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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL OBISPO DE CESENA-SARSINA (ITALIA)

 

Al venerado hermano
Mons. LINO GARAVAGLIA, o.f.m. cap.
Obispo de Cesena-Sarsina


Hace doscientos años, Cesena vivió un momento verdaderamente extraordinario de su historia:  el 29 de agosto de 1799 moría en Valence el Sumo Pontífice Pío VI, Giovanni Angelo Braschi, originario de Cesena; y el 14 de marzo de 1800 era elegido como su sucesor Luigi Barnaba Chiaramonti, también él de Cesena, que quiso llamarse Pío VII.

Si se considera que el pontificado de Pío VI había comenzado casi veinticinco años antes, y el de Pío VII superó los veintitrés, se puede constatar que durante casi cincuenta años permaneció en la Sede de Pedro un hijo de esa ilustre ciudad.

Por tanto, venerado hermano, es muy oportuno, y motivo de viva satisfacción para mí, que un aniversario tan singular se recuerde en Cesena con dos importantes iniciativas:  un congreso sobre los pontificados de Pío VI y Pío VII, organizado por la diócesis; y una exposición, patrocinada por la biblioteca Malatestiana y acompañada por una publicación científica, sobre los documentos relativos a esos dos Papas que se conservan en esa misma biblioteca y en la Piancastelli.
Con ocasión de dichas celebraciones, deseo manifestarle a usted y a la querida comunidad cristiana de Cesena mi afecto cordial, al mismo tiempo que les aseguro mi cercanía espiritual, testimoniando, al cabo de dos siglos, la perenne gratitud de la Iglesia universal por esos dos grandes Pontífices de Cesena.

En efecto, es sabido que, en el dificilísimo período histórico en que la Providencia los llamó a ejercer el ministerio petrino, la época revolucionaria y napoleónica, Pío VI y Pío VII contribuyeron de manera decisiva a proteger al pueblo de Dios y a garantizar la estabilidad de las instituciones eclesiásticas. Con su sufrimiento personal en los momentos del exilio, que ambos debieron soportar, honraron más que nunca a Cristo y la dignidad pontificia, trabajando eficazmente por la construcción auténtica de la Iglesia con su valiente testimonio evangélico, iluminado por la fuerza victoriosa de la cruz.

Me complace aprovechar esta oportunidad para desear a la diócesis de Cesena-Sarsina que obtenga abundantes frutos de la gracia del gran jubileo, ya cercano, a fin de entrar renovada interiormente en el tercer milenio. Así, podrá ofrecer a la Iglesia y a la sociedad hombres y mujeres adultos en la fe, dispuestos a participar activamente en la obra de la nueva evangelización. Éste es el mejor modo de honrar la memoria de cuantos, antes que nosotros, han trabajado en la viña del Señor. Y éste es también el camino para lograr que la valiosa herencia de mis venerados predecesores Pío VI y Pío VII siga fructificando en su ciudad natal, en Italia y en todo el mundo.
Expresando mis mejores deseos de éxito para el congreso y la exposición, saludo cordialmente a cuantos participen en las celebraciones del bicentenario, y le envío de corazón a usted y a la comunidad diocesana una bendición apostólica especial.


Vaticano, 30 de septiembre de 1999

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