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  DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE LAS REGIONES NOROCCIDENTALES
DE CANADÁ CON MOTIVO DE LA VISITA "AD LIMINA"


sábado 30 de octubre


Queridos hermanos en el episcopado:
 

1. En el amor de Cristo, por quien "recibimos la gracia y el apostolado" (Rm 1, 5), os doy la bienvenida a vosotros, obispos de Alberta, Columbia Británica, Manitoba, Saskatchewan, de los territorios del noroeste, de Yukon y del territorio de Nunavit, creado recientemente, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum. El ministerio que hemos recibido no sólo conlleva grandes alegrías, sino también, a veces, graves preocupaciones e, incluso, sufrimientos. Todo esto lo traéis a las tumbas de los Apóstoles, para poder aprender una vez más de su eterno testimonio que, a pesar de las preocupaciones y los sufrimientos, el ministerio apostólico que hemos recibido es efectivamente una gran alegría para nosotros y para todo el pueblo de Dios, pues se trata de la alegría de predicar el Evangelio, "fuerza de Dios para la salvación" (Rm 1, 16). Al experimentar esta alegría ahora aquí, en Roma, reafirmáis el vínculo de comunión jerárquica con el Sucesor de Pedro y con todo el Colegio de los obispos, que es el signo y la garantía más segura de la unidad de la Iglesia y de su perseverancia en la fe una, santa, católica y apostólica.

2. La cercanía del gran jubileo y del nuevo milenio nos impulsa a meditar en el misterio del tiempo, que es de fundamental importancia en la Revelación y la teología cristiana (cf. Tertio millennio adveniente, 10). Esto es así, porque el mundo fue creado en el tiempo y en él se reveló el plan de Dios para la redención del mundo, que alcanzó su culminación en la encarnación del Hijo de Dios. El tiempo es el ámbito tanto de la creación como de la redención, que llegó a su plenitud en Cristo. Por eso, "en el Verbo encarnado el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno" (ib.). De aquí brota el deber de la Iglesia de santificar el tiempo; lo cumple especialmente mediante la conmemoración litúrgica de los acontecimientos de la historia de la salvación y la celebración de ocasiones y aniversarios especiales. Esta santificación del tiempo es un reconocimiento de la verdad proclamada por la Iglesia en la vigilia de Pascua, es decir, que todo el tiempo y todas las épocas pertenecen a Cristo (cf. Lucernario). "Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su encarnación  y  resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la "plenitud de los tiempos"" (Tertio millennio adveniente, 10; cf. Incarnationis mysterium, 1; Dies Domini, 15). Santificar el tiempo significa, por tanto, reconocer lo que Dios ha hecho del tiempo en Jesús, y cómo en el misterio pascual el tiempo mismo se ha transfigurado.
Para el mundo irredento, el tiempo causa siempre terror, porque lleva inexorablemente a la experiencia del límite de la vida y al enigma de la muerte. Por eso, toda religión se plantea, de algún modo, los interrogantes más elementales:  ¿qué es el hombre?, ¿cuál es la finalidad de la vida?, ¿qué hay después de esta existencia terrena? (cf. Gaudium et spes, 10). Con la resurrección de Jesucristo, el terror del tiempo queda superado de una vez para siempre, porque, de la misma forma que la muerte pierde su aguijón en el momento de la Pascua (cf. 1 Co 15, 55), así también lo pierde el tiempo. La resurrección derriba la barrera aparentemente impenetrable entre el tiempo y la eternidad, y abre el camino a la experiencia plena del tiempo como don y desafío. En este sentido, san Pablo exhorta a los seguidores de Cristo a "aprovechar bien el tiempo presente, porque los días son malos" (Ef 5, 16). Esta exhortación es especialmente elocuente cuando se aplica a las responsabilidades del obispo con respecto a la vida de la comunidad cristiana confiada a su cuidado.

