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PALABRAS DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA FUNDACIÓN PAPAL

martes 2 de mayo de 2000

 

«La religión que brota del misterio de la encarnación redentora es la religión del "permanecer en la intimidad de Dios", del participar en su misma vida» (Tertio millennio adveniente, 8). Y el corazón de Dios, la vida que nos comunica a través de la encarnación, muerte y resurrección de su amado Hijo, no es más que la amorosa bondad y misericordia del Padre, que desea reunir a todos sus hijos dispersos en la comunión del único Cuerpo de Cristo, la Iglesia. El jubileo del año 2000 es un "año de gracia del Señor", en el que toda la Iglesia debe tratar de dar un testimonio cada vez más auténtico del amor y la solidaridad cristianos.

En este marco, me alegra vuestra presencia aquí, durante el Año jubilar. La Fundación Papal, desde sus inicios, ha permitido al Sucesor de Pedro responder a algunas de las más apremiantes peticiones de intervención caritativa, especialmente en los países en vías de desarrollo. Vuestro deseo de compartir mi "solicitud por todas las Iglesias" me consuela y me sostiene en el ministerio que el Señor me ha confiado. Por eso, os expreso mi agradecimiento y deseo hacerlo con oraciones fervientes por vosotros y por vuestros seres queridos.

En este año especial de gracia que abre al tercer milenio cristiano, encomiendo a los miembros de la Fundación Papal al amor de la santísima Trinidad. Quiera Dios que, inundados por el esplendor de la Resurrección, vuestro corazón se llene de gozo sereno, dado que "la luz del Rey eterno ha disipado las tinieblas del mundo" (Pregón pascual).

Sobre todos vosotros invoco de corazón la intercesión de María, Madre del Redentor, y os imparto de buen grado mi bendición apostólica.

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