menos frecuente, porque en muchos ambientes ya no hay lugar para él.

Este desafío os afecta en particular a vosotros, queridos hermanos. Conozco el significativo papel histórico y cultural que la Iglesia ha desempeñado y desempeña en Alemania:  se ha expresado también en una particular forma jurídica y, últimamente, en los acuerdos entre la Santa Sede y los nuevos estados federales. Por una parte, aprecio mucho esta gran herencia, que hay que salvaguardar; por otra, comprendo bien vuestro sufrimiento por las numerosas defecciones de fieles y, en consecuencia, por la menor influencia de la Iglesia en la vida de la sociedad civil. Asimismo, sé que os preguntáis si pueden conservarse efectivamente los derechos y deberes que competen a la Iglesia en vuestro país. Esta tensión se siente también en el ámbito de las parroquias, donde los sacerdotes, los diáconos y los colaboradores pastorales se ven obligados a veces a realizar "malabarismos":  por un lado, están llamados a proporcionar un amplio "servicio pastoral" a una mayoría en parte indiferente; y, por otro, deben dedicarse con oportuna solicitud pastoral a la "Iglesia de los llamados o decididos", es decir, a los que efectivamente desean seguir a Jesús.
Éste no es un nudo gordiano, que simplemente se corta. Más bien, hay que deshacerlo con paciencia mediante la oración asidua, la reflexión sincera y la programación de pequeños pasos valientes, que hagan creíble en vuestra patria el testimonio que la Iglesia da del esplendor de la verdad. Para afrontar el desafío de la sociedad laica, la alternativa verdadera no consiste en refugiarse en el "pequeño rebaño" (Lc 12, 32). Por el contrario, hay que disponerse al diálogo, esto es, a la confrontación crítica y razonable, manteniendo las tensiones que momentáneamente no puedan resolverse. Apartarse de la sociedad no es una solución evangélica. Se debe hacer uso de la palabra a tiempo y a destiempo (cf. 2 Tm 4, 2). Intervenid cuando haya que defender a Dios y al hombre. No sois del mundo, pero no os apartéis de él (cf. Jn 15, 19). Una sociedad laica, donde es cada vez mayor el silencio sobre Dios, necesita vuestra voz.

7. Los condicionamientos actuales de la Iglesia en Alemania no deben identificarse simplemente con un ambiente agnóstico de indiferencia religiosa. Aunque haya sido excluido o silenciado, Dios está presente; y el deseo de él está siempre vivo en el corazón de muchos. En efecto, el hombre no se contenta sólo con lo que es humano, sino que también busca una verdad que lo trasciende, porque advierte, aunque de modo confuso, que en ella radica el sentido de su vida. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, a quien el año pasado inscribí en el catálogo de los santos y, con ocasión de la reciente Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos, declaré copatrona de Europa, expresó esta intuición en una fórmula de singular eficacia: "Quien busca la verdad, busca a Dios, incluso sin saberlo". La respuesta a la cuestión de Dios es la gran ocasión favorable de la Iglesia. Por tanto, que las puertas de la Iglesia se abran a todos los que buscan sinceramente a Dios. Quien pide a la Iglesia la verdad, tiene derecho a  esperar que le exponga auténtica e íntegramente la palabra de Dios escrita o transmitida (cf. Dei Verbum, 10). Así, la búsqueda de la verdad se ve libre de los peligros de una religiosidad indeterminada, irracional y sincretista, y la Iglesia del Dios vivo se revela como "columna y fundamento de la verdad" (1 Tm 3, 15).

A la verdad de la fe debe corresponder la coherencia de la vida. Con sus múltiples actividades, la Iglesia está indudablemente presente en muchos y diversos ámbitos de la sociedad civil de vuestro país. Dicho compromiso es apreciado también por sectores ajenos a la Iglesia. Pero, para que ese trabajo no ofusque la verdadera y auténtica misión eclesial, os pido que examinéis y, si fuera necesario, reforcéis la índole de las instituciones que actúan en nombre de la Iglesia. El amor puramente horizontal al prójimo siempre está llamado a cruzarse con el amor vertical que se eleva hacia Dios. En efecto, la cruz no es sólo un adorno que los obispos llevamos sobre el pecho; es, ante todo, el signo característico, el gran distintivo de nuestro perfil cristiano. Por tanto, en las casas de las instituciones católicas la cruz debe ser algo más que un elemento decorativo o un adorno. Debe ser el signo distintivo del incansable celo de numerosos colaboradores y colaboradoras eclesiales en el campo social, educativo y cultural. Bajo los brazos de la cruz florece la "cultura de la vida", que acoge en particular a las personas marginadas, especialmente a los niños por nacer y a los moribundos. Por consiguiente, hay que fomentar con todos los medios a disposición la  formación  espiritual y moral del personal de las instituciones eclesiásticas o dependientes de la Iglesia. La auténtica solidaridad entre los hombres exige un sólido fundamento en Dios, quien, precisamente mediante su Hijo enviado a la tierra, se manifestó como celoso "Señor que ama la vida" (Sb 11, 26).

8. Queridos hermanos, no quisiera terminar esta reflexión sin haceros una confidencia. Durante mi pontificado, hasta ahora, he podido visitar tres veces vuestra amada patria. Entre los numerosos y conmovedores recuerdos, se ha grabado en mi memoria con particular intensidad un himno a la Iglesia, que los fieles cantaban con fervor:  "Una casa gloriosa se extiende en nuestro país...". Este himno expresa la alegría y el afecto por la Iglesia, y también el orgullo de pertenecer a ella, que distingue aún hoy a un gran número de fieles en Alemania. Tengo ante mis ojos a los sacerdotes, a los diáconos y a los religiosos, que sostienen a la Iglesia con el testimonio de su servicio y de su vida consagrada. Pienso en los numerosos hombres y mujeres que viven su vocación de fieles laicos, colaborando en una misión oficial o como voluntarios en la cura de almas o en los consejos administrativos y parroquiales. Quiero recordar también a las asociaciones eclesiales, algunas de las cuales son muy antiguas, semejantes a árboles majestuosos, y a los nuevos movimientos espirituales, que, en parte, son aún plantitas delicadas. De modo especial, quisiera recordar a los fieles que oran en silencio, animando la acción de la Iglesia. Llevad a todos mis más cordiales saludos. A los jóvenes, en particular, transmitidles mi invitación para la Jornada mundial de la juventud del año 2000:  ¡el Papa los espera!

9. Con respecto a vosotros y a todos los católicos de vuestro país, tengo la misma esperanza que manifestó san Pedro:  "También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios, (...) que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 P 2, 5. 9). Por intercesión de María, que como domus aurea es modelo de la Iglesia, espero que la Iglesia en Alemania llegue a ser cada vez más, también en el nuevo milenio, como cantáis en vuestro hermoso himno, "una casa gloriosa que se extiende en nuestro país".

Con estos sentimientos y estas esperanzas, os imparto de corazón a vosotros, y a todos los que están encomendados a vuestro cuidado pastoral, la bendición apostólica.

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