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DISCURSO DEL SANTO PADRE A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE ZAMBIA EN VISITA  "AD LIMINA"

Queridos hermanos en el episcopado: 


1. Es una gran alegría para mí daros la bienvenida a vosotros, obispos de Zambia, mientras estáis reunidos en Roma para vuestra visita ad limina Apostolorum. Vuestra presencia expresa y refuerza el vínculo de comunión que os une a vosotros y a vuestras comunidades particulares con el Sucesor de Pedro, llamado a confirmar a sus hermanos en la fe (cf. Lc 22, 32). Con afecto fraterno, os saludo con las palabras del Apóstol:  "A vosotros gracia y paz, de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (Rm 1, 7). A través de vosotros, dirijo este mismo saludo a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de las Iglesias particulares que presidís en el amor.
Durante nuestros encuentros de estos días, he comprobado el celo y la abnegación con que os entregáis a vuestro ministerio pastoral, y he compartido las esperanzas y los anhelos, las dificultades y las preocupaciones, las alegrías y los éxitos de vuestro servicio al pueblo de Dios en Zambia. Vuestra visita también me ha recordado mi visita pastoral a vuestro país, hace diez años, cuando tuve la dicha de experimentar "el calor de vuestras relaciones humanas y la profundidad de vuestras aspiraciones a vivir en una sociedad basada en el respeto a la dignidad de toda persona humana" (Discurso de despedida, Lusaka, 4 de mayo de 1989, n. 1:  L' Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de mayo de 1989, p. 19). Sentí una alegría especial al comprobar "la firmeza y vigor de la Iglesia católica en Zambia" (ib., n. 2), y es algo que jamás he olvidado.

2. En los diez años que han transcurrido desde mi visita, la situación en el continente africano, incluyendo Zambia, se ha vuelto más dramática. El mundo se olvida a veces de esta situación que, sin embargo, no deja de apesadumbrar el corazón de la Iglesia y del Papa. Los antiguos azotes humanos de la guerra, el hambre, la pobreza y la enfermedad siguen afligiendo a los pueblos de África, y también Zambia ha sufrido su fuerza. Las guerras en los países vecinos han herido a Zambia, no sólo por la gran cantidad de personas desplazadas que buscan refugio en vuestro país. La sombra del sida se difunde a través del continente y siega gran número de vidas. La capacidad de afrontar estos problemas se ve más limitada aún por el peso abrumador de la deuda externa. En esta situación, el pueblo puede caer fácilmente en la ansiedad e, incluso, en la desesperación, aferrándose a falsas promesas y soluciones, que a veces empeoran las cosas.
Sin embargo, vuestros informes quinquenales muestran claramente que, en medio de ese sufrimiento, la Iglesia en Zambia ha permanecido firme, y crece con nueva vitalidad y vigor. Se trata seguramente de una fuente de esperanza y por ello doy gracias a Dios todopoderoso. Ahora, más que nunca, Zambia necesita que la Iglesia dé testimonio de Cristo crucificado, la única luz que las tinieblas no pueden vencer (cf. Jn 1, 5).
Vuestro país ha celebrado recientemente el centenario de su evangelización; y, al cabo de cien años de crecimiento, la Iglesia está cada vez más presente, cumpliendo su misión religiosa, sirviendo en las áreas de la educación y la asistencia sanitaria, y contribuyendo al desarrollo humano integral del pueblo. Estos compromisos son vitales, y seguirán siendo desafíos para vuestra guía pastoral. Pero, como pastores sabios de la Iglesia, también sois muy conscientes de que es más importante aún la tarea de fortalecer la familia natural en su misión sagrada de "ecclesia domestica" y la familia espiritual de la Iglesia en su misión sagrada de "ecclesia publica". Del éxito en el cumplimiento de estas dos tareas, si bien en realidad es una sola, dependerá el destino de la misión de la Iglesia en Zambia.

