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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A SU
SANTIDAD BARTOLOMÉ I, PATRIARCA ECUMÉNICO, PARA LA FIESTA DE SAN ANDRÉS
A Su Santidad Bartolomé I
Arzobispo de Constantinopla
Patriarca ecuménico
"Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor
Jesucristo" (Ef 1, 2).
La fiesta de san Andrés, celebrada por el patriarcado ecuménico, y la de san
Pedro y san Pablo, en Roma, nos unen en un encuentro fraterno de diálogo y
oración. La caridad recíproca, los intercambios regulares, la alabanza común
elevada al Señor, son medios que contribuyen a la unidad plena entre nuestras
Iglesias y nos permiten testimoniar la comunión en el único Señor,
Jesucristo.
Nuestra participación mutua en las celebraciones de los santos Apóstoles,
patronos de nuestras Iglesias, es también fuente de alegría, la alegría que
experimentamos cuando cumplimos la voluntad del Señor.
La delegación que envío este año a Su Santidad y a la Iglesia hermana de
Constantinopla está encabezada, una vez más, por el señor cardenal Edward
Idris Cassidy, presidente del Consejo pontificio para la promoción de la unidad
de los cristianos. Este año va acompañado por monseñor Walter Kasper, obispo
emérito de Rottenburg-Stuttgart y nuevo secretario del Consejo. Les he confiado
el encargo de transmitirle mis mejores deseos para usted, venerado hermano, para
el Santo Sínodo que preside, para el clero y para los fieles del patriarcado
ecuménico. ¡Que la paz del Señor esté con todos vosotros!
En este fin de siglo y en el umbral del nuevo milenio cristiano, nuestra
voluntad de avanzar por el camino del diálogo y de las relaciones fraternas
para llegar a la plena comunión se transforma en una exigencia más apremiante,
un deseo más ardiente de curar las "dolorosas laceraciones que contradicen
abiertamente la voluntad de Cristo y son un escándalo para el mundo" (Tertio
millennio adveniente, 34). Sin embargo, este deseo se empaña de tristeza al
pensar en lo que deberíamos hacer para que resplandezca más el verdadero
rostro de Cristo y para que brille con una luz aún más hermosa a los ojos del
mundo el rostro de su Iglesia que, por el don del Espíritu, recibirá la gracia
de la plena unidad entre nosotros.
Convencido de que "entre los pecados que exigen un mayor compromiso de
penitencia y de conversión han de citarse, ciertamente, aquellos que han dañado
la unidad querida por Dios para su pueblo" (ib.), recordé en esa
carta apostólica las numerosas iniciativas ecuménicas emprendidas con
generosidad y determinación, y subrayé el enorme esfuerzo que hace falta
realizar aún para proseguir el diálogo doctrinal y para un compromiso más
generoso en la oración ecuménica (cf. ib.). Encomendando a los santos
apóstoles Andrés, Pedro y Pablo estas intenciones, que siguen siendo una de
las metas jubilares decisivas para el futuro de la Iglesia, quisiera asegurarle
una vez más que la Iglesia católica está dispuesta a hacer todo lo
posible para allanar los obstáculos, apoyar el diálogo y colaborar en
cualquier iniciativa encaminada a hacernos avanzar hacia la comunión plena en
la fe y en el testimonio.
Animado por estos sentimientos y teniendo en cuenta la importancia de los
intercambios directos y de la participación de nuestras Iglesias en los
acontecimientos importantes de su vida, le doy gracias, Santidad, por haber
enviado sus delegados fraternos a la reciente Asamblea especial para Europa del
Sínodo de los obispos, en la persona del metropolita de Francia, nuestro
venerado hermano Jeremías, así como a la Asamblea interreligiosa, en la
persona del metropolita de Suiza, nuestro venerado hermano Damaskinos. Su
presencia nos produjo mucha alegría y fue un ejemplo de la comunión a la que
tienden los discípulos de Cristo. Experimento esa misma alegría ante la
perspectiva de tener a mi lado a los representantes de Su Santidad el próximo
18 de enero con motivo de la apertura de la Puerta santa en la basílica de San
Pablo extramuros, para el inicio solemne de las celebraciones en honor de Aquel
que es "la luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9).
A través de su representante en la comisión ecuménica del jubileo del año
2000, ha querido usted, Santidad, manifestar su apoyo y subrayar así su comunión
de intención para esas celebraciones jubilares. Le doy gracias también por
esta presencia y esta colaboración.
Alegrándome de todo corazón de que en el umbral del nuevo milenio se nos
conceda anunciar juntos de alguna manera a las nuevas generaciones que
Jesucristo es el Salvador del mundo, intercambio con Su Santidad el beso de la
paz y le aseguro mi afecto fraterno.
Vaticano, 24 de noviembre de 1999
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