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MENSAJE
DEL PAPA JUAN PABLO II
AL DIRECTOR GENERAL DE LA UNESCO
Al señor
Federico MAYOR ZARAGOZA
Director general de la
Organización de las Naciones Unidas
para la educación
la ciencia y la cultura
1. Con ocasión de la XXXIII Jornada internacional de la alfabetización,
organizada por la Unesco, quiero rendir homenaje a los hombres y mujeres que,
en el decurso de los años, han ayudado a sus hermanos a adquirir los
elementos fundamentales del saber: hay que felicitar particularmente a
los profesores que, en todos los continentes, se dedican a formar a los jóvenes
y a los adultos, con perseverancia y eficacia. También quisiera recordar la
misión llevada a cabo por numerosos laicos, religiosos y religiosas, pioneros
de la instrucción popular, que han sido, en el ejercicio de sus funciones,
testigos de Cristo, despertando las inteligencias y las conciencias.
2. Es preciso reconocer el papel destacado que, en
relación con otros organismos internacionales, ha desempeñado durante los últimos
decenios la Organización de la Naciones Unidas para la educación, la ciencia
y la cultura, redoblando sus esfuerzos para afrontar la grave situación de
analfabetismo en el mundo. Al proporcionar a cada ser humano los medios para
acceder a una cultura general, la Unesco le ofrece así la posibilidad de
llevar una vida digna, construir su futuro y asumir su parte de
responsabilidad en el seno de la sociedad. La lucha contra el analfabetismo es
el camino obligado del desarrollo de las personas y los pueblos, que reciben
así instrumentos de reflexión y análisis, y que pueden defenderse más fácilmente
de los discursos sectarios, integristas o totalitarios. Por consiguiente, es
de desear que prosigan con éxito las iniciativas emprendidas, que requieren
una coordinación cada vez más intensa de los esfuerzos nacionales e
internacionales.
3. En el umbral del tercer milenio, invito a todos
los pueblos a unirse para luchar contra el analfabetismo, que representa una
seria desventaja para una parte importante de la humanidad, principalmente
para las mujeres y las niñas. En efecto, hasta hace poco tiempo, dos tercios
de los analfabetos eran mujeres, y el 70% de la población infantil no
escolarizada son niñas. En este campo también es importante suprimir las
desigualdades, que es uno de los objetivos de la Convención de la Unesco:
"Asegurar a todos el pleno e igual acceso a la educación, la libre búsqueda
de la verdad objetiva y el libre intercambio de ideas y conocimientos"
(Preámbulo de la Convención). Esta empresa de lucha contra el
analfabetismo supone el compromiso del cuerpo de profesores, cuya función
conviene reconocer y valorar, de modo que quienes desempeñan esta actividad
se sientan estimados y sostenidos en su notable misión de transmitir
conocimientos, valores fundamentales y razones para vivir.
La escuela está llamada a ser cada vez más acogedora para los niños,
independientemente de su origen y su condición social, centrando su atención
de modo especial en los más pobres, en las víctimas de la violencia y de la
guerra, en los refugiados y en los desplazados. Debe esforzarse cada vez más,
mediante una pedagogía adecuada y una atención a las culturas locales, por
desarrollar los talentos y despertar la conciencia de los alumnos, y por
ocuparse de los jóvenes inadaptados al sistema escolar.
4. La Iglesia, por su parte, prosiguiendo la
misión que le ha confiado Cristo, desea continuar participando en la educación
de los jóvenes y los adultos, en colaboración con los hombres y mujeres de
buena voluntad. La escuela católica es un instrumento de elección, que
permite a los niños recibir, además de la enseñanza, una formación
religiosa y catequística que les ayudará a profundizar su fe y descubrir a
Cristo, que quiere ayudar al hombre a alcanzar su dimensión plena de adulto.
En una sociedad en busca de sentido, la escuela católica está llamada a
difundir con claridad y vigor el mensaje cristiano, respetando a los que no
comparten sus convicciones pero que, sin embargo, desean beneficiarse de sus métodos
de enseñanza. La escuela católica, deseosa de brindar su contribución a la
relación entre el Evangelio y las culturas, sitúa el saber en el horizonte
de la fe, para que se convierta en sabiduría de vida y lleve a los hombres a
la verdadera felicidad, que sólo Dios puede dar.
5. En el alba de una nueva era, me alegro por la
obra realizada por la Unesco, en colaboración con todos los Estados miembros.
Invoco el apoyo de las bendiciones divinas sobre usted, señor director
general, y sobre todas las personas que, participando en la misión de la
Organización de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la
cultura, están al servicio de la humanidad.
Castelgandolfo, 28 de agosto de 1999
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