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AUDIENCIA DEL PAPA JUAN PABLO II A
LOS PARTICIPANTES EN EL XVI CONGRESO INTERNACIONAL ORGANIZADO POR EL INSTITUTO
DE CLÍNICA GINECOLÓGICA Y OBSTETRICIA DE LA UNIVERSIDAD "LA
SAPIENZA" DE ROMA
Lunes 3 de
abril de 2000
Señoras y señores:
1. Me alegra tener esta oportunidad de daros la bienvenida al Vaticano,
con ocasión de vuestro congreso internacional. Agradezco al profesor Cosmi
las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre, y os aseguro el
interés con que la Santa Sede sigue el desarrollo de vuestro campo de
competencia.
Permitidme, ante todo, deciros cuánto me complace el tema de vuestro
congreso: "El feto como paciente". Al concentrar la atención
en el feto como sujeto de intervención y terapia médica, vuestro congreso
considera al feto en su plena dignidad humana, dignidad que el niño por nacer
posee desde el momento de la concepción.
2. En las últimas décadas, en las que la percepción de la humanidad
del feto ha sido minada o distorsionada por interpretaciones limitativas de la
persona humana y por leyes que introducen etapas cualitativas, científicamente
infundadas, en el desarrollo de la vida concebida, la Iglesia ha afirmado y
defendido repetidamente la dignidad humana del feto. Con esto queremos decir
que "el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el
instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le
deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho
inviolable de todo ser humano inocente a la vida" (Donum vitae, I,
1; cf. Evangelium vitae, 60).
3. Las terapias embrionarias que se aplican ahora en los campos médico,
quirúrgico y genético ofrecen nuevas esperanzas de salvar la vida de quienes
padecen patologías incurables o muy difíciles de curar después del
nacimiento. Así, confirman la enseñanza que la Iglesia ha sostenido basándose
tanto en la filosofía como en la teología. De hecho, la fe no disminuye el
valor y la validez de la razón; al contrario, la apoya y la ilumina,
especialmente cuando la debilidad humana o las influencias psicosociales
negativas reducen su perspicacia.
Por tanto, en vuestra actividad, que debería basarse siempre en la verdad
científica y ética, estáis llamados a reflexionar seriamente en algunas
propuestas y prácticas que derivan de las tecnologías de procreación
artificial. En mi carta encíclica Evangelium vitae observé que las
diferentes técnicas de reproducción artificial, aparentemente al servicio de
la vida, en realidad abren la puerta a nuevos ataques contra ella. Además de
ser moralmente inaceptables, puesto que separan la procreación de la esfera
plenamente humana del acto conyugal, estas técnicas tienen un alto porcentaje
de fracasos. Y estos fracasos no sólo atañen a la fecundación, sino también
al sucesivo desarrollo del embrión, expuesto al peligro de muerte,
generalmente dentro de muy poco tiempo (cf. Evangelium vitae, 14).
4. Un caso de especial gravedad moral, que a menudo deriva de estos
procedimientos ilícitos, es la así llamada "reducción
embrionaria", o eliminación de algunos fetos cuando se producen simultáneamente
concepciones múltiples. Este procedimiento es gravemente ilícito cuando las
concepciones múltiples se realizan en el curso normal de las relaciones
matrimoniales, pero es doblemente reprensible cuando son el resultado de la
procreación artificial.
Los que recurren a métodos artificiales deben ser considerados responsables
de una concepción ilícita, pero, cualquiera que sea el método de concepción,
una vez que ésta se ha realizado, se debe respetar absolutamente al niño
concebido. Hay que proteger, defender y alimentar la vida del feto en el seno
materno por razón de su dignidad intrínseca, dignidad que pertenece al embrión
y no es algo que le confieren u otorgan los demás, ni los padres genéticos
ni el personal médico ni tampoco el Estado.
5. Distinguidos huéspedes, sois expertos en acompañar los comienzos
maravillosos y delicados de la vida humana en el seno materno. Por eso, sabéis
muy bien que la doctrina moral católica refuerza y apoya una ética natural
basada en el respeto de la inviolabilidad de toda vida humana. La doctrina
moral católica arroja luz sobre cuestiones relativas al delicado proceso del
comienzo de la vida, rebosante de esperanza y rico en promesas para la vida
futura, y campo ahora maduro para los admirables descubrimientos de la ciencia
médica. Confío en que vuestra actividad se inspire siempre en un
reconocimiento claro de la dignidad propia de todos los seres humanos, cada
uno de los cuales es un don incomparable del amor creativo de Dios.
Hoy deseo felicitaros por vuestros descubrimientos científicos y por el modo
como los aplicáis para proteger la vida y la salud del niño por nacer.
Invoco sobre vosotros y sobre vuestra actividad la ayuda constante de Dios
todopoderoso y, como prenda de la asistencia divina, os imparto de buen grado
mi bendición apostólica.
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