3. Finalmente, por la Encarnación y la visión sacramental que implica (cf. Orientale lumen, 11), la Iglesia está profundamente inmersa en el mundo, en el tiempo y, por consiguiente, en todas las cosas humanas. Dado que el Verbo se hizo carne, el cuerpo humano es importante, y también lo son las condiciones físicas, sociales y culturales de la familia humana. Puesto que el Verbo se hizo carne en el tiempo, es importante la historia humana, la vida diaria de los hombres. Desde esta perspectiva, podemos decir que la Iglesia es "del mundo" en un sentido muy positivo, precisamente como Dios mismo fue "del mundo" cuando nos envió a su Hijo como hombre. En este sentido, ser del mundo significa que la Iglesia se compromete plenamente con la historia y la cultura, pero para transformarlas, para convertir el miedo en alegría mediante la fuerza del Evangelio.
Sin embargo, el cristianismo es también escatología. Para el Nuevo Testamento no cabe duda de que éstos son "los últimos días", que el mundo, tal como lo conocemos, pasa y, por tanto, no es absoluto ni mucho menos divino. Es verdad que ya en el Nuevo Testamento se notan los signos de disminución del fervor escatológico de los primeros tiempos, cuando se debilita la expectativa inicial de una vuelta inminente del Señor. Sin embargo, a pesar de ese replanteamiento de la expectativa escatológica, la Iglesia nunca ha dejado de esperar la vuelta del Señor, que marcará el fin del mundo, pero también la realización plena de su redención. Por consiguiente, la comprensión cristiana del domingo como "octavo día", que se inspira en  el  rico  simbolismo  escatológico del sabbath judío para evocar el "siglo futuro" (Dies Domini, 26), no sólo nos recuerda el principio, cuando Dios creó todas las cosas, sino también el final, cuando recapitule todo en Cristo (cf. Ef 1, 10).
Así pues, la vida cristiana presenta elementos tanto encarnacionistas como escatológicos; y nuestra primera preocupación de pastores consiste en asegurar que exista un equilibrio entre ellos, que las Iglesias que presidimos en nombre de Cristo no estén ni demasiado inmersas en el mundo ni demasiado fuera de él; que estén "en el mundo, pero que no sean del mundo" (cf. Jn 17, 11. 15-16). A este respecto es fundamental la cuestión de la relación entre la Iglesia y el mundo, que fue un tema fundamental del concilio Vaticano II, y que sigue siendo central para la vida de la Iglesia al alba del tercer milenio, también en vuestro país. La respuesta que demos a esta cuestión determinará la manera de afrontar otras cuestiones urgentes.

4. Como pastores, tenemos que guiar a la grey de Cristo por un camino que debe evitar las tentaciones de suprimir o acentuar exageradamente la separación entre la Iglesia y el mundo, entre el mensaje cristiano y la cultura que prevalece en el mundo actual; el Evangelio no enseña ni la supresión ni la exageración; ninguna de las dos es fiel a la enseñanza del Concilio, ni puede ser el camino del futuro que Dios quiere para la Iglesia. Necesitamos otro camino, y la enseñanza del Papa  Pablo VI puede ayudarnos a encontrarlo. La encíclica Ecclesiam suam a menudo ha sido considerada, con razón, como "la encíclica del diálogo", puesto que muestra muy detalladamente lo que el Papa Pablo VI describió como la "actitud" que la Iglesia debería adoptar en este período de la historia del mundo (cf. capítulo III), una actitud que implica a la vez un estilo y un método para llegar a la sociedad moderna. Ciertamente, las circunstancias han cambiado desde los años en que se escribió la encíclica Ecclesiam suam, pero su enseñanza sobre el diálogo de la Iglesia con el mundo sigue siendo tan actual ahora como lo era en 1964. Pablo VI utilizó la fórmula colloquium salutis. Este diálogo (colloquium) tiene su fundamento en lo que escribió san Juan:  "Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16). La Iglesia tiene para los hombres de todos los tiempos y lugares un don valioso que no puede dejar de ofrecerles, incluso cuando su ofrecimiento es mal comprendido o rechazado.

5. Parte integrante de este don es la verdad sobre la persona humana, creada a imagen de Dios, verdad plenamente revelada en Jesucristo y confiada a la Iglesia. Sobre todo nosotros, los obispos, no debemos perder jamás la confianza en la llamada que hemos recibido para servir humilde y decididamente a esta verdad como maestros y pastores llamados a defenderla y difundirla en un momento crucial de la historia, en el que nuevos conocimientos, nuevas tecnologías y un bienestar material sin precedentes impulsan a entrar en un "mundo nuevo" de responsabilidad y desarrollo humanos. La defensa de la dignidad inalienable y del valor de la vida misma es la primera que hay que promover. Como habéis señalado en vuestras enseñanzas, el "evangelio de la vida" no es para los cristianos una simple opinión; es una dimensión esencial de nuestra obediencia a Dios. Cada uno tiene la seria obligación de estar al servicio de este evangelio:  "Todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida" (Evangelium vitae, 28). En la catequesis, en la educación, en el campo de la investigación y de la actividad médicas, entre los legisladores y los responsables de la vida pública, así como en los medios de comunicación social, hay que realizar un gran esfuerzo para presentar el "evangelio de la vida" con toda la fuerza de su verdad.
Como pastores, somos plenamente conscientes de que hoy circulan numerosas verdades sobre las cuestiones fundamentales del comportamiento humano, de modo que, en muchos casos, las exhortaciones y la enseñanza de la moral cristiana se transforman en arduos combates. Muchos de vosotros me han explicado cuán útil les ha resultado el Catecismo de la Iglesia católica en la gran tarea de la formación. Este compendio de la enseñanza de la Iglesia puede ser un instrumento muy eficaz para transmitir un conocimiento sólido y profundo de la fe y de las reglas de vida cristiana en las parroquias, las escuelas, las universidades y los seminarios. Durante los últimos decenios se han registrado algunos casos en que los esfuerzos por hacer más accesibles las verdades de la fe, especialmente en la catequesis para niños y jóvenes, han llevado a desvirtuar la esencia y la fuerza del mensaje cristiano. No cabe duda de que no hay nada más urgente en nuestro ministerio pastoral, nada por lo que tengamos mayor responsabilidad ante el Señor, que asegurar la transmisión de la fe que nos transmitieron los Apóstoles.

