Señor Embajador:
1. Con gusto recibo las Cartas Credenciales que le acreditan
como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Argentina ante
la Santa Sede. Le agradezco sinceramente las palabras que ha tenido a bien
dirigirme, que son una muestra de las buenas relaciones existentes entre esta
Sede Apostólica y esa noble Nación del Cono Sur americano, cuyos habitantes,
como Usted ha señalado, a la vez que conservan en sus tradiciones profundos
valores humanos, se sienten muy arraigados en la fe católica, de la que surge
un sentido de la vida y una guía moral con repercusiones beneficiosas para la
vida social argentina.
Agradezco asimismo el amable saludo de parte del Señor
Presidente de la Nación, el Doctor Fernando de la Rúa, en el cual manifiesta
sus sentimientos personales y el deseo de acrecentar la tradicional cooperación
entre la Iglesia y el Estado para la consecución del bien común. Le ruego,
Señor Embajador, que se haga intérprete de mi reconocimiento por ello ante el
primer Mandatario del País, a quien hago mis mejores votos por su alta y
delicada responsabilidad.
2. En los últimos años, Usted ha representado a su Nación en
Israel, que yo he tenido la dicha de visitar recientemente dentro de la gran
peregrinación a los lugares relacionados con la historia de la salvación.
Ahora, después de haber desarrollado su misión diplomática en la tierra donde
vivió el Hijo de Dios hecho hombre, viene Usted a continuar su labor ante esta
Sede Apostólica, en la misma representación diplomática en la que ya hace
unos años prestó sus servicios.
En estas circunstancias, le resultará familiar la naturaleza de
esta nueva e importante responsabilidad que su Gobierno le ha encomendado. Es,
en cierto modo, una misión del todo singular, teniendo en cuenta el papel que
desempeña la Santa Sede en el concierto de las naciones para conseguir una
mejora de las relaciones entre los pueblos, una convivencia más pacífica y una
colaboración más estrecha entre todos. Su actividad, de carácter
eminentemente espiritual, se inspira en la convicción de que "la fe todo
lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación
del hombre; por ello orienta el espíritu hacia soluciones plenamente
humanas" (Gaudium et spes, 11). Por eso, la Santa Sede, además de prestar
atención a las Iglesias particulares de cada nación, se preocupa también por
el bien de todos los ciudadanos y trata de hacer valer en los foros
internacionales aquellos derechos de las personas y los pueblos que hacen honor
a su dignidad y a la excelsa vocación que Dios ha otorgado a cada ser humano.
3. Deseo asegurarle, Señor Embajador, que en mi solicitud por
todas la Iglesias, me siento muy cerca de Argentina, me alegro con sus logros y
comparto sus preocupaciones.
En este sentido, es motivo de satisfacción el que la Nación
haya podido vivir en los últimos años en un clima de serenidad política, sin
grandes sobresaltos, aun cuando haya debido enfrentarse a una herencia de serias
dificultades en la convivencia y delicadas situaciones en el campo económico.
Ha demostrado así que el País puede afrontar su propio destino mediante una
normal actividad democrática, que asegure la participación de los ciudadanos
en las opciones políticas y la alternancia ordenada de los gobernantes, en el
reconocimiento de la aportación que cada uno ha dado a la vida de la Nación.
Deseo ardientemente que esta madurez cívica se afiance cada vez más en una
recta concepción de la persona humana. Una conciencia profunda de estos valores
favorecerá el que, no obstante las legítimas diferencias, se produzca una
confluencia entre las diferentes fuerzas políticas para resolver aquellas
cuestiones más acuciantes, que afectan a los intereses generales de la Nación
y, sobre todo, a las exigencias de la justicia y de la paz.
En esta tarea, su Gobierno es consciente de la importancia que
ha de darse, no sólo a las medidas propias de la técnica administrativa o
financiera, sino también a la concienciación de los ciudadanos para que
participen con esperanza y espíritu de colaboración en el bien común, sin que
las legítimas divergencias se transformen en antagonismos irreductibles. Para
ello hacen falta ideales verdaderamente profundos y duraderos, anclados en la
verdad objetiva sobre el ser humano, de los que los más altos responsables de
la sociedad han de dar testimonio con su afán de servicio, trasparencia y
lealtad, contagiando, por decirlo así, a todo el pueblo su propio compromiso de
construir un futuro mejor.
4. También es importante que los programas de un Gobierno para
impulsar decididamente el crecimiento de la Nación tengan en cuenta la
integridad del progreso del ser humano, que es individual y social al mismo
tiempo, y en el que los valores espirituales y religiosos no son menos básicos
que los materiales.
En efecto, el crecimiento de un País no se puede medir
exclusivamente por la riqueza que produce, aún cuando ésta sea una condición
indispensable y, por tanto, un objetivo a perseguir. Por eso, cuando se relega
alguna de las dimensiones esenciales del desarrollo integral se corre el riesgo
de crear nuevos desequilibrios y, a fin de cuentas, poner en peligro incluso las
conquistas ya logradas. Su Gobierno es consciente de que no basta un incremento
de la producción si ésta no se transforma en bienestar real para todos, que no
existe un verdadero bienestar sin una adecuada educación en los diversos
niveles y accesible a todos, un orden social justo y una administración de
justicia ágil.
Tampoco se construirá un futuro sólido y esperanzador si se
abandonan los valores e instituciones básicas de toda sociedad, como la
familia, la protección de los menores y los más desasistidos y, menos aún, si
se horadan los fundamentos mismos del derecho, la libertad y la dignidad de las
personas, atentando a la vida desde el momento de su concepción. Como Usted ha
indicado, estos valores son patrimonio común, que han de ser defendidos
también en los foros internacionales para ofrecer un futuro más esperanzador a
todo el género humano.
5. Señor Embajador, en este momento en que comienza el
ejercicio de la alta función para la que ha sido designado, le deseo que su
tarea sea fructuosa y contribuya a que se consoliden cada vez más las buenas
relaciones existentes entre esta Sede Apostólica y la República Argentina,
para lo cual podrá contar siempre con la acogida y el apoyo de mis
colaboradores. Al pedirle que se haga intérprete ante el Señor Presidente de
la Nación y del querido pueblo argentino de mis sentimientos y augurios, le
aseguro mi plegara ante el Todopoderoso, por intercesión de la Virgen de
Luján, para que asista siempre con sus dones a Usted y a su distinguida
familia, al personal de esa Misión Diplomática y a los gobernantes y
ciudadanos de su País, al que recuerdo con afecto y sobre el que invoco
abundantes bendiciones del Señor.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXII, 1 p.595-598.
L'Osservatore Romano 15.4. 2000 p.5.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.16 p.5 (p.197).
© Copyright 2000 - Libreria Editrice Vaticana