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AUDIENCIA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL INSTITUTO DE FORMACIÓN
DE LOS EDUCADORES DEL CLERO DE PARÍS


Lunes 15 de mayo de 2000

 


Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos amigos:
 

Me alegra acogeros a vosotros, equipo animador, sacerdotes, religiosos y religiosas que participáis en el año de formación en el Instituto de formación de los educadores del clero (IFEC), con ocasión del trigésimo aniversario de su fundación, que tuvo lugar después de concluir el concilio Vaticano II. Nuestro encuentro me permite felicitar a la Conferencia de los obispos de Francia por la atención que presta a la formación de los futuros sacerdotes, y dar las gracias a todos los que se dedican a la formación del clero, en particular a la Compañía de San Sulpicio, por los valientes esfuerzos que ha realizado en este campo desde los comienzos del IFEC, con una solicitud cada vez mayor por las necesidades de las diócesis. Mi gratitud va a todos los que han contribuido al desarrollo de ese Instituto, en especial al padre Constant Bouchaud, su cofundador, y al padre Raymond Deville, ambos miembros de la Compañía de San Sulpicio, así como al abad Pierre Fichelle, de la diócesis de Lille, entonces superior del seminario de Merville, también él cofundador. Han sabido desarrollar las intuiciones conciliares en el campo de la formación sacerdotal, para afrontar las dificultades de los decenios pasados y preparar cuadros capaces de ayudar a los jóvenes seminaristas y asistir a los obispos en la administración de los asuntos diocesanos. Me alegra que el IFEC se haya abierto a sacerdotes de otros continentes y a responsables de institutos religiosos, manifestando así su deseo de apoyar a la Iglesia universal. En efecto, para preparar el futuro es particularmente importante formar una nueva generación de sacerdotes, capaces de asumir grandes responsabilidades diocesanas, y de cuadros en todos los sectores de la Iglesia.

El discernimiento y la formación en la dirección espiritual son elementos esenciales para los sacerdotes que tienen responsabilidades. Requieren, ante todo, un trabajo interior sobre sí mismos, que habéis realizado durante todo el año y de modo especial con vuestro retiro ignaciano, para unificar vuestra actividad sacerdotal y, al mismo tiempo, avanzar por el camino de la santidad y del amor a Cristo y a su Iglesia. Suponen una apertura interior a las mociones del Espíritu Santo, nuestro maestro y educador, y una atención vigilante a las realidades y a los comportamientos humanos. Necesitan releer con lucidez y seriedad su práctica de pastores y educadores, para permitir que los jóvenes maduren su vocación y se desarrollen en su ministerio o en la vida religiosa, mediante un acompañamiento fraterno. Se trata, en definitiva, de una renovación profunda de la persona y del modo de ejercer el ministerio sacerdotal, así comprometido, para que toda misión dé la verdadera alegría y produzca frutos.

Doy gracias a los sacerdotes, a los profesores de seminarios y a los vicarios generales y episcopales, así como a los miembros de los institutos de vida consagrada, que, a pesar de sus numerosos compromisos ministeriales y sus funciones de gobierno, han aceptado formarse en el ámbito intelectual, espiritual, pedagógico y pastoral, para participar activamente en la formación sacerdotal y religiosa, de importancia capital (cf. Optatam totius, preámbulo). Muchos países experimentan la falta de vocaciones y la fragilidad de los jóvenes marcados por un mundo en el que las dificultades sociales no contribuyen a la maduración de su personalidad. Corresponde a los pastores y a todos los fieles, mediante su testimonio de vida, ser modelos que despierten el deseo de seguir totalmente a Cristo y transmitir más directamente la llamada al sacerdocio y al compromiso religioso.

Quisiera atraer también vuestra atención sobre la formación permanente del clero, que ayuda a los sacerdotes a vivir las diferentes realidades del ministerio, a superar las inevitables crisis de la existencia y a estar cada vez más disponibles para la misión. La formación permanente permite profundizar el encuentro con el Señor en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, fortalece el amor confiado a la Iglesia, hace posible actualizar los conocimientos religiosos y humanos para entablar un diálogo más fructuoso con los hombres, y favorece la vida fraterna, que es como el alma del presbiterio (cf. Presbyterorum ordinis, 19). Por consiguiente, deseo vivamente que numerosas personas puedan beneficiarse de un año de formación en el IFEC, fiel a las intuiciones que presidieron su creación.

Encomendándoos a la intercesión de la Virgen María, que acompañó y sostuvo con su solicitud materna a los Apóstoles en los orígenes de la Iglesia, os imparto complacido la bendición apostólica a vosotros, así como a todas las personas que se benefician de vuestro ministerio.
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