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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA
ASAMBLEA PLENARIA DE LAS OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS
Jueves 11 de mayo
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Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado; queridos
directores nacionales, colaboradores y colaboradoras de las Obras misionales
pontificias:
1. Con afecto os doy mi bienvenida a cada uno de vosotros. Ante todo, al señor
cardenal Jozef Tomko, prefecto de la Congregación para la evangelización de
los pueblos, que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos, y le
agradezco las amables palabras que me ha dirigido. Saludo a monseñor Charles
Schleck, secretario adjunto de dicha Congregación y presidente de las Obras
misionales pontificias, y a los secretarios generales de las cuatro Obras.
Quiero saludaros en particular a vosotros, queridos directores nacionales, que
realizáis con pericia y empeño vuestra tarea de animación de la cooperación
misionera en vuestros respectivos países. Por medio de vosotros, deseo saludar
a todos vuestros colaboradores y colaboradoras que, impulsados por generosidad
evangélica, se dedican a la proclamación de la palabra de Dios en todos los
lugares y en todas las situaciones del mundo.
2. Este encuentro se celebra en el tiempo y con el espíritu del gran
jubileo, que la Iglesia universal está viviendo con gran fervor. Este es un año
singular de gracia, durante el cual la comunidad cristiana está viviendo una
experiencia más intensa de la bondad de Dios, manifestada en la encarnación
del Hijo y anunciada con gratitud por la Iglesia a todas las naciones. Resuenan
en nuestro corazón las palabras del Apóstol: "Mirad ahora el
momento favorable; mirad ahora el día de salvación" (2 Co 6, 2).
Así pues, la celebración del gran jubileo se presenta como una ocasión muy
oportuna para reflexionar en la misericordia que Dios Padre, mediante la obra
del Espíritu Santo, ha manifestado en Cristo a toda la humanidad. El gran
jubileo es "anuncio de salvación", que ha de resonar en cada rincón
de la tierra, a fin de que quien lo oiga se convierta a su vez en su testigo y
en instrumento de salvación para todas las personas. Todos estamos llamados a
abrir los ojos a las necesidades de las numerosas ovejas sin pastor (cf. Mc
6, 34), para ponernos a su servicio, a fin de darles a conocer
el nombre del Señor, de manera que, confesándolo, también ellas se salven
(cf. Rm 10, 9).
3. Quiero recordar aquí, en particular, a los hombres y mujeres que, dedicándose
ad vitam a la misión ad gentes, han hecho de esta actividad la
razón de ser de su existencia. Son un ejemplo incomparable de entrega a la
causa de la difusión del Evangelio. Doy las gracias y bendigo de corazón a
quienes, de modo tan discreto como eficaz, trabajan con empeño en la animación
y la cooperación misionera. Son numerosos. A los sacerdotes, a las consagradas
y a los consagrados se une una multitud de laicos, de forma individual o en
familia, deseosos de dedicar a la misión algunos años de su vida o, incluso,
toda su existencia. No pocas veces proclaman la buena nueva y manifiestan su fe
en ambientes hostiles o indiferentes. Amadísimos hermanos y hermanas,
expresadles mi gratitud y mi aliento para que continúen generosamente este
vigoroso compromiso misionero. Dios, que no se deja ganar en generosidad, sabrá
recompensarlos.
La reciente conmemoración de los testigos de la fe del siglo XX, que tuvo lugar
el pasado domingo en el Coliseo, nos recuerda que para la misión a menudo la
prueba suprema es el don de la vida hasta la muerte. "Como siempre en la
historia cristiana, los "mártires", es decir, los testigos, son
numerosos e indispensables para el camino del Evangelio. También en nuestra época
hay muchos: obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, así como
laicos; a veces héroes desconocidos que dan la vida como testimonio de la fe.
Ellos son los anunciadores y los testigos por excelencia" (Redemptoris
missio, 45).
Al dar gracias a Dios por estos hermanos y hermanas nuestros en la fe, oremos
para que el trabajo misionero de la Iglesia esté animado siempre por una gran
generosidad.
4. Queridos hermanos, estáis llamados a realizar una vasta labor de
sensibilización entre todos los cristianos. Tened siempre el deseo de lograr
que todos sientan la urgencia de continuar la misma misión de Jesús, quien,
antes de morir, dijo a sus discípulos: "Como el Padre me envió,
también yo os envío" (Jn 20, 21). Transmitid este espíritu a
vuestros colaboradores y a las numerosas personas de buena voluntad que
comparten con vosotros esta misma misión eclesial.
En efecto, para todo bautizado, la llamada a la misión, además de ser un
deber, es una gracia. Lo saben bien quienes han hecho de ella la opción
predominante de su existencia. Quien es enviado en nombre de la Iglesia a
anunciar la buena nueva se asocia de modo singular a la persona y a la misión
de Jesús mismo. A este respecto, san Juan afirma: "Como tú me has
enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo" (Jn 17, 18).
¡Cristo nos envía al mundo!
Queridos directores nacionales, en virtud de esta vocación y de esta misión, a
vosotros compete, en estrecha colaboración con vuestros legítimos pastores, la
formación y la animación misionera del pueblo de Dios en todo el mundo,
teniendo presente que la obra misionera "atañe a todos los cristianos, a
todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones
eclesiales" (Redemptoris missio, 2).
5. Amadísimos hermanos y hermanas, como sabéis, vuestra Congregación ha
decidido celebrar el "Congreso misionero mundial 2000" del 18 al 22
del próximo mes de octubre, coincidiendo con la Jornada mundial de las
misiones. Me alegra esta oportuna iniciativa.
La preparación de ese acontecimiento, precedida por la celebración de
congresos nacionales, en los que participarán los responsables de las Obras
misionales pontificias en sus diversos niveles, constituye desde ahora una ocasión
propicia para sensibilizar a todo el pueblo de Dios sobre la imprescindible
tarea misionera, que el Señor encomienda a todos los bautizados.
Los participantes en ese importante encuentro reflexionarán en el tema:
"Jesús, fuente de vida para todos". Deseo de corazón que dicha reunión
providencial contribuya a renovar con vigor en la Iglesia un esfuerzo misionero
más intenso, para proseguir con entusiasmo y valentía la obra siempre actual
de la primera evangelización. Espero, además, que el empeño que ponéis en
favor de las misiones sea bendecido con abundantes frutos y suscite numerosas
vocaciones ad gentes. Esta es la valiosa contribución que se os pide con
vistas a la nueva evangelización, en la que la Iglesia está hoy comprometida
(cf. Redemptoris missio, 2) para ofrecer a todos la posibilidad de beber
abundantemente de las fuentes de agua viva del Evangelio.
6. Amadísimos hermanos y hermanas, continuad incansablemente la tarea que
habéis emprendido y a la que dedicáis vuestras mejores energías, sin dejaros
turbar por las dificultades ni frenar por los obstáculos. Perseverad en el
servicio convencido a la acción misionera de la Iglesia, y seréis dóciles
instrumentos para construir en el mundo la civilización del amor.
Al tiempo que os encomiendo a vosotros, vuestras actividades y vuestros seres
queridos a María, Estrella de la evangelización, os imparto de corazón a cada
uno una especial bendición apostólica, que extiendo complacido a cuantos
colaboran en vuestra incansable labor de animación, formación y cooperación
misionera en todos los continentes.
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