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DISCURSO DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE LA CEREMONIA DE BENDICIÓN DE LA
FACHADA DE LA BASÍLICA VATICANA
Jueves 30 de
septiembre
Señores cardenales y venerados hermanos en el
episcopado; señor presidente de la República italiana; señor presidente
del Gobierno; señores embajadores ante la Santa Sede e Italia; señores
dirigentes y técnicos de la E.N.I.; señores y señoras:
1. En el centro de nuestra atención está hoy la
fachada de la basílica vaticana, que desde hace siglos es testigo de grandes
acontecimientos, que han deja- do su huella en la historia. Estamos reunidos
aquí para celebrar la feliz culminación de los trabajos de restauración que,
durante más de dos años, han realizado ingenieros, arquitectos, marmolistas,
cinceladores, estucadores, herreros y otros obreros. Gracias a su trabajo,
realizado con gran maestría y compe- tencia, la basílica vaticana, ya hermosa
en su interior, se presenta ahora con toda la majestuosa solemnidad de la
fachada con que Maderno supo adornarla.
Al dirigir mi cordial saludo a todos los presentes y,
en particular, al cardenal arcipreste, que ha interpretado noblemente los
sentimientos de todos, deseo expresar mi profundo agradecimiento a cuantos han
empleado sus energías para devolver a esta obra maestra de la arquitectura su
primitivo esplendor. Mi agradecimiento va, de modo especial, a la Empresa
nacional de hidrocarburos (E.N.I), que con gran generosidad ha hecho posible la
labor de restauración, utilizando para ello las más modernas tecnologías.
2. Mientras contemplamos admirados el prestigioso
resultado de estos trabajos, surge espontáneamente en el corazón el deseo de
bendecir al Señor, que ha dado al hombre la capacidad de dominar la materia y
ennoblecerla, imprimiéndole el sello del espíritu.
¡Cuántos esfuerzos ha costado la obra que estamos
admirando! Los mármoles, desbastados con innumerables golpes de martillo y
cincel, y después pulidos con sumo cuidado y paciencia, fueron unidos
admirablemente para adornar la fachada. En una visión transfigurada del templo
de Dios, se pueden interpretar sus diversos elementos como el símbolo y la
imagen de la variedad de los dones y carismas con que el divino Artífice ha
querido adornar a la Iglesia, su esposa mística.
3. La mirada, llena de admiración, que dirigimos esta
tarde a la arquitectura de la fachada anticipa la de los innumerables peregrinos
que llegarán aquí procedentes de todo el mundo durante el Año santo, ya
inminente. Podrán revivir las experiencias de los antiguos pere- grinos,
extasiados ante la magnificencia y la solidez de las estructuras de esta
imponente basílica, que la fe de los antepasados construyó «in honorem
Principis Apostolorum», como reza la inscripción dedicatoria, puesta por el
Papa Pablo V en el año 1612.
Para san Pedro y su sepulcro glorioso se edificó este
templo, coronado por la cúpula de Miguel Ángel, que el Papa Clemente VIII,
interpretando el pensamiento de su predecesor Sixto V, dedicó «sancti Petri
gloriae», a la gloria de san Pedro. Lo confirman las numerosas representaciones
del Apóstol, que aparecen en todas las partes del edificio. También en esta
fachada, en el altorrelieve del milanés Ambrogio Bonvicino, se halla la imagen
de Pedro, que recibe las llaves del Cristo.
4. Así, en cierto sentido, el apóstol san Pedro
continúa su misión como «vicario del amor de Cristo», profesando con
humildad, pero también con firmeza, su fe. Y «toda lengua que alaba al Señor
-como dice san León Magno- es formada por el magisterio de esta voz» (Sermones
3, 3). Por ello, se comprende fácilmente por qué nuestro deleite ante esta
obra de arte restaurada no puede ser sólo de carácter estético; también debe
abrirse a la fascinación interior de la realidad espiritual que significa. Nos
lo recuerda san Pedro a nosotros y a cuantos esta tarde están reunidos
espiritualmente en torno a su sepulcro, como él escribía desde Roma, un día
de los años 63-64, a los cristianos de Asia menor, por él evangelizados:
«También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo
del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios
espirituales que Dios acepta» (1 P 2, 5).
Amadísimos hermanos y hermanas, aceptemos esta
invitación a ser piedras vivas, miembros activos del edificio espiritual que es
la Iglesia. Ojalá que el inminente jubileo nos encuentre dispuestos a anunciar
y testimoniar nuestra fe con una entrega más generosa. Los trabajos de
restauración nos recuerdan que cada creyente, cada uno de nosotros, está
llamado a una conversión continua y a un valiente examen de vida, para poder
realizar un profundo encuentro con Cristo y beneficiarse plenamente de los
frutos del Año santo.
Que así sea para todos. Con este deseo, al tiempo que
invoco la intercesión de la santísima Virgen María y de los apóstoles san
Pedro y san Pablo sobre los presentes y sobre quienes, de diferentes modos, han
colaborado en esta extraordinaria labor de restauración, a todos imparto
complacido la bendición apostólica.
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