3. Por eso, con razón, la familia ha sido objeto de una especial solicitud pastoral por vuestra parte. En Zambia, como en otros países, las familias están afrontando ahora una serie de presiones, cuyas causas son políticas, sociales, económicas e incluso culturales. El desempleo, la falta de oportunidades educativas, las influencias culturales externas y las prácticas tradicionales, como la poligamia, son una amenaza para la unidad y la estabilidad de las familias de Zambia. Lo mismo se puede decir del divorcio, del aborto, de una mentalidad cada vez más favorable a la anticoncepción y de una actividad sexual irresponsable, que está agravando la epidemia del sida. Todos estos factores humillan la dignidad humana de un modo que dificulta cada vez más el compromiso del matrimonio, el cual, por su misma naturaleza, se funda en un profundo sentido del valor de la vida y de la dignidad humanas. Por este motivo, ha sido muy oportuna vuestra reciente carta pastoral sobre la santidad de la vida humana. Espero que fortalezca el testimonio cristiano en Zambia y despierte la conciencia nacional sobre esta cuestión tan importante.
Dado que ninguna sociedad puede florecer si no florece la familia, es preciso movilizar todos los recursos y las instituciones de la Iglesia para ayudar a las familias de Zambia a vivir con fidelidad y generosidad como verdaderas "iglesias domésticas" (cf. Lumen gentium, 11). Esto vale para las escuelas católicas, que, desde el principio hasta el fin, deben enseñar los valores que dan significado a la sexualidad cristiana. Vale también para los programas para la juventud, que se han de consolidar y construir sobre estos cimientos, poniendo énfasis particular en el papel y la dignidad de la mujer. Y vale, por último, para los programas de preparación para el matrimonio, que deben presentar a los novios el significado cristiano y la belleza del amor conyugal. Esto implica que hay que brindar siempre ayuda pastoral a las familias que se encuentran en dificultades. El futuro de Zambia es el futuro de las familias de Zambia.
En general, el apoyo a la familia como unidad fundamental de la sociedad exige notables esfuerzos para responder a las dificultades que afrontan los matrimonios, incluyendo las presiones culturales y las políticas contrarias a la familia. Es necesario reactivar ahora las energías de toda la Iglesia, para asegurar que las familias de Zambia sean fuertes, como las quiere Dios, a fin de que el futuro de la nación sea próspero, de acuerdo con la voluntad divina.

4. Como pastores, vuestro ministerio está ordenado principalmente al fortalecimiento de la familia espiritual de la Iglesia, para que la "fuerza salvífica del Evangelio" (cf. Rm 1, 16) impregne todos los aspectos de la vida de los fieles e ilumine el camino de la sociedad hacia una verdad, una justicia y una armonía cada vez mayores. De muchos modos la Iglesia será signo de contradicción en una situación en que las fuerzas alienantes son inconfundibles, y esto os exigirá  una visión  espiritual muy  profunda de las cosas y una vida "santa, inmaculada e irreprensible" ante el Señor (cf. Col 1, 22). La exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa recuerda a los obispos la afirmación del Papa san Gregorio Magno, según la cual "el pastor es luz de sus fieles sobre todo por una conducta moral ejemplar e impregnada de santidad" (n. 98).

5. Ya que en la familia de la Iglesia mucho depende de la calidad de la guía que ofrecen los sacerdotes, es esencial que éstos sean la principal preocupación de vuestro ministerio. Vuestras relaciones con ellos deben caracterizarse siempre por la unidad, la fraternidad y el estímulo. Mediante las órdenes sagradas han sido configurados a Cristo, cabeza y pastor de la Iglesia. Por consiguiente, deben compartir su entrega total por amor a la grey y a la venida del Reino. Como bien sabéis, para vivir con fidelidad y fecundidad la vocación sacerdotal se requiere una formación permanente. Por  esta  razón, habéis  elaborado programas especiales para los sacerdotes, en particular para los recién ordenados, a fin de ayudarles a proseguir su desarrollo intelectual, pastoral y espiritual. Un buen número de vuestros sacerdotes ya se están beneficiando de ellos. Apoyo plenamente vuestra iniciativa, y os exhorto a hacer todo lo que está a vuestro alcance para que el mayor número posible de sacerdotes participe en este proceso.
La conversión personal continua es un elemento esencial de la vida de todo cristiano, y a los sacerdotes les exige un firme espíritu de desapego de las cosas y de las actitudes del mundo. Su máxima expresión es el celibato sacerdotal, cuyo valor como entrega total al Señor y a su Iglesia debe salvaguardarse cuidadosamente. Esto significa que hay que evitar diligentemente todo comportamiento que pueda dar escándalo o corregirlo, cuando sea necesario. A este propósito, la formación en el seminario es de suma importancia, pues, si en esta fase se ponen cimientos débiles, Zambia no dispondrá de los sacerdotes celosos y abnegados que necesita. Sin embargo, ya antes de empezar la formación en el seminario, las buenas vocaciones sacerdotales nacen y crecen en las familias auténticamente cristianas, lo cual es una razón más para que no escatiméis esfuerzos en vuestro cuidado pastoral de la familia.

