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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL RECTOR MAGNÍFICO DE LA UNIVERSIDAD
CATÓLICA DEL SAGRADO CORAZÓN



Al ilustrísimo señor
profesor SERGIO ZANINELLI
rector magnífico de la Universidad
católica del Sagrado Corazón

1. El pasado 13 de abril tuve la alegría de encontrarme con la gran familia de la Universidad católica del Sagrado Corazón, que se reunió en la basílica de San Pedro para la celebración jubilar. Fue un momento de gran intensidad espiritual, un vibrante testimonio de fe y comunión. La celebración anual de la Jornada de la Universidad católica me ofrece ahora una ulterior ocasión de dirigirme a usted, señor rector, y a toda la comunidad que representa.

Lo hago de buen grado, considerando también las significativas conmemoraciones del cuadragésimo aniversario del fallecimiento de su fundador, el padre Agostino Gemelli, y del ya inminente octogésimo aniversario de la fundación de la Universidad misma:  estas circunstancias ofrecen un motivo de especial reflexión a los componentes de esa prestigiosa institución, invitándolos a un compromiso cada vez más generoso en sintonía con las expectativas de la Iglesia y de la sociedad. Por tanto, al renovar mis sentimientos de estima y afecto a los profesores, a los alumnos y a cuantos de diferentes modos están relacionados con la Universidad, reanudo mi diálogo sobre la tarea difícil, pero exaltante, que se les ha confiado, es decir, conjugar, en los ámbitos propios de la actividad académica, la audacia de la razón y la parresía de la fe.

2. "La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad" (Fides et ratio, 1). Frente a la crisis de la razón, característica de gran parte de la cultura actual, la fe debe asumir la responsabilidad de un suplemento de esfuerzo, convirtiéndose en "samaritana de la razón", para que esta se recupere plenamente, con su originaria capacidad metafísica y sapiencial.

Al situarse en esta perspectiva, se tiene inmediatamente la percepción de cuán valioso es el trabajo de los creyentes comprometidos en la investigación, a través del cultivo de las disciplinas humanísticas y científicas, en las que se expresa el irrefrenable anhelo del hombre hacia el conocimiento de la verdad. Mediante esta investigación, abierta a horizontes siempre nuevos, el hombre no sólo busca cosas, sino que también se busca a sí mismo y, en última instancia, se abre al misterio de Dios. Además, el conocimiento cada vez más adecuado de la realidad beneficia a la vida social, así como a la misma práctica de la fe, para que esté más iluminada y sea más madura. Por eso, en la constitución apostólica Ex corde Ecclesiae, recordé que es propio de la vida universitaria "la ardiente búsqueda de la verdad y su transmisión desinteresada a los jóvenes", enseñándoles "a razonar con rigor, para obrar con rectitud y para servir mejor a la sociedad" (n. 2).

3. Quienes tuvieron el gran mérito de preparar y crear esta institución fueron muy conscientes de esto. Pienso, ante todo, en el venerable Giuseppe Toniolo, a quien está dedicada la asociación fundadora de la Universidad católica. Mientras la Iglesia italiana está comprometida hoy en el "proyecto cultural", conviene recordar el esfuerzo que él realizó con celo misionero para asegurar a la cultura un alma cristiana. Pienso, asimismo, con particular admiración en el padre Agostino Gemelli, el fervoroso franciscano que dio vida y orientación segura a esa institución, que tanto honra a la Italia católica. El recuerdo del padre Gemelli, en el cuadragésimo aniversario de su muerte, no puede por menos de suscitar también una reflexión sobre la naturaleza y la misión de la Universidad católica, que se dispone a celebrar sus ochenta años de vida. Y esto es especialmente urgente en una situación histórica como la italiana, en la que la reforma actual de todo el sistema universitario hace necesario un nuevo análisis sobre las funciones y la razón de ser de la Universidad como tal.

4. En realidad, el proyecto de una Universidad libre y católica en Italia sigue siendo de gran actualidad. En efecto, gracias a este cualificado instrumento los católicos italianos pueden insertarse de modo orgánico, con una contribución específica, en los diferentes ámbitos de la investigación, mostrando cómo la argumentación racional no sólo no se opone a la fe, sino que encuentra en ella una aliada para su ejercicio auténtico y fecundo. Por otra parte, la misma fe se beneficia de una razón fuerte y humilde al mismo tiempo, para evitar los riesgos siempre latentes de la superstición y la magia, y convertirse en una fe plenamente conforme a las exigencias de la Revelación y a las instancias auténticas del humanum. Por tanto, es un deber ineludible de la Universidad católica cultivar la íntima solidaridad que ha de unir la fe a la razón, testimoniándola no sólo con respecto a los interrogantes universales del ser humano, sino también frente a los desafíos históricos planteados, al comienzo del milenio, por la sociedad pluriétnica, plurirreligiosa y pluricontextual, con sus cambios incesantes y frenéticos.

5. En este horizonte se comprende bien el interés del tema elegido para la Jornada de la Universidad católica:  "Una cultura de solidaridad para nuestro país".

Se trata de un tema que se abre a un complejo escenario, que tanto los profesores como los alumnos de la Universidad católica están llamados a "leer" a fondo, confrontándose ciertamente con los fenómenos sociales concretos, pero, al mismo tiempo, tratando de ir a la raíz de los problemas. A ellos les corresponde, ante todo, recordar que una cultura de solidaridad, para ser auténtica y profunda, tiene necesidad de lo que se podría llamar "solidaridad de la cultura", o sea, de una perspectiva del saber que, aun consciente de sus límites, no se sienta satisfecha con fragmentos, sino que intente componerlos mediante una síntesis verdadera y sapiencial. Nada es tan perjudicial para la cultura contemporánea como la difundida convicción de que la posibilidad de alcanzar la verdad es una ilusión de la metafísica tradicional. Por eso hoy es más necesaria que nunca una acción en favor de la cultura, que podría llamarse "obra de caridad intelectual", según una densa expresión de Rosmini.

6. La Universidad católica, precisamente en virtud de su inspiración cristiana, tiene algo significativo que decir para responder a este llamamiento a la solidaridad que le llega de la cultura de nuestro tiempo. En particular, está llamada a contribuir a la superación de la grave brecha existente entre progreso científico y valores del espíritu, que impulsa a una praxis materialista, cuyo punto de llegada es una sociedad individualista y competitiva, a menudo fuente de injusticias y violencia, de marginación y discriminación, de conflictos y guerras.

El proceso de globalización económica, aunque presenta aspectos positivos, está produciendo nuevas grietas en el campo de la solidaridad, tanto en Europa como en el mundo. El valor de la solidaridad está en crisis, quizá principalmente porque está en crisis la experiencia, que es la única que podría garantizarla como valor objetivo y universal:  la comunión entre personas y pueblos, que la conciencia creyente atribuye al hecho de que todos somos hijos del único Padre, el Dios que "es amor" (1 Jn 4, 8). En Cristo, él nos ha introducido en la "plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4), llamándonos a la auténtica libertad de una praxis de amor y solidaridad.

7. Entonces se manifiesta la exigencia de una "refundación" cultural, que no puede menos de interpelar a la Universidad católica en su investigación racionalmente rigurosa y bien enraizada en la fe, y abierta al diálogo con todos los hombres de buena voluntad. Es preciso aspirar a una cultura que asegure la centralidad de la persona, sus derechos inalienables y el carácter sagrado de la vida. Es necesario promover una cultura de la acogida, del respeto y de la comunión, recordando que "el hombre (...) no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo" (Gaudium et spes, 24), en el ejercicio de la propia libertad en favor del bien común, por encima de los intereses individuales o de grupo, y lejos de la búsqueda del lucro a toda costa. Esta es la solidaridad, expresión peculiar del hacerse prójimo que, con lenguaje evangélico, llamamos caridad-ágape, y que debe ser distintivo de la vida de los discípulos de Cristo.

La solidaridad, entendida de este modo, es el nombre nuevo dado a la paz, el criterio de toda organización civil basada en la justicia, y el fundamento de toda democracia política que no quiera reducirse a pura retórica. Como otros países, también Italia afronta hoy tentaciones de racismo, de introversión y de aislamiento egoísta. Es preciso buscar las formas histórico-prácticas más idóneas para que la solidaridad no se quede en una mera enunciación de principio, sino que se haga vida vivida.

8. Para ello, es importante el compromiso de apoyo teórico-científico que la Universidad católica puede ofrecer, valorando la coordinación entre los saberes que la caracteriza precisamente como universidad. Por consiguiente, debe sentirse comprometida a llevar la multiplicidad de las ciencias a una síntesis sapiencial que pueda verdaderamente ayudar al hombre, orientándolo hacia una convivencia civil justa y pacífica; una síntesis que resuelva la fragmentación radical de los saberes, muy diversa de la legítima autonomía metodológica de cada disciplina. En efecto, esa fragmentación expresa y al mismo tiempo agrava la desorientación en la percepción del sentido de la vida, que para muchos de nuestros contemporáneos a menudo es la antesala del nihilismo.

Frente a estos desafíos, la elaboración científica de la Universidad católica, ya rica en muchos campos, sabrá en el futuro ensanchar cada vez más su horizonte, afrontando de modo cada vez más orgánico los graves problemas contemporáneos indicados en la Ex corde Ecclesiae:  "La dignidad de la vida humana, la promoción de la justicia para todos, la calidad de vida personal y familiar, la protección de la naturaleza, la búsqueda de la paz y de la estabilidad política, una distribución más equitativa de los recursos del mundo y un nuevo ordenamiento económico y político que sirva mejor a la comunidad humana a nivel nacional e internacional" (n. 32).

En este mapa de temas está en juego gran parte de la acción solidaria de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Es tarea de los cristianos llevarles la luz del Evangelio, como testigos del Hijo de Dios, que en la Encarnación "se unió, en cierto modo, con todo hombre" (Gaudium et spes, 22), y mostró con la entrega de su vida lo que significa solidarizarse con los demás.

9. Así pues, deseo que la Universidad católica, manteniéndose fiel a las grandes líneas cristianas de su consolidada tradición, incremente su servicio en la educación de las jóvenes generaciones para la solidaridad, esperanza del futuro próximo de nuestro país. Es una educación que hay que ofrecer a través de la enseñanza, pero también creando un auténtico clima de comunión en la vida diaria de la Universidad, ya que la solidaridad se aprende más por "contacto" que por "nociones", y se vive en la esfera del ser antes que en la del obrar.

Ojalá que la Universidad católica del Sagrado Corazón persevere en su misión y se renueve ulteriormente en su espíritu y en sus estructuras, recuperando el entusiasmo de su fundador.
Confiando en el empeño que cada componente de esta prestigiosa institución ponga en este sentido, invoco sobre vuestros proyectos y propósitos la protección materna de María, Sedes sapientiae, y le envío una especial bendición apostólica a usted, señor rector, al cuerpo académico, a los alumnos, a los colaboradores y a toda la gran familia de bienhechores y amigos de la Universidad. Que el Señor dé en este Año jubilar nuevo impulso a la Universidad católica del Sagrado Corazón, para que siga siendo digna de los numerosos "testigos", maestros de ciencia y de vida, que han honrado su historia, y así preste un servicio cada vez más eficaz a la cultura, a la sociedad y a la Iglesia de Dios que está en Italia.

Vaticano, 5 de mayo de 2000
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