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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE LA REPÚBLICA CENTROAFRICANA EN VISITA «AD LIMINA»


 27 de septiembre de 1999

 

Queridos hermanos en el episcopado:

1. Al realizar juntos vuestra visita ad limina, venís a pedir a Dios que acreciente en vosotros la fuerza interior y el dinamismo misionero que animaban a san Pedro y san Pablo cuando vinieron a Roma para testimoniar el evangelio de Cristo. Como Sucesor del apóstol Pedro, me alegra acogeros a vosotros, que habéis recibido la misión de guiar a la Iglesia católica en la República centroafricana, para animaros y confirmaros en la fe común recibida de nuestros padres. Mis colaboradores de la Curia romana os brindarán el apoyo y la ayuda necesarios para llevar a cabo la tarea que se os ha confiado.

Doy las gracias a monseñor Paulin Pomodimo, obispo de Bossangoa y presidente de vuestra Conferencia episcopal. En vuestro nombre ha expresado con claridad los sentimientos que os animan en estos momentos privilegiados de reflexión sobre vuestro ministerio pastoral.

Al volver a vuestras diócesis, llevad a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los catequistas y a los laicos de vuestras comunidades el saludo afectuoso del Papa, que ruega al Señor que los fortalezca en su vida cristiana y en su compromiso apostólico. Transmitid a todos vuestros compatriotas mis mejores deseos de paz y prosperidad, en un período importante para el futuro del país.

2. Al acercarse el momento de entrar solemnemente en la alegría del gran jubileo del año 2000, toda la Iglesia, tomando cada vez mayor conciencia de su misterio y de su misión, está llamada a «extender su mirada de fe hacia nuevos horizontes en el anuncio del reino de Dios» (Incarnationis mysterium, 2). Me alegra mucho constatar que los signos de la presencia activa del Espíritu de Dios en vuestro pueblo son numerosos. La reciente creación de dos nuevas diócesis ha puesto de relieve la vitalidad apostólica de vuestras comunidades y la apertura de los hombres y mujeres de vuestra región a las llamadas del Señor. Ojalá que los católicos de la República centroafricana descubran en esos signos una invitación urgente a un renovado dinamismo misionero. Os deseo a todos, y particularmente a los nuevos obispos, que sepáis responder con valentía y audacia a las necesidades espirituales del pueblo que habéis recibido la misión de congregar para que constituya la Iglesia familia de Dios.

En la difícil y compleja situación que vive vuestro país, la Iglesia tiene la responsabilidad particular de lograr que todos los miembros de la nación conserven la esperanza y ayudarles en su búsqueda de razones para vivir auténticas y creíbles, a fin de que puedan mirar al futuro con confianza. Durante los últimos años, ha sido la voz de los que no tienen voz, favoreciendo la reconciliación y la formación de una conciencia común, con vistas a la construcción de una comunidad nacional unida y solidaria. La Iglesia tiene el deber de recordar a tiempo y a destiempo los valores fundamentales relacionados con la dignidad de todo ser humano, con la verdad y con la responsabilidad de sus actos personales, pues Dios quiere que todos los hombres constituyan una sola familia y se traten mutuamente como hermanos. Por eso, «anunciar a Cristo es revelar al hombre su dignidad inalienable, que Dios ha rescatado mediante la encarnación de su Hijo único. (...) Dotado de esta incomparable dignidad, el hombre no puede vivir en condiciones de vida social, económica, cultural y política infrahumanas» (Ecclesia in Africa, 69). Os invito a vosotros y a vuestras comunidades a seguir librando la valiente batalla en favor del desarrollo integral del hombre y de la promoción de la justicia y la concordia entre todos los componentes de la nación.

3. Con su compromiso social, la Iglesia quiere desempeñar su función profética al servicio del hombre y de su dignidad. En efecto, existe un vínculo es- trecho entre evangelización y acción social. No es posible proclamar el mandamiento del amor sin promover un verdadero crecimiento de la persona humana y de la sociedad. Conozco la generosidad de vuestras comunidades, que se expresa a menudo con medios pobres y limitados, pero de gran significado humano y espiritual. Aliento vivamente a las personas que, con gran generosidad, se ponen al servicio de sus hermanos y hermanas necesitados o desamparados, enfermos, personas solas, ancianos o refugiados, que llegan de los países vecinos. Quiera Dios que cada cristiano, con sentido de comunión y abriendo generosamente los tesoros de su corazón, se considere un enviado del Señor para aliviar la miseria y combatir toda forma de marginación, anunciando así con sus actos el evangelio de Cristo.

