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Discurso a la Sociedad internacional de
 oncología ginecológica

30 de Septiembre 1999

 

 

Excelencias; señoras y señores: 

1. Me alegra mucho recibiros a vosotros, participantes en el VII Congreso de la Sociedad internacional de oncología ginecológica. Doy gracias al profesor Mancuso por sus palabras de saludo, y a todos vosotros por lo que estáis haciendo por servir a quienes necesitan vuestra competencia médica, especialmente las mujeres enfermas de cáncer.

En la práctica de la medicina, afrontáis las realidades más fundamentales de la vida humana:  nacimiento, sufrimiento y muerte. Compartís las dificultades de vuestros pacientes y sus inquietudes más profundas. Procuráis darles esperanza y, cuando es posible, curarlos. Quienes se someten a una operación, nunca olvidan a los médicos y a los asistentes sanitarios que los han acogido, visitado y curado. Vienen inmediatamente a nuestra memoria las palabras del Evangelio:  "Venid, benditos de mi Padre. (...) Estaba enfermo, y me visitasteis" (Mt 25, 34. 36). "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).


2. Los médicos son custodios y servidores de la vida humana. En mi carta encíclica Evangelium vitae, subrayé el significado humano y el aspecto ético de la profesión médica. Hoy, la profesión médica se encuentra en una especie de encrucijada:  "En el contexto cultural y social actual, en que la ciencia y la medicina corren el riesgo de perder su dimensión ética original, ellos pueden estar a veces fuertemente tentados de convertirse en manipuladores de la vida o incluso en agentes de muerte. Ante esta tentación, su responsabilidad ha crecido hoy enormemente y encuentra su inspiración más profunda y su apoyo más fuerte precisamente en la intrínseca e imprescindible dimensión ética de la profesión sanitaria" (n. 89).

Custodios y servidores de la vida:  esto es lo que sois verdaderamente en vuestra actividad médica. Como ginecólogos, os preocupáis de las madres y de sus hijos por nacer, desde la concepción hasta el nacimiento. Para el niño, la gestación es siempre un tiempo de riesgo e incertidumbre, pero cuando la madre esta enferma de cáncer, el niño afronta otros peligros graves para su salud y la terrible posibilidad de perder a su madre. Sabéis bien cuán delicada y dramática puede ser esta situación, especialmente cuando la mujer debe luchar contra las presiones de la sociedad y de su familia encaminadas a poner fin a la vida que lleva en su seno, para aliviar su propia situación. En vuestros esfuerzos por ser verdaderos "servidores de la vida", estoy seguro de que encontraréis luz y aliento en la enseñanza de la Iglesia, fruto de dos milenios de reflexión moral católica, sobre lo que Dios ha revelado acerca de la condición humana.


3. Aunque hoy existe una fuerte presión social para que los ginecólogos y obstetras aprovechen cualquier mínimo signo de riesgo o alarma como justificación para recurrir al aborto, incluso cuando disponen de tratamientos eficaces, los progresos en vuestro campo hacen cada vez más posible salvaguardar tanto la vida de la madre como la del niño. Debemos estar agradecidos por este progreso, y seguir incentivando el avance de la medicina, que permitirá que los casos dramáticos, a los que me he referido, sean cada vez menos frecuentes.

Dado que todos somos conscientes de la angustia que experimentan las familias y los ginecólogos cuando afrontan un embarazo amenazado por el cáncer, doy gracias a Dios por todo lo que hacéis para prevenir la manifestación cada vez más frecuente de este cáncer particular en las mujeres. En los diferentes campos de la investigación sobre el cáncer hay que promover y sostener ese trabajo con fondos adecuados, proporcionados por las autoridades públicas responsables de la investigación científica. Considerando el creciente coste de la asistencia sanitaria, particularmente en el área del tratamiento del cáncer, se tiene la sensación de que se hace e invierte muy poco en la educación sanitaria y la prevención del cáncer. No habría que dudar en puntualizar claramente que el cáncer puede ser el resultado del comportamiento de la gente, incluyendo ciertos comportamientos sexuales, así como la contaminación del ambiente y sus efectos en el cuerpo mismo.