6. Enseñar la fe y evangelizar significa proclamar al mundo una verdad absoluta y universal; pero debemos hablar de un modo apropiado y coherente, que permita a la gente acoger dicha verdad. Reflexionando sobre lo que eso implica, Pablo VI especificó estas cuatro cualidades:  perspicuitas, lenitas, fiducia y prudentia, es decir, claridad, mansedumbre, confianza y prudencia (cf. Ecclesiam suam, 75).
Hablar con claridad quiere decir que debemos explicar de manera comprensible la verdad de la Revelación y las enseñanzas de la Iglesia. No sólo debemos repetir, sino también explicar. En otras palabras, hace falta una nueva apologética, que responda a las exigencias actuales y tenga presente que nuestra tarea no consiste en imponer nuestras razones, sino en conquistar almas, y que no debemos entrar en discusiones ideológicas, sino defender y promover el Evangelio. Este tipo de apologética necesita una "gramática" común con quienes ven las cosas de forma diversa y no comparten nuestras afirmaciones, para no hablar lenguajes diferentes, aunque utilicemos el mismo idioma.
Esta nueva apologética también tendrá que estar animada por un espíritu de mansedumbre, la humildad compasiva que comprende las preocupaciones y los interrogantes de los demás, y no se apresura a ver en ellos mala voluntad o mala fe. Al mismo tiempo, no ha de ceder a una interpretación sentimental del amor y de la compasión de Cristo separada de la verdad, sino que insistirá en que el amor y la compasión verdaderos plantean exigencias radicales, precisamente porque son inseparables de la verdad, que es lo único que nos hace libres (cf. Jn 8, 32).
Hablar con confianza significa que, a pesar de que otros puedan negar nuestra competencia específica o reprocharnos las faltas de los miembros de la Iglesia, nunca debemos perder de vista que el evangelio  de  Jesucristo es la verdad a la que aspiran todas las personas, aunque nos parezcan alejadas, reticentes u hostiles.
Por último, la prudencia, que el Papa Pablo VI define sabiduría práctica y buen sentido, y que san Gregorio Magno considera la virtud de los valientes (cf. Moralia, 22, 1), significa que debemos dar una respuesta concreta a la gente que pregunta:  "¿Qué hemos de hacer?" (Lc 3, 10. 12. 14). El Papa Pablo VI concluyó afirmando que hablar con perspicuitas, lenitas, fiducia y prudentia, "nos hará discretos. Nos hará maestros" (Ecclesiam suam, 77). Queridos hermanos en el episcopado, estamos llamados a ser ante todo maestros de la verdad, que no dejan de implorar "la gracia  de  ver la vida en su totalidad, y la fuerza de hablar eficazmente de ella" (Gregorio Magno, In Ezechielem, I, 11, 6).

7. La verdad que enseñamos no es producto de nuestra invención, sino una verdad revelada, que hemos recibido por medio de Cristo como un don incomparable. Hemos sido enviados a proclamar esta verdad y a exhortar a quienes nos escuchan a vivir lo que el apóstol san Pablo define "obediencia de la fe" (Rm 1, 5). Que los mártires canadienses, cuya memoria estáis celebrando con especial alegría al cumplirse el 350° aniversario de su muerte, sigan enseñando a los fieles de Cristo en Canadá la verdad de esta obediencia y de este morir a sí mismos para vivir por Cristo. Que enseñen a la Iglesia en Canadá el misterio de la cruz, y que la semilla de su sacrificio produzca abundantes frutos en el corazón de los canadienses. Encomiendo a toda la familia de Dios en vuestro país a la intercesión de la Virgen María, Reina de los Apóstoles y Reina de los mártires, y a la protección de san José, su esposo. A vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los fieles laicos de vuestras diócesis imparto  cordialmente mi bendición apostólica.

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