Habéis querido que las escuelas católicas ocupen un lugar particular en vuestro servicio a la sociedad centroafricana, a fin de preparar a los jóvenes para los compromisos de la vida, así como para su papel cívico y su deber moral. En efecto, esas escuelas «son a la vez lugares de evangelización, educación integral, inculturación y aprendizaje del diálogo entre jóvenes de religiones y ambientes sociales diferentes» (ib., 102). Hay que impulsar esta orientación con la debida prudencia, para que la Iglesia contribuya de manera eficaz a que todos los jóvenes puedan acceder a la educación, y encuentre los medios de prestar una atención privilegiada a los más pobres de entre ellos. Eso exige que la solidaridad real de la Iglesia universal siga manifestándose concretamente, para que se aseguren la presencia y la formación humana, cultural y religiosa de un número suficiente de educadores, y puedan superarse los problemas materiales que dicho proyecto ciertamente creará.

4. En vuestras diócesis, la pastoral vocacional está experimentando un nuevo impulso, lo cual me alegra. Es indispensable que todos los católicos, especialmente en su vida familiar, tomen conciencia de que tienen la responsabilidad de promover y fomentar las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. A los jóvenes que se sienten llamados por el Señor a seguirlo por este camino les deseo que acojan sin temor la mirada de amor que el Señor les dirige y le respondan libre y generosamente. Corresponde luego a los obispos, con la ayuda de los responsables encargados del acompañamiento de las vocaciones y de los formadores del seminario, discernir y confirmar la autenticidad de la llamada recibida.

Parece importante incluir un año propedéutico a fin de permitir a los jóvenes progresar en su búsqueda y proporcionarles los elementos necesarios para profundizar sus conocimientos humanos, culturales y espirituales. Así podrán entrar con mayor provecho en el primer ciclo del seminario mayor.

La formación de los candidatos al sacerdocio es una responsabilidad esencial del obispo, que exige prestar atención particular a su organización, así como a la vida de los formadores y de cada uno de los seminaristas. Una seria formación espiritual, intelectual y pastoral, indispensable para el ejercicio del ministerio presbiteral, deberá ir unida a una sólida formación humana y cultural. «Sin una adecuada formación humana, toda la formación sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario» (Pastores dabo vobis, 43). Los futuros sacerdotes deben adquirir las cualidades humanas indispensables para el desarrollo de personalidades equilibradas, fuertes y libres. Será particularmente importante insistir en la maduración afectiva de los candidatos, elemento decisivo de la educación en el amor verdadero y responsable, necesario para quien está llamado al celibato y que consiste en «ofrecer, con la gracia del Espíritu y con la respuesta libre de la propia voluntad, la totalidad de su amor y de su solicitud a Jesucristo y a la Iglesia» (ib., 44).

Saludo cordialmente a cada uno de vuestros sacerdotes. Son para vosotros colaboradores valiosos e indispensables en el anuncio del Evangelio, y vosotros tenéis solicitud y veláis por ellos, lo cual me alegra. Les agradezco su generosidad en el servicio a Cristo y a su Iglesia, en condiciones a menudo difíciles. Recuerden que, en profunda comunión con su obispo, y como hermanos entre sus hermanos bautizados, tienen la misión de congregar al pueblo de Dios, para que todos sus miembros, santificados por el Espíritu Santo, se ofrezcan a sí mismos como «una víctima viva, santa y agradable a Dios» (Rm 12, 1). Así pues, se trata de que los presbíteros vivan una vida digna y santa, conforme a su vocación y al testimonio que tienen que dar de ser hombres de Dios «apartados» para el servicio al Evangelio, sin dejarse atraer por la concupiscencia del mundo (cf. Ef 4, 22). «Los presbíteros (...) han de presidir de tal manera, que no busquen sus propios intereses, sino los de Cristo» (Presbyterorum ordinis, 9). Mediante una sólida vida espiritual, funda- da en la oración, en la Eucaristía y en el sacramento de la reconciliación, se con- vertirán para los fieles en guías auténticos por los caminos de la santidad, a la que todos los bautizados están llamados.