4. Al pensar en vuestra actividad al servicio de la vida, no puedo menos de mencionar la importancia de vuestro profundo compromiso en la asistencia a las madres jóvenes enfermas de cáncer que deben afrontar una muerte prematura. No cabe duda de que cuando sucede esto, el ginecólogo y el obstetra, más acostumbrados al contacto con el nacimiento de una nueva vida, experimentan un profundo sentido de participación en el dolor de los demás y, quizá, incluso un sentimiento de frustración e impotencia.

Una vida que está llegando a su fin no es menos valiosa que una vida que está comenzando. Por esta razón, el moribundo merece el mayor respeto y la atención más solícita. En su nivel más profundo, la muerte es como el nacimiento:  ambos son momentos críticos y dolorosos de transición, que abren a una vida más rica que la anterior. La muerte es un éxodo, después del cual es posible ver el rostro de Dios, que es la fuente de vida y amor, precisamente como un niño que acaba de nacer puede ver el rostro de sus padres. Por esta razón, la Iglesia habla de la muerte como de un segundo nacimiento.

Hoy se discuten muchas cuestiones relacionadas con el tratamiento de los pacientes enfermos de cáncer. Tanto la razón como la fe nos exigen resistir a la tentación de poner fin a la vida de un paciente mediante un acto deliberado de omisión o una intervención activa, dado que la "eutanasia es una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana" (Evangelium vitae, 65). Nada, ni siquiera la petición del paciente, que muy a menudo no es otra cosa que un grito pidiendo ayuda, puede justificar la eliminación de una vida que es preciosa a los ojos de Dios y que puede ser un gran don de amor para la familia, incluso en su sufrimiento de los últimos días.

Por lo que atañe a las propuestas que se han hecho en algunos lugares para legislar en favor de la eutanasia y del suicidio asistido, permitidme destacar que "compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante el llamado suicidio asistido significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada" (ib., 66). Tampoco se puede apoyar o justificar la así llamada "autodeterminación" del moribundo, cuando esto significa de hecho que un médico ayuda a suprimir la vida, que es el fundamento mismo de todo acto libre y responsable.

Para curar hoy a los pacientes enfermos de cáncer se necesita una terapia que incluya formas eficaces y accesibles de tratamiento, alivio del dolor y medios ordinarios de apoyo. Habría que evitar un tratamiento ineficaz o que aumente el sufrimiento, así como la imposición de métodos terapéuticos insólitos y extraordinarios. Es muy importante la ayuda humana que se brinda al moribundo, dado que "el deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de solidaridad y de apoyo en la prueba" (ib., 67).


5. Queridos amigos, mientras el siglo XX y el segundo milenio de la era cristiana están llegando a su fin, habéis venido a Roma como hombres y mujeres que están construyendo sobre la magnífica obra de sus predecesores en este siglo y en este milenio. El siglo XX ha vivido sus tragedias humanas, pero seguramente entre sus triunfos figura el extraordinario avance de la investigación y el tratamiento médicos (cf. Fides et ratio, 106). A la luz de esto, y más aún si consideramos los últimos mil años, no podemos por menos de aplaudir a los que abrieron el camino, dando gracias a Dios, que es la fuente de toda iluminación y curación. Mirar atrás significa comprender humildemente que recorremos un camino marcado por las intuiciones y la abnegación de los demás; al ver lo mucho que se ha avanzado, renovamos en este momento decisivo nuestra esperanza de que el poder de la muerte será, Dios mediante, derrotado.

No estáis solos en la gran tarea de combatir el cáncer y servir a la vida. Toda la familia humana está con vosotros; la Iglesia en todo el mundo os mira con respeto. Os aseguro a todos un especial recuerdo en mi oración, y encomiendo vuestra noble actividad a la intercesión de la Madre de Cristo, Salud de los enfermos. Invocando sobre vosotros la gracia y la paz de su Hijo, que curó a los enfermos y resucitó a los muertos, os encomiendo a vosotros y a vuestros seres queridos a la amorosa protección de Dios todopoderoso.

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