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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA
ESCUELA CATÓLICA ITALIANA
30 de octubre
1. "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4).
Con esta fuerte frase que el Señor Jesús toma del Deuteronomio (Dt 8,
3), me complace dirigirme a vosotros, amadísimos amigos de la escuela católica
italiana, que habéis venido hoy a la plaza de San Pedro para concluir, junto
con el Papa, vuestra gran asamblea nacional. Este encuentro tiene lugar ocho años
después del inolvidable congreso en el que también nos reunimos en esta plaza,
el 23 de noviembre de 1991. La verdad que viene de Dios es el principal alimento
que nos hace crecer como personas, estimula nuestra inteligencia y fortalece
nuestra libertad. De esta convicción nace la pasión por la educación que ha
acompañado a la Iglesia a lo largo de los siglos y que está en la base del
florecimiento de las escuelas católicas.
Saludo al cardenal presidente y a los demás excelentísimos miembros de la
Conferencia episcopal italiana, a la que expreso mi gratitud por haber
organizado esta asamblea. Saludo al cardenal prefecto de la Congregación para
la educación católica y a todos los obispos aquí presentes. Saludo a los
superiores de las congregaciones religiosas masculinas y femeninas que trabajan
en la escuela católica. Saludo a las autoridades civiles, a los exponentes políticos,
a los representantes de las fuerzas sociales y a los hombres de cultura.
Agradezco su presencia al vicepresidente del Gobierno y al ministro de Educación.
Saludo con especial cordialidad a las escuelas de Madrid, Sarajevo y Palestina,
que están en conexión con nosotros mediante satélite. A cada uno de vosotros,
profesores, alumnos y padres, y a todos los amigos y bienhechores de la escuela
católica, os expreso mi afecto, mi estima y mi más viva solidaridad por la
obra a la que os dedicáis. La escuela católica debe hallar nueva confianza y
nuevo impulso en esta asamblea.
2. El tema de vuestro encuentro, "Hacia un proyecto de escuela en el
umbral del siglo XXI", indica claramente que sabéis mirar adelante y
caminar con una perspectiva que no sólo es específica de la escuela católica,
sino que también responde a los interrogantes que hoy se plantean todas las
instituciones escolares. Podéis hacerlo con pleno derecho, porque la
experiencia de las escuelas católicas encierra un gran patrimonio de cultura,
de sabiduría pedagógica, de atención a la persona del niño, del adolescente
y del joven, de apoyo recíproco con las familias, y de capacidad de captar
anticipadamente, con la intuición que procede del amor, las necesidades y los
problemas nuevos que surgen al cambiar los tiempos. Este patrimonio os permite
estar en las mejores condiciones para encontrar las respuestas eficaces a la
demanda educativa de las generaciones jóvenes, hijas de una sociedad compleja,
sometida a múltiples tensiones y marcada por continuos cambios: poco
capacitada, por tanto, para ofrecer a sus muchachos y a sus jóvenes puntos de
referencia claros y seguros.
En la Europa unida que se va construyendo, donde las tradiciones culturales de
cada nación están destinadas a confrontarse, integrarse y fecundarse recíprocamente,
es más amplio aún el espacio para la escuela católica que, por su
misma naturaleza, está abierta a la universalidad y se funda en un proyecto
educativo que muestra las raíces comunes de la civilización europea. También
por esta razón es importante que la escuela católica en Italia no se debilite,
sino que más bien encuentre nuevo vigor y energía. En efecto, sería muy extraño
que su voz se hiciera demasiado débil precisamente en la nación que, por su
tradición religiosa, su cultura y su historia, tiene una misión especial que
cumplir con vistas a la presencia cristiana en el continente europeo (cf. Carta
a los obispos italianos, 6 de enero de 1994, n. 4).
3. Sin embargo, queridos amigos de la escuela católica italiana, por
experiencia directa sabéis cuán difíciles y precarias son las circunstancias
en que trabaja la mayor parte de vosotros. Pienso en la disminución de las
vocaciones en las congregaciones religiosas que surgieron con el carisma específico
de la enseñanza; pienso en la dificultad que tienen muchas familias de hacerse
cargo del peso añadido que deriva, en Italia, de la elección de una escuela no
estatal; y pienso con profunda tristeza en los institutos prestigiosos y beneméritos
que, año tras año, se ven obligados a cerrar.