5. La vida consagrada, en su gran diversidad, es una riqueza de la Iglesia en vuestro país. La calidad espiritual de sus miembros, que se refleja en los fieles y que es también un apoyo valioso para los sacerdotes, hace cada vez más presente en la conciencia del pueblo de Dios «la exigencia de responder con la santidad de la vida al amor de Dios derramado en los corazones por el Espíritu Santo, reflejando en la conducta la consagración sacramental obrada por Dios en el bautismo, la confirmación o el orden» (Vita consecrata, 33). Exhorto a los responsables de los institutos presentes en vuestras diócesis a impartir a los jóvenes religiosos y religiosas una formación humana, intelectual y espiritual enraizada en la cultura de su país, que permita una conversión a Cristo de todo su ser, para que su consagración en el seguimiento de Cristo los configure cada vez más al Señor Jesús en su oblación al Padre. Las personas consagradas también han de recordar que la llamada que han recibido implica el compromiso de dedicarse totalmente a la misión. Los institutos religiosos, fieles a su propio carisma, en comunión y diálogo con los demás componentes eclesiales, en primer lugar con los obispos, deben responder con generosidad a las llamadas del Espíritu y han de preocuparse por buscar caminos nuevos para la misión, a fin de que Cristo sea anunciado a todas las culturas, hasta las regiones más lejanas.

Aprovecho esta ocasión para dar gracias a Dios por la inmensa obra realizada en la República centroafricana por los institutos religiosos desde la llegada de los primeros misioneros, hace más de un siglo. El desarrollo de una Iglesia particular, ya bien constituida, es el signo del dinamismo espiritual y apostólico que han sabido infundirle, transmitiendo el mensaje evangélico. Doy gracias, asimismo, a los sacerdotes fidei donum y a los laicos misioneros, que manifiestan concretamente su solidaridad y la de sus Iglesias particulares de origen mediante su misión en la República centroafricana.

6. En vuestros informes habéis subrayado que, en vuestras diócesis, son numerosos los laicos que están comprometidos en movimientos y asociaciones católicas. Los felicito por su disponibilidad y su fervor. Los aliento vivamente a transformar sus diferentes grupos en lugares privilegiados para desarrollar su compromiso misionero en medio de sus hermanos. Ojalá que sean en todas partes signos de la misericordia de Dios, abriéndose generosamente a las necesidades materiales y espirituales de los demás. Que no tengan miedo de anunciar el Evangelio mediante una vida cristiana ejemplar, conforme a los compromisos de su bautismo.

La formación de los laicos reviste una importancia decisiva para el futuro de la Iglesia. En efecto, «tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y la disponibilidad cada vez mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión» (Christifideles laici, 58). Os invito a prestar atención particular a la formación doctrinal y espiritual de los jóvenes y de las personas llamadas a asumir responsabilidades en todos los niveles y en todos los sectores de la vida social. En un mundo que necesita puntos de referencia y motivos de esperanza, la enseñanza de la doctrina social de la Iglesia permitirá preparar a los cristianos para las tareas políticas, económicas y sociales, a fin de que sean testigos activos de Cristo en sus ambientes de vida y participen eficazmente en la construcción de la nación.

Entre los laicos comprometidos de modo particular al servicio de la comunidad, saludo y felicito a los catequistas, cuya generosidad conozco, así como a sus familias. Son para vosotros, y para los sacerdotes, colaboradores insustituibles en el apostolado. En nuestros días, los cambios que se están produciendo tanto en la Iglesia como en la sociedad exigen de cada uno de ellos una profunda preparación doctrinal y pedagógica, así como una constante renovación espiritual y apostólica. Deseo que, en su tarea tan decisiva para la implantación y expansión de la Iglesia, cobren cada vez mayor conciencia de su pertenencia a la comunidad eclesial y de la dignidad de su función. 