6. Otro signo positivo de la Iglesia que está en Zambia es el número creciente de vocaciones a la vida religiosa. Para garantizar que también aquí se dé el tipo de guía que requiere la familia de la Iglesia, os exhorto a esmeraros en la selección de los candidatos y en su formación. Una vez más, la vida familiar constituye un elemento clave:  numerosos muchachos y muchachas que escuchan la llamada a la vida consagrada provienen de familias con poca experiencia de vida cristiana o con escasa formación cristiana. La vida religiosa, lo mismo que el sacerdocio, corre el riesgo de convertirse en un instrumento de promoción social o en una fuente de prestigio. Los candidatos no deben ceder a la tentación de pensar que son mejores que los demás, o pretender elevarse a un grado superior de bienestar material. Cuando esto sucede, el carácter auténtico del servicio religioso o sacerdotal se acepta sólo externamente, pero no se asimila en el nivel personal más profundo. Los programas de formación deberán apoyar los ideales más elevados, y encomendarse a sacerdotes, religiosos y religiosas verdaderamente ejemplares.

7. Cuanto más se fortalezca la familia espiritual de la Iglesia, tanto más preparados estaréis para entablar el diálogo ecuménico y la cooperación necesarios para que las diversas Iglesias cristianas y comunidades eclesiales puedan crecer en la comprensión y el respeto mutuos, y para que los cristianos puedan superar las divisiones que han obstaculizado su misión en el milenio que está a punto de terminar (cf. Tertio millennio adveniente, 34). De igual modo, estaréis mejor preparados para entablar un diálogo con el islam, que, aunque sea una minoría en vuestro país, está aumentando su influencia, construyendo mezquitas, escuelas y clínicas en varias regiones. En estas circunstancias, es necesaria una doble respuesta por parte de la Iglesia:  por una parte, una fuerte y continua evangelización y catequesis de los católicos; y, por otra, una sincera apertura al diálogo interreligioso.
Un importante desafío pastoral completamente diferente es la confusión y, en algunos casos, la pérdida de la auténtica identidad cristiana, causadas por la proliferación de sectas fundamentalistas. Tienden a prosperar en tiempos de agitación social y alienación cultural, cuando reinan la ansiedad y la tentación de desaliento; son más fuertes precisamente cuando la experiencia de la Iglesia como familia es más débil. Para contrarrestar sus promesas ilusorias y sus falsas soluciones, la Iglesia en Zambia necesita programas que ofrezcan a los fieles una catequesis clara y correcta, que les facilite una comprensión más profunda de las verdades salvíficas de la fe y de las promesas auténticas de Cristo, las únicas dignas de confianza. En esos programas, puede resultar útil un uso más amplio de material audiovisual religioso y de emisiones radiofónicas por parte de vuestra Conferencia y de cada diócesis. Además, este gran esfuerzo garantizará que los laicos en Zambia den un testimonio público de su fe católica cada vez más visible, convirtiéndose en verdaderos evangelizadores en sus familias y comunidades.
Vuestro esfuerzo por crear pequeñas comunidades cristianas en el ámbito local ha incrementado mucho la participación activa de los laicos en la vida parroquial y diocesana. Efectivamente, esas comunidades han llegado a ser un rasgo característico de la presencia dinámica de la Iglesia en vuestro país. No puedo por menos de mencionar dos importantes asociaciones dedicadas a promover los diversos movimientos laicales de apostolado que actúan ahora en Zambia:  el Consejo nacional para los laicos y el Consejo nacional para las mujeres católicas. También son signo del crecimiento continuo de la Iglesia en vuestra nación, y muestran que vosotros mismos, queridos hermanos en el episcopado, habéis considerado seriamente las palabras del Ritual de la ordenación episcopal:  "Como padres y hermanos, amad a todos los que Dios encomienda a vuestra solicitud pastoral. (...) Exhortad a los fieles a colaborar con vosotros en vuestra misión apostólica. Escuchad de buen grado cuanto os quieran decir".
Queridos hermanos en el episcopado, éstas son las breves reflexiones que comparto hoy con vosotros, tratando de animaros en el Señor y fortaleceros en vuestro ministerio al servicio de su pueblo. Mientras vuestro país se encamina hacia el segundo centenario de su fe cristiana y se prepara para entrar en el tercer milenio, el desafío para Zambia consiste en ser un país cristiano, no sólo en virtud de una proclamación oficial, sino también porque en él la fe cristiana se viva con palabras y obras, reine la ley del amor, y todos los seguidores de Cristo cumplan fielmente su mandamiento:  "Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16).
Os encomiendo a vosotros y al pueblo católico de Zambia a la intercesión amorosa de María, Madre de la Iglesia. Que ella, al invocar su santo nombre, os impulse a prestar un servicio cada vez mayor a Cristo, su Hijo. A vosotros y a los sacerdotes, a los religiosos y a los laicos de vuestras diócesis, imparto complacido mi bendición apostólica.

Castelgandolo, 3 de septiembre 1999

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