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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS MIEMBROS DEL CONSEJO GENERAL DE LOS MISIONEROS DE SAN FRANCISCO DE SALES
Sábado 27 de mayo de 2000
A los Misioneros
de San Francisco de Sales
Os saludo con afecto mientras el capítulo general de vuestra congregación está
reunido en Roma. En particular, saludo a vuestro superior general, padre Émile
Mayoraz, a los miembros del consejo, a los provinciales y a los representantes
de las nueve provincias de la congregación. Me uno a vuestra acción de gracias
a Dios por los numerosos dones que ha derramado sobre la Iglesia mediante la
generosa e intensa obra de vuestros miembros desde que el padre Pierre-Marie
Mermier fundó la congregación en 1838.
La decisión del padre Mermier de fundar los Misioneros de San Francisco de
Sales se inspiró en las necesidades espirituales de la sociedad francesa de su
tiempo. Después de las convulsiones de los primeros años del siglo XIX, la
consiguiente disminución del conocimiento y la práctica de la religión exigía
un enfoque misionero decisivo para despertar a la gente de su apatía y
exhortarla a convertirse. El padre Mermier, inspirado por la sencillez, la
benevolencia y la confianza de san Francisco de Sales, imitó su fervor
evangelizador y reunió rápidamente a su alrededor a un grupo de sacerdotes
comprometidos en la oración, en el estudio y en la labor misionera con el espíritu
del santo obispo de Ginebra.
Hoy, ese mismo espíritu sigue impulsando a vuestra congregación, que está
presente en muchas partes del mundo y sigue creciendo y progresando. Guiados por
la profunda espiritualidad y la creatividad evangélica de vuestro fundador,
contempláis a san Francisco de Sales como vuestro patrono celestial y procuráis
poner en práctica su enseñanza y su ejemplo en vuestro apostolado.
El capítulo general se ha reunido para reflexionar en vuestro compromiso
misionero, en vuestras actividades educativas y en vuestro apostolado social, y
para vigorizar vuestra entrega a la obra de la evangelización. Confío en que
sea una ocasión para que todos os fortalezcáis en la caridad, a fin de imitar
el abandono de vuestro patrono a la voluntad de Dios y "reflejar su amor a
Dios y al prójimo, su celo apostólico, su humildad y su sencillez, su alegría
y su optimismo, su actitud acogedora y su simpatía por todo lo humano" (Constituciones,
13).
El capítulo se ha reunido en este año especial de gracia, durante el cual la
Iglesia entera celebra el gran jubileo y toda la comunidad cristiana está
llamada "a extender su mirada de fe hacia nuevos horizontes en el
anuncio del reino de Dios" (Incarnationis mysterium, 2). Hoy más
que nunca la gente necesita escuchar el mensaje de salvación que nuestro Señor
Jesucristo dio a conocer "al llegar la plenitud de los tiempos" (Ga
4, 4) y acoger en su vida la misericordia de Dios, que nos hace hijos adoptivos
suyos y sana las heridas de nuestro corazón. Todos los discípulos de Cristo
deberían sentir una profunda necesidad de comunicar a los demás la luz y la
alegría de la fe. Como misioneros, deberíais sentiros especialmente
fortalecidos, sabiendo que lleváis al mundo la verdadera Luz de las naciones,
Cristo, el Salvador, en quien toda la humanidad "puede encontrar, con
insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y
de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad" (Pablo VI, Evangelii
nuntiandi, 53). La predicación del Evangelio ad gentes, en la que
estáis profundamente comprometidos, es esencial para la misión de la Iglesia
de "manifestar y comunicar a todos los hombres y a todos los pueblos el
amor de Dios" (Ad gentes, 10). Con la confianza que brota de la
fe, os animo a proseguir esta tarea, con la certeza de que el Espíritu Santo,
que dirige la misión de la Iglesia y abre la mente y el corazón de los hombres
a Cristo, os acompaña.
Con fidelidad al espíritu de san Francisco de Sales y al carisma de vuestro
fundador, os invito a estar atentos a los desafíos de nuestro tiempo y a ser
creativos para responder a las nuevas necesidades misioneras. Vuestra obra de
evangelización será eficaz si lleváis una intensa vida de oración, abiertos
siempre a recibir la fuerza y la orientación del Espíritu Santo.
La confianza en la providencia de Dios, que obra siempre en el mundo, os ayudará
a afrontar los desafíos que se os presenten, y hará que vuestra contribución
a la construcción del Reino dé frutos en vuestras diversas actividades:
misiones y retiros, educación de la juventud, formación de los seminaristas y
apostolado social. En el campo de la educación debéis dar un testimonio
radical de los valores del Evangelio y llevar a los jóvenes por el camino del
compromiso desinteresado y de la santidad.
Vuestros estudiantes, como subrayó san Juan Bosco con tanto acierto, "no sólo
han de ser amados; también han de saber que son amados" (cf. Vita
consecrata, 96). Al servir a los pobres, vuestro estilo de vida debe ser
sencillo y austero, y debéis amarlos de un modo generoso y abnegado, como hizo
Cristo. Pido al Señor que siga bendiciendo la obra de vuestra congregación e
impulse a muchos jóvenes a entregarse con alegría y generosidad a su servicio
como Misioneros de San Francisco de Sales.
Con la alegría de este tiempo pascual, os encomiendo a la protección de María,
Madre del Redentor, y a la intercesión de san Francisco de Sales. Imparto con
afecto mi bendición apostólica a todos los miembros de la congregación, a
vuestros bienhechores y a todos aquellos a quienes servís.
Vaticano, 27 de mayo de 2000
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