 |
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
EMPRESARIOS Y SINDICATOS DE TRABAJADORES
martes 2 de mayo de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra encontrarme nuevamente con vosotros al día siguiente del
jubileo mundial de los trabajadores, que celebramos juntos ayer en Tor Vergata.
Gracias por vuestra presencia. Os saludo a todos cordialmente. En particular
saludo a monseñor Fernando Charrier y le agradezco las amables palabras que me
ha dirigido en vuestro nombre. El jubileo de los trabajadores, con motivo del
cual se reunieron en Roma representantes y agentes del vasto campo del trabajo
procedentes de todo el mundo, nos brindó la oportunidad de repasar las
complejas realidades relacionadas con el empleo, tanto en su dimensión mundial
como en sus diversos sectores. Nos dimos cuenta de cuán grande es aún la
necesidad de intervenir de modo eficaz para lograr que el trabajo humano ocupe
en la cultura, en la economía y en la política, el lugar que le corresponde,
respetando plenamente la persona del trabajador y su familia, sin perjudicar a
ninguna de las dos.
La Iglesia sigue con gran atención estos problemas, sobre todo a través de la
labor del Consejo pontificio Justicia y paz, que se mantiene en contacto con las
organizaciones internacionales de los trabajadores, de los empresarios y del
mundo de las finanzas. Espero que esta fecunda colaboración prosiga para que
favorezca una presencia cada vez más eficaz de la Iglesia en el mundo del
trabajo.
2. Hablando con vosotros, queridos hermanos y hermanas, quisiera poner de
relieve un aspecto característico del trabajo, que de ordinario se indica con
el término "calidad total". Fundamentalmente, se trata de la condición
del hombre en el proceso productivo: sólo su participación efectiva en
ese proceso puede hacer que la empresa sea una auténtica "comunidad
de personas" (cf. Centesimus annus, 35). Es un desafío que
acompaña el gran progreso de las nuevas tecnologías, a las que se ha de
reconocer el mérito de haber aliviado, al menos en parte, el elemento de fatiga
humana en el trabajo. Ese desafío se ha de afrontar de modo que el "dador
de trabajo indirecto", es decir, todas las "fuerzas" que
determinan el entero sistema socio-económico o que resultan de él (cf. ib.,
17), estén al servicio del hombre y de la sociedad.
Queridos empresarios, agentes de finanzas, sindicatos de trabajadores y todos
los que con la cooperación y el comercio os ponéis al servicio de un
desarrollo digno del hombre, os compete realizar una tarea sumamente ardua, pero
de gran trascendencia. Sin duda, el rescate del hombre frente al trabajo
depende, en gran medida, de las orientaciones de las finanzas y de la economía,
las cuales deben captar cada vez más su elemento distintivo, es decir, el
peculiar "servicio" que están llamadas a dar al desarrollo.
Ciertamente, el grave fenómeno del desempleo, que afecta a hombres, mujeres y jóvenes,
y al que de muchas maneras se trata de encontrar solución, tendría éxito si
la economía, las finanzas y la misma organización nacional y mundial del
trabajo no perdieran nunca de vista el bien del hombre como su meta última.
3. La así llamada "globalización" contribuye hoy a hacer aún más
complejo el mundo del trabajo. Se trata de un fenómeno nuevo, que es preciso
conocer y valorar con un análisis atento y puntual, pues se presenta con una
marcada nota de "ambivalencia". Puede ser un bien para el hombre y
para la sociedad, pero podría constituir también un daño de notables
consecuencias. Todo depende de algunas opciones de fondo, es decir: si la
"globalización" se pone al servicio del hombre, y de todo hombre, o
si exclusivamente contribuye a un desarrollo desvinculado de los principios de
solidaridad y participación, y fuera de una subsidiariedad responsable.
Al respecto, es importante tener presente que cuanto más global sea el mercado,
tanto más debe ser equilibrado por una cultura global de la solidaridad, atenta
a las necesidades de los más débiles. Además, es preciso salvaguardar la
democracia, incluso económica, y a la vez una recta concepción de la persona y
de la sociedad.
El hombre tiene derecho a un desarrollo que abarque todas las dimensiones de su
vida. La economía, incluso cuando está globalizada, se debe integrar en el
entramado de las relaciones sociales, de las que constituye un elemento
importante, pero no exclusivo.
También para la globalización es necesaria una nueva cultura, nuevas reglas y
nuevas instituciones a nivel mundial. En este campo, la política y la economía
deben colaborar para determinar proyectos, a corto, medio o largo plazo, que
tengan como objetivo la condonación, o al menos la disminución, de la deuda
externa de los países pobres del mundo. En este sentido, ya se ha emprendido un
loable camino de corresponsabilidad, que es necesario reforzar y, este sí,
globalizar para que todos los países se sientan implicados. Se trata de un
camino arduo que, precisamente por eso, exalta la responsabilidad de cada uno y
de todos.
4. He aquí, amadísimos hermanos y hermanas, el vasto campo que se abre
ante vosotros; he aquí la contribución que debe dar cada uno de vosotros y,
junto con vosotros, las instituciones que representáis.
La Iglesia aprecia vuestra labor y os acompaña en vuestro esfuerzo por crear,
en un mundo marcado por complejas relaciones de interdependencia, relaciones de
colaboración solidaria y efectiva.
A cada uno de vosotros aseguro mi recuerdo en la oración y encomiendo todos
vuestros propósitos a María y a José, cooperadores fieles de la obra de la
salvación, mientras de corazón os bendigo a vosotros, así como a vuestros
colaboradores y a vuestras familias.
|