La principal cuestión que hay que afrontar, para salir de una situación que se
está volviendo cada vez más insostenible, es sin duda la del pleno
reconocimiento de la igualdad jurídica y económica entre escuelas estatales y
no estatales, superando antiguas resistencias ajenas a los valores de fondo de
la tradición cultural europea. Por desgracia, los pasos que se han dado
recientemente en esta dirección, aunque sean apreciables en algunos aspectos,
siguen siendo insuficientes.
Por tanto, me uno de corazón a vuestra petición de ir más allá con valentía,
siguiendo una lógica nueva, en la que no sólo la escuela católica, sino también
las diversas iniciativas escolares que puedan nacer de la sociedad, se
consideren un recurso valioso para la formación de las nuevas generaciones, con
tal de que tengan los requisitos indispensables de seriedad y finalidad
educativa. Éste es un paso obligado, si queremos realizar un proceso de reforma
que haga de verdad más moderna y adecuada la
organización global de la escuela italiana.
4. A la vez que pedimos con fuerza a los responsables políticos e
institucionales que se respete concretamente el derecho de las familias y de los
jóvenes a la plena libertad de elección educativa, debemos analizar con igual
sinceridad y valentía nuestra propia situación para identificar y realizar
oportunamente los esfuerzos y la colaboración que puedan mejorar la calidad de
la escuela católica y evitar que se reduzcan ulteriormente sus espacios de
presencia en el país.
Desde este punto de vista, son fundamentales la solidaridad y la simpatía de
toda la comunidad eclesial: las diócesis, las parroquias, los institutos
religiosos, las asociaciones y los movimientos laicales. En efecto, la escuela
católica participa plenamente en la misión de la Iglesia, así como en el
servicio a todo el país. Por tanto, no deben existir sectores aislados o recíprocamente
indiferentes, como si una cosa fueran la vida y la actividad eclesial, y otra la
escuela católica y sus problemas. Por eso, me alegra mucho que la Iglesia
italiana se haya dotado, durante estos años, de organismos como el Consejo
nacional de la escuela católica y el Centro de estudios para la escuela católica:
esos organismos manifiestan tanto la solicitud de la Iglesia por la escuela católica
como la unidad de la escuela católica y su compromiso de reflexión proyectiva.
En concreto, es muy importante la realización de formas eficaces de colaboración
entre las diócesis, los institutos religiosos y los organismos laicales católicos
que trabajan en el campo de la escuela. En muchos casos es útil, o necesario,
poner en común iniciativas, experiencias y recursos, para una colaboración
organizada y con visión de futuro, que evite superposiciones e inútiles
competencias entre los institutos y que, por el contrario, procure no sólo
asegurar la permanencia de la escuela católica en los lugares donde está
tradicionalmente presente, sino también facilitar nuevos asentamientos, tanto
en las zonas de mayor pobreza como en los sectores neurálgicos para el
desarrollo del país.
5. La capacidad educativa de cada institución escolar depende en gran
parte de la calidad de las personas que la componen y, en particular, de la
competencia y dedicación de sus profesores. Ciertamente, esta regla se aplica
también a la escuela católica, que se caracteriza principalmente como
comunidad educativa.
Por eso, me dirijo con afecto, gratitud y confianza
ante todo a vosotros, profesores de la escuela católica, religiosos y laicos,
que a menudo trabajáis en condiciones difíciles y, desde luego, con escasa
retribución económica. Os pido que pongáis siempre el máximo empeño en
vuestro trabajo, sostenidos por la certeza de que gracias a él participáis de
modo especial en la misión que Cristo confió a sus discípulos.
Con el mismo afecto me dirijo a vosotros, alumnos, y a vuestras familias,
para deciros que la escuela católica os pertenece, es para vosotros, es vuestra
casa y, por tanto, no os habéis equivocado al elegirla, al amarla y al
sostenerla.
Queridos amigos que estáis presentes en esta plaza y todos vosotros que
compartís los mismos propósitos, concluyamos esta asamblea nacional con una
humilde oración al Señor y con un fuerte compromiso recíproco, para que la
escuela católica corresponda cada vez mejor a su vocación y para que se le
reconozca el lugar que le pertenece en la vida civil de Italia.
La santísima Virgen María, Sede de la sabiduría y Estrella de la
evangelización, y todos los santos y santas que han marcado el camino de la
educación cristiana y de la escuela católica, guíen y sostengan vuestra obra.
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