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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA CONFERENCIA INTERNACIONAL
ORGANIZADA POR EL CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PASTORAL DE LOS AGENTES SANITARIOS


viernes 19 de noviembre

 

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres señores y señoras
:
 
1. Me alegra acogeros con ocasión de vuestra participación en la conferencia internacional que el Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios ha querido dedicar este año a la reflexión sobre la relación entre economía y salud:  un tema muy actual, denso en problemáticas,  que incluye tanto el planteamiento de las políticas nacionales como la tarea de evangelización de la Iglesia.

Saludo a monseñor Javier Lozano Barragán, y le agradezco las amables palabras que acaba de dirigirme, interpretando los sentimientos de todos. Doy una cordial bienvenida a los colaboradores del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, así como a los eminentes estudiosos, investigadores y representantes de Estados y Gobiernos, que han querido honrar con su presencia y su contribución científica este importante simposio.

Con el fin de encontrar líneas concretas de acción, habéis afrontado ese tema no desde un punto de vista meramente técnico, sino de modo científicamente orgánico y articulado. Vuestra reflexión se ha desarrollado en el horizonte de la fe. En efecto, a partir de la palabra de Dios, portadora de salvación integral para toda la humanidad, resalta mejor la relación entre economía y salud, tanto globalmente como en sus diversos aspectos específicos

Desde luego, el serio enfoque interdisciplinar que oportunamente habéis elegido favorece una mejor comprensión de esta realidad, que es en sí muy compleja y tiene alcance mundial. Habéis querido considerar la relación entre economía y salud a la luz del desarrollo histórico, de la doctrina social de la Iglesia, de la teología y de la moral. Y, todo esto, con el espíritu de un diálogo ecuménico e interreligioso constructivo.

2. Además, no falta en vuestra reflexión una consiguiente finalidad operativa:  habéis propuesto líneas de acción capaces de mejorar la relación existente entre economía y salud en todos los niveles:  económico, social, político, cultural y religioso. Es decir, habéis tratado de responder a la pregunta sobre lo que se debe hacer, a nivel mundial y en cada país, para establecer la relación entre economía y salud de modo más humano y cristiano.

Se trata de una pregunta preocupante, que desde el Congreso debe llegar a todos los hombres de buena voluntad e interpelar especialmente a quienes, a nivel mundial y en cada país, tienen mayor responsabilidad en este ámbito.

En efecto, es intolerable que la escasez de recursos económicos, que hoy se experimenta de diferentes modos, repercuta de hecho principalmente en los sectores más débiles de la población y en las áreas del mundo más pobres, privándolos de la asistencia sanitaria necesaria. De igual modo, es inadmisible que esa escasez lleve a excluir de la asistencia sanitaria algunas etapas de la vida o situaciones de particular fragilidad y debilidad, como son, por ejemplo, los niños por nacer, los ancianos, los minusválidos graves, y los enfermos terminales.

Toda persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y llamada a participar en la misma vida divina, tiene derecho a sentarse a la mesa del banquete común y gozar de los beneficios que ofrecen el progreso, la ciencia, la técnica y la medicina.

3. Del mismo modo, es importante tener una visión más adecuada de la salud, fundada en una antropología que respete a la persona en su integridad. Lejos de identificarse con la simple ausencia de enfermedades, este concepto de salud tiende a una armonía plena y a un sano equilibrio en lo físico, psíquico, espiritual y social (cf. Mensaje para la VIII Jornada mundial del enfermo, 13).

A partir de esta visión renovada de la economía y la salud se podrá realizar de forma más positiva su relación recíproca. No compete a la Iglesia definir cuáles modelos económicos y sistemas sanitarios pueden resolver mejor la relación entre economía y salud; su misión consiste en procurar que, en el marco de la llamada "globalización", sea afrontada y resuelta a la luz de los valores éticos que favorecen el respeto y la defensa de la dignidad de todo ser humano, comenzando por los más débiles y pobres.

4. Con profundo dolor es preciso constatar que la brecha entre las situaciones de riqueza incluso exagerada y de pobreza que a veces llega hasta la indigencia, en vez de reducirse, tiende a ensancharse cada vez más (cf. Sollicitudo rei socialis, 14). Este hecho tiene repercusiones muy graves, a veces dramáticas, precisamente en la relación entre economía y salud.
Por suerte, en esta situación se está cobrando cada vez mayor conciencia de la dignidad de toda persona y de la radical interdependencia humana, con un consiguiente mayor sentido del deber de solidaridad. Solamente desde esta perspectiva en este horizonte se puede superar una visión economicista, y por tanto reductiva, de la salud, eliminando las numerosas e injustas desigualdades que existen en la relación entre economía y salud.

Para los cristianos, en particular, la solidaridad se convierte en virtud que desemboca en la caridad y es alimentada constantemente por ella, suscitando consiguientes actitudes de acogida y apoyo también en el ámbito de la asistencia a los enfermos. El punto supremo de referencia sigue siendo la comunión trinitaria, en la que el cristiano sabe que debe inspirar su vida para entablar una relación de caridad auténtica, cuyos sujetos privilegiados son ciertamente los hermanos más débiles, entre los cuales se incluyen los enfermos.

5. A ellos en especial deseo dirigir ahora un saludo afectuoso, que extiendo a sus respectivas familias, preocupadas por su salud, y a cuantos trabajan con generosidad y solidaridad a su servicio. A cada uno de ellos quiero renovarle la expresión de la cercanía solícita de la Iglesia y la seguridad de su infatigable compromiso para construir una sociedad más justa y fraterna.
Dirijo un llamamiento especial a los gobernantes y a los organismos internacionales para que, al afrontar la relación entre economía y salud, se guíen únicamente por la búsqueda del bien común.
A las industrias farmacéuticas les pido que no permitan jamás que el beneficio económico prevalezca sobre la consideración de los valores humanos, sino que se muestren sensibles a las exigencias de cuantos no gozan de un seguro social, poniendo en práctica iniciativas eficaces para favorecer a los más pobres y marginados. Hay que trabajar para reducir, y si es posible eliminar, las diferencias existentes entre los diversos continentes, exhortando a los países más ricos a poner a disposición de los menos desarrollados su experiencia, su tecnología y una parte de sus riquezas económicas

Ojalá que en el alba del tercer milenio nuestro planeta, con todos sus recursos, sea más conforme al designio de Dios, de modo que nadie se sienta excluido de la asistencia debida a su persona y a su salud, respetando la igual dignidad de cada uno.

A la Virgen María, modelo de la Iglesia y de una humanidad reconciliada, le encomiendo los frutos de vuestros trabajos, para que con su intercesión materna haga realidad los deseos de bien, de justicia y de paz presentes en el corazón de todo hombre.

A todos os bendigo.

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