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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II AL PRESIDENTE DE LA
UNIÓN CATÓLICA DE LA PRENSA ITALIANA
22 de
septiembre de 1999
Al señor PAOLO SCANDALETTI Presidente de la
Unión católica de la prensa italiana
1. El 40° aniversario de la fundación de la Unión
católica de la prensa italiana (UCSI) me brinda la grata ocasión de dirigirle
a usted y a los miembros de esa asociación un cordial saludo. De buen grado les
expreso, asimismo, mi aprecio por el servicio que la UCSI presta a la
evangelización gracias al compromiso de cualificados profesionales en el vasto
campo de la comunicación social, particularmente en el sector de la prensa.
A este propósito, sé bien con cuánto esmero trata
de contribuir a la difusión de los valores cristianos con una acción incisiva
y capilar en los diarios y en las publicaciones periódicas. Por esta razón,
felicito a los profesionales católicos que la integran por su celo apostólico,
que vivifica su trabajo diario: el valiente testimonio de fe que cada uno da en
el ámbito de los medios de comunicación social constituye un valioso servicio
pa- ra la conservación y la promoción del bien verdadero de la persona y de la
comunidad.
2. El desarrollo incesante de los medios de
comunicación social ejerce un creciente influjo en las personas y en la
opinión pública, y eso aumenta la responsabilidad de los que trabajan
directamente en este sector, porque los induce a realizar opciones inspiradas en
la búsqueda de la verdad y al servicio del bien común.
A este respecto, conviene subrayar que en amplios
sectores de la sociedad actual existe un fuerte deseo de bien, que no siempre
encuentra una correspondencia adecuada en los diarios o en los noticiarios
radio-televisivos, en que los parámetros de valoración de los acontecimientos
a menudo reflejan crite- rios de tipo comercial más bien que de tipo social. Se
tiende a privilegiar «lo que es noticia», la «información sensacionalista»,
en lugar de lo que, por el contrario, ayudaría a comprender mejor los
acontecimientos del mundo. Se corre el peligro de deformar la verdad. Para
evitarlo, es urgente que los cristianos que trabajan en el ámbito de la
información colaboren con todas las personas de buena voluntad para lograr un
mayor respeto a la verdad. Además, destacando temas como la paz, la honradez,
la vida y la familia, y sin atribuir excesiva importancia a hechos negativos, se
podría favorecer el nacimiento de un nuevo humanismo, que abra las puertas a la
esperanza.
Como escribí en el Mensaje para la XXXIII Jornada
de las comunicaciones sociales: «La cultura de la sabiduría, propia de la
Iglesia, puede evitar que la cultura de la información, propia de los medios de
comunicación, se convierta en una acumulación de hechos sin sentido; y los
medios de comunicación pueden ayudar a la sabiduría de la Iglesia a permanecer
atenta a los acontecimientos siempre nuevos que van surgiendo en la actualidad»
(n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de febrero
de 1999, p. 14). Desde esta perspectiva, la información se presenta cada vez
más como un valor irrenuncia- ble, que constituye un bien social cuya justa
distribución entre todos los usuarios es indispensable garantizar.
3. La revolución digital, que caracteriza el mundo de
la información al final de este milenio, introduce un nuevo modo de entender la
comunicación. Los paradigmas conocidos hasta ahora han quedado modificados: ya
no existen únicamente fuentes capaces de difundir informaciones y áreas
de receptores para recoger mensajes. Una red de ordenadores interconectados
permite equiparar jerárquicamente a quienes emiten los mensajes con quienes los
reciben, con reciprocidad de emisión. Esta extraordinaria oportunidad entraña
un potencial cultural sin precedentes, con repercusiones en el orden social y
político, en beneficio de los más débiles y de los más pobres. Sin embargo,
corre el riesgo de no expresar plenamente toda su potencialidad, si no se
ofrecen a los usuarios iguales posibilidades de acceso a las redes de
información.
Las corrientes de la comunicación son capaces de
derribar las barreras tradicionales del espacio y del tiempo, atravesando las
fronteras y evitando en la práctica toda forma de censura. La imposibilidad de
control crea auténticas inundaciones de noticias, frente a las cuales el
usuario se ve prácticamente imposibilitado de realizar cualquier tipo de
verificación. Se corre el riesgo de que surja un sistema basado en las grandes
concentraciones informativas que, a nivel nacional e internacional, puedan obrar
con total anarquía, creando condiciones de superioridad y, por tanto, de
sometimiento cultural.
4. No basta apelar a
la responsabilidad individual de los agentes de la comunicación social para
asegurar la gestión de este complejo proceso de cambio. Es necesario un
compromiso por parte de las autoridades de gobierno. En particular, hace falta
una toma de conciencia generalizada por parte de los usuarios, que deben estar
preparados para rechazar la condición de receptores pasivos de los mensajes que
inundan sus casas, implicando a sus familias. Los medios de comunicación social
a menudo corren el riesgo de tomar el lugar de las instituciones educativas,
indicando modelos culturales y de comportamiento no siempre positivos, frente a
los cuales sobre todo los más jóvenes permanecen indefensos. Por tanto, es
indispensable proporcionar a todos instrumentos culturales adecuados para
dialogar con los medios de comunicación social, a fin de orientar en sentido
positivo sus opciones informativas, respetando al hombre y su conciencia.
Estos problemas de gran importancia moral interpelan a
la Iglesia y a las asociaciones de laicos, tanto en su centro como en las
articulaciones territoriales, diocesanas y parroquiales. La pastoral de la
comunicación resulta cada vez más importante como punto de referen- cia,
tanto para los agentes de los medios de comunicación como para sus usuarios. Os
animo, pues, a intensificar vues- tra acción apostólica, conscientes de
vuestra responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad.
5. Los cuarenta años de historia de la Unión
católica de la prensa italiana demuestran que la cooperación de los laicos,
también en este sector especial de intervención cultural, debe buscarse y
desarrollarse con una atención pastoral renovada. La tradición del periodismo
católico en Italia ha tenido un peso indiscutible en la formación de
generaciones de creyentes animados por una fe viva. ¡Cuántos periodistas han
dejado una huella profunda, y cuántos siguen trabajando con espíritu de
sacrificio y con competencia en el sector de los medios de comunicación!
Frente al desarrollo de la así llamada «cultura de
los medios de comunicación», la propuesta también reciente de un Comité
de ética de los medios de comunicación, que vigile para evitar las
posibles manipulaciones de la información, se inserta en la tradición cultural
de la doctrina social de la Iglesia y reafirma el principio según el cual,
también en el mundo de la comunicación social, no todo lo que es técnicamente
posible es moralmente lícito.
Nos encaminamos hacia el gran jubileo del año 2000.
Sé que, como preparación para ese extraordinario acontecimiento, con la guía
de los pastores diocesanos, estáis releyendo las cartas de san Pablo y
reflexionando en los pasajes más significativos de la sagrada Escritura. Es la
manera más adecuada de prepararse para entrar en el nuevo milenio con la
profunda convicción de que cada agente de la comunicación social, cuando
cumple con seriedad y a conciencia la propia misión, participa activamente en
el gran designio salvífico que el jubileo propone de nuevo en su realidad más
incisiva. Quiera Dios que el próximo Año santo despierte en todos los miembros
de esa asociación un renovado deseo de servir a Cristo y a su reino.
Con estos sentimientos, invoco sobre cada uno de
vosotros la protección materna de María, y le imparto a usted, señor
presidente, así como a todos los miembros de esa benemérita asociación, la
bendición apostólica, prenda de abundantes gracias celestiales.
Castelgandolfo, 22 de septiembre de 1999
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