7. Son numerosas y de todo tipo las amenazas que hoy se ciernen sobre la familia africana y sobre sus fundamentos, socavando así la cohesión de toda la sociedad, puesto que es un pilar insustituible del edificio social. «Desde el punto de vista pastoral, esto es un verdadero desafío, dadas las dificultades de orden político, económico, social y cultural que los núcleos familiares en África deben afrontar en el contexto de los grandes cambios de la sociedad contemporánea» (Ecclesia in Africa, 80). Así pues, es esencial impulsar a los católicos a trabajar con todas sus fuerzas para preservar y promover los valores fundamentales de la familia. Los fieles deben tener en gran consideración la dignidad del matrimonio cristiano, que refleja y realiza el amor de Cristo a su Iglesia. Por eso, se debe enseñar claramente la verdad sobre el matrimonio y la familia, tal como Dios los estableció, recordando sobre todo que el amor de los esposos es único e indisoluble; y que, gracias a su estabilidad, el matrimonio contribuye a la realización plena de su vocación humana y cristiana.

Una seria preparación de las parejas, teniendo en cuenta su situación particular y su cultura, les hará tomar conciencia de que el sacramento del matrimonio es una gracia que Dios les concede para que crezca su amor a lo largo de toda la vida. Por tanto, conviene ayudarles a lograr la madurez humana que les permita asumir sus responsabilidades de esposos y padres cristianos, y ofrecerles una sólida espiritualidad matrimonial, para que consideren el matrimonio y la vida familiar como medios de santificación. Ojalá que durante su existencia encuentren, tanto en sus pastores como en la comunidad cristiana, especialmente en el testimonio de vida evangélica de las demás familias, un apoyo para afrontar las tareas y las difi cultades diarias.

8. Para expresar su misión de comunión entre todos los hombres, la Iglesia, llamada a ser signo y sacramento de la unidad del género humano, debe mantener y promover relaciones fraternas con todos, con vistas a la construcción de una sociedad unida y solidaria. El desarrollo, con espíritu de diálogo, de la colaboración entre los discípulos de Cristo con los demás creyentes y con todos los hombres de buena voluntad, contribuirá seguramente al bien común. Sin embargo, hay que tratar de ayudar a los católicos a realizar un serio discernimiento de la fe y de su expresión eclesial, principalmente en su encuentro con los hermanos bautizados de otras confesiones cristianas, para que fomenten relaciones fundadas en la verdad, teniendo en cuenta lo que une, pero también lo que aún impide la comunión total.

En una sociedad en la que se desarrolla el pluralismo religioso, también resulta cada vez más necesario dedicar una atención particular a las relaciones con los musulmanes. Un conocimiento auténtico de los valores espirituales y morales del islam, basado en una voluntad de respeto mutuo, facilitará una mayor comprensión y una sincera aceptación de la libertad religiosa. Desde esta perspectiva, os animo, como ya hacen algunos de vosotros, a formar a expertos en ciencias de las religiones y en cuestiones interreligiosas, que sean capaces, con clarividencia y sabiduría, de entablar un diálogo auténtico con los demás creyentes y aconsejar a las comunidades cristianas más directamente afectadas. 

9. Queridos hermanos en el episcopado, al volver a vuestro país, os invito a mirar al futuro con confianza. La cercanía del año jubilar, durante el cual celebraremos el bimilenario del misterio central de nuestra fe, constituye una fuerte invitación a la esperanza. Deseo vivamente que este tiempo de gracia sea para vuestras comunidades una ocasión privilegiada para profundizar su fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que está en el origen y en el fin de nuestro camino. Ojalá que todos los fieles de vuestras diócesis encuentren en la contemplación de la encarnación del Hijo de Dios la revelación del rostro del Padre misericordioso y compasivo. Que, permaneciendo a la escucha del Espíritu, reconozcan los signos de los tiempos nuevos, y hagan cada vez más viva la espera de la vuelta gloriosa del Señor.

Encomiendo vuestro ministerio episcopal a la intercesión materna de María, la Virgen santísima, llamada a ser la Madre del Señor. Que ella sea para vosotros, y para el pueblo que os ha sido confiado, la Madre que muestra a todos sus hijos el sendero que lleva a su Hijo, asegurándoos su protección por los caminos de la vida.

De todo corazón, os imparto la bendición apostólica, que extiendo de buen grado a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los catequistas y a todos los fieles de vuestras diócesis.

 

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