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DISCURSO DEL SANTO PADRE CON MOTIVO
DEL JUBILEO DEL MUNDO CIENTIFICO
25 de mayo de 2000
Señores cardenales; queridos hermanos en el episcopado y el
sacerdocio; queridos amigos representantes del mundo de la ciencia y la
investigación:
1. Os acojo con profunda alegría con ocasión de vuestra peregrinación
jubilar. Agradezco al cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo pontificio
para la cultura, sus palabras de bienvenida y la organización de este jubileo,
con su equipo de colaboradores. Expreso mi viva gratitud a su excelencia el
profesor Nicola Cabibbo, presidente de la Academia pontificia de ciencias, por
el saludo que acaba de dirigirme en nombre de todos vosotros.
Durante los siglos pasados, la ciencia, cuyos descubrimientos son admirables, ha
ocupado un lugar preponderante y se ha considerado a veces como el único
criterio de la verdad o como el camino de la felicidad. Una reflexión basada
exclusivamente en elementos científicos había intentado habituarnos a una
cultura de la sospecha y la duda. Se negaba a considerar la existencia de Dios y
a ver al hombre en el misterio de su origen y de su fin, como si esa perspectiva
pudiera poner en tela de juicio a la ciencia misma. Esta ha pensado a veces que
Dios era una simple construcción de la mente, incapaz de resistir al
conocimiento científico. Estas actitudes han llevado a alejar
la ciencia del hombre y del servicio que está llamada a prestarle.
2. Hoy "un gran reto que tenemos (...) es el de saber realizar el
paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento. No
es posible detenerse en la sola experiencia; (...) es necesario que
la reflexión especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el
fundamento en que se apoya" (Fides et ratio, 83). La investigación
científica también se basa en la capacidad de la mente humana de descubrir lo
que es universal. Esta apertura al conocimiento introduce en el sentido último
y fundamental de la persona humana en el mundo (cf. ib., 81).
"Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de
sus manos" (Sal 19, 2); con estas palabras, el salmista evoca el
"testimonio silencioso" de la admirable obra del Creador, inscrita en
la realidad misma de la creación. Los que se dedican a la investigación están
llamados a realizar, en cierto modo, la misma experiencia que hizo el salmista y
a sentir la misma admiración. "Es necesario cultivar el ánimo de tal
manera que se promueva la capacidad de admiración, de comprensión interna, de
contemplación y de formarse un juicio personal, así como de cultivar el
sentido religioso, moral y social" (Gaudium et spes, 59).
3. Los científicos, basándose en una atenta observación de la
complejidad de los fenómenos terrestres, y siguiendo el objeto y el método
propios de cada disciplina, descubren las leyes que gobiernan el universo, así
como su interrelación. Contemplan con admiración y humildad el orden creado y
se sienten atraídos por el amor del Autor de todas las cosas. La fe, por su
parte, es capaz de integrar y asimilar cualquier tipo de investigación, porque
todas las investigaciones, a través de una profunda comprensión de la realidad
creada en toda su especificidad, dan al hombre la posibilidad de descubrir al
Creador, fuente y fin de todas las cosas. "Porque lo invisible de Dios,
desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus
obras" (Rm 1, 20).
Al profundizar su conocimiento del universo, y en particular del ser humano, que
está en su centro, el hombre tiene una percepción velada de la presencia de
Dios, una presencia que es capaz de discernir, en el "manuscrito
silencioso" escrito por el Creador en la creación, reflejo de su gloria y
su grandeza. Dios quiere hacerse oír en el silencio de la creación, en
la que el intelecto percibe la trascendencia del Señor de la creación. Todos
los que se esfuerzan por comprender los secretos de la creación y los
misterios del hombre deben estar dispuestos a abrir su mente y
su corazón a la profunda verdad que en ella se manifiesta y que
"impulsa al intelecto a dar su consentimiento" (san Alberto Magno, Comentario
a san Juan, 6, 44).
4. La Iglesia tiene gran estima por la investigación científica y técnica,
pues "constituyen una expresión significativa del dominio del hombre sobre
la creación" (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2293) y un
servicio a la verdad, al bien y a la belleza. De Copérnico a Mendel, de Alberto
Magno a Pascal, de Galileo a Marconi la historia de la Iglesia y la historia de
las ciencias nos muestran claramente que hay una cultura científica enraizada
en el cristianismo. En efecto, se puede decir que la investigación, al explorar
tanto lo más grande como lo más pequeño, contribuye a la gloria de Dios que
se refleja en cada parte del universo.
La fe no teme a la razón. Estas "son como las dos alas con las cuales el
espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto
en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de
conocerlo a él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la
plena verdad sobre sí mismo" (Fides et ratio, introducción). Si en
el pasado la separación entre fe y razón ha sido un drama para el hombre, que
ha conocido el riesgo de perder su unidad interior bajo la amenaza de un saber
cada vez más fragmentado, vuestra misión consiste hoy en proseguir la
investigación, convencidos de que "para el hombre inteligente, (...) todas
las cosas se armonizan y concuerdan" (Gregorio Palamas, Theophanes).
Os invito, pues, a pedir al Señor que os conceda el don del Espíritu Santo,
pues amar la verdad es vivir del Espíritu Santo (cf. san Agustín, Sermo,
267, 4), que nos permite acercarnos a Dios y llamarle en voz alta "¡Abbá,
Padre!". Que nada os impida invocarle de este modo, aun sumidos en el rigor
de vuestros análisis sobre las cosas que él ha puesto ante nuestros ojos.
5. Queridos científicos, es grande la responsabilidad que estáis llamados
a asumir. Se os pide que trabajéis al servicio del bien de las personas y de
toda la humanidad, siempre atentos a la dignidad de todo ser humano y al respeto
de la creación. Todos los enfoques científicos necesitan un apoyo ético y una
sabia apertura a una cultura respetuosa de las exigencias de la persona.
Precisamente esto es lo que subraya el escritor Jean Guitton cuando afirma que
en la investigación científica no se debería separar jamás el aspecto
espiritual del intelectual (cf. Le travail intellectuel. Conseils à ceux qui
étudient et à ceux qui écrivent, 1951, p. 29). Recuerda, además, que por
esta razón la ciencia y la técnica necesitan una referencia indispensable al
valor de la interioridad de la persona humana.
Me dirijo con confianza a vosotros, hombres y mujeres que os dedicáis a la
investigación y al progreso. Al escrutar constantemente los misterios del
mundo, abrid vuestra mente a los horizontes que la fe descubre ante vuestros
ojos. Enraizados firmemente en los principios y en los valores fundamentales de
vuestro itinerario de hombres de ciencia y fe, podéis entablar un diálogo
provechoso y constructivo también con quienes están alejados de Cristo y de su
Iglesia. Por tanto, sed ante todo apasionados investigadores del Dios invisible,
que es el único que puede satisfacer la aspiración profunda de vuestra vida,
colmándoos de su gracia.
6. ¡Hombres y mujeres de ciencia, animados por el deseo de testimoniar
vuestra fidelidad a Cristo! El rico panorama de la cultura contemporánea, en el
alba del tercer milenio, abre inéditas y prometedoras perspectivas en el diálogo
entre la ciencia y la fe, así como entre la filosofía y la teología.
Participad con todas vuestras energías en la elaboración de una cultura y de
un proyecto científico que reflejen siempre la presencia y la intervención
providencial de Dios.
Al respecto, este jubileo de los científicos constituye un aliciente y un apoyo
para cuantos buscan sinceramente la verdad; manifiesta que los hombres pueden
ser investigadores rigurosos en los diversos campos del saber y discípulos
fieles del Evangelio. ¡Cómo no recordar aquí el compromiso espiritual de
tantas personas dedicadas diariamente al arduo trabajo científico! Por medio de
vosotros, aquí presentes, quisiera enviar a cada una de ellas mi saludo y mi más
cordial aliento.
Hombres de ciencia, sed constructores de esperanza para toda la humanidad. Que
Dios os acompañe y haga fructificar vuestro esfuerzo al servicio del auténtico
progreso del hombre. Os proteja María, Sede de la sabiduría. Intercedan por
vosotros santo Tomás de Aquino y los demás santos y santas que, en diferentes
campos del saber, dieron una notable contribución a la profundización del
conocimiento de las realidades creadas a la luz del misterio divino.
Por mi parte, os acompaño con constante atención y cordial amistad. Os aseguro
un recuerdo diario en la oración y os bendigo de corazón, así como a vuestras
familias y a cuantos, de diferentes modos, contribuyen, con sincera y constante
dedicación, al progreso científico de la humanidad.
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