Señor embajador:
1. Me alegra darle la bienvenida en el momento de la presentación de las
cartas que lo acreditan como embajador de Francia ante la Santa Sede.
Al dirigirme palabras que aprecio particularmente, usted ha manifestado la
confianza que caracteriza las relaciones de su país con la Santa Sede. Le doy
las gracias por haberse hecho intérprete de su excelencia el señor
presidente de la República francesa, a quien le ruego transmita mis saludos
deferentes. Quiero saludar a todos sus compatriotas, uniéndome muy
especialmente a los que viven pruebas personales, familiares o sociales. No
olvido, en particular, los numerosos hogares y empresas que afrontan aún las
consecuencias de las catástrofes que durante el último invierno azotaron el
territorio nacional. Que todos tengan la seguridad de mi cercanía espiritual.
Por medio de usted, deseo dirigir también un saludo cordial y afectuoso a los
pastores y a los fieles de la comunidad católica de su país. Al pensar en la
próxima Jornada mundial de la juventud, me vienen a la mente los
esfuerzos que se realizaron para el anterior encuentro, cuyos frutos son
numerosos; los animo a proseguir su misión espiritual y su compromiso en la
sociedad, por amor a sus hermanos. De esa forma, se los reconocerá como
servidores de todos, en el amor, que es la característica
de los discípulos de Cristo.
2. Dentro de algunas semanas, durante un período de seis meses, su país
asumirá la presidencia de la Unión europea, en este año en que recordamos
el quincuagésimo aniversario de la proclamación del acto político del 9 de
mayo de 1950, que, impulsado por sus compatriotas Jean Monnet y Robert
Schuman, así como por Konrad Adenauer, originó una nueva situación en
Europa. Aprecio el espíritu que usted evoca y con el que las autoridades
francesas desean cumplir su misión al servicio de Europa. A su país le
corresponde proseguir la dirección de una difícil obra de construcción,
para responder de manera concreta a las preocupaciones y a las inmensas
expectativas no sólo de los habitantes del continente europeo, sino también
de todos los interlocutores que, en el mundo, necesitan su ayuda para su
desarrollo. La Unión europea es una apuesta y, a la vez, un reto; abre el
camino a un futuro de paz y solidaridad, y a colaboraciones cada vez más
intensas entre los diferentes países del continente y con todo el mundo. Es
importante que, en todos los niveles, las instituciones y las personas
llamadas a asumir una responsabilidad se preocupen permanentemente por el bien
común de la comunidad de las naciones, cumpliendo su misión como un servicio
a las poblaciones, en el respeto de las reglas de equidad, justicia y
honradez, esenciales para todo hombre pero, de manera muy especial, para los
que trabajan en la res publica. Así, se podrá poner freno a las redes
ocultas, que quieren aprovechar el gran mercado europeo para blanquear el
dinero de todo tipo de tráficos que son indignos del hombre, particularmente
en el campo de la droga, del comercio de armas y de la explotación de
personas, en especial de mujeres y niños. Los recursos, las riquezas y los
frutos del crecimiento en el continente deben beneficiar, ante todo, a los más
pobres en los diferentes países, a las naciones que tienen necesidad de mayor
desarrollo y que pagan actualmente las consecuencias de la recesión
económica y de las fluctuaciones de los mercados
financieros.
Esos desafíos, lo mismo que la lucha contra el desempleo y la protección del
medio ambiente, por citar sólo algunos, implican que la construcción europea
no sea ante todo una comunidad de intereses, sino una comunidad fundada en los
valores y en la confianza mutua, poniendo al hombre en el centro de todas las
batallas. Todas las fuerzas vivas de las naciones están llamadas a colaborar
para el bien de todos, esmerándose por formar, en los diferentes países, a
las generaciones jóvenes, que tienen un ideal elevado, como mostraron en París
con ocasión de la última Jornada mundial de la juventud, para que
sean capaces de asumir, en su momento, sus responsabilidades. Con este espíritu,
los países que tienen una tradición de formación para la gestión de los
negocios y de la vida cívica deben proponerse asistir a las naciones que
salen de un largo período de aislamiento, a fin de ayudar a los ciudadanos a
adquirir una madurez política indispensable para la vida pública. Del mismo
modo, es importante desarrollar cada vez más entre nuestros contemporáneos
una conciencia europea que, teniendo en cuenta las raíces de los pueblos, los
movilice para que constituyan una comunidad de destino, gracias a una voluntad
política que promueva la unión de los pueblos. Esta perspectiva sólo podrá
realizarse si se privilegia una visión global del hombre y de la sociedad, de
la que su país puede ser uno de los promotores, apoyándose en su tradición,
sobre todo en los grandes pensadores y en los protagonistas de la vida social,
que han marcado el siglo XX e infundido un espíritu nuevo, contribuyendo
a la creación de una cultura común.
3. Usted acaba de recordar la cuestión de los derechos del hombre, a la
que sus compatriotas son muy sensibles, manifestando así su atención a lo
que es esencial para las personas y para la comunidad nacional. En efecto, los
derechos del hombre son el fundamento del reconocimiento del ser humano y de
la cohesión social. Corresponde en primer lugar a las instituciones públicas
garantizar "con eficacia los derechos del hombre, derechos que, por
brotar inmediatamente de la dignidad de la persona humana, son universales,
inviolables e inmutables" (Juan XXIII, Pacem in terris, IV). Y
entre estos derechos, el derecho a la existencia y al respeto de la vida es
primordial, así como el apoyo a la familia, célula básica de la sociedad.
La prolongación de la vida exige también prestar una atención especial a
las personas ancianas, para que vivan en condiciones dignas y gocen, hasta el
término natural de su vida, de los cuidados y del ambiente necesarios. En
efecto, en el seno de una nación, ¿cómo podrían las personas tener
confianza unas en otras, si no se les garantiza el bien más valioso de cada
una, su propia vida, que no puede depender simplemente de criterios de
eficacia y utilidad, o de decisiones puramente arbitrarias? Es deber de un país,
en nombre de los derechos del hombre, y es un honor para sus instituciones,
sostener y defender a todo ser humano contra lo que menoscaba su dignidad y
sus derechos, y prestar la ayuda espiritual, humana y material para que la
existencia de cada uno sea hermosa y digna, y nadie sea marginado. Desde esta
perspectiva, conozco el compromiso de sus compatriotas en defensa de la
dignidad de los niños. Numerosas asociaciones actúan con esta finalidad. No
puedo menos de impulsarlas a proseguir su acción, especialmente para que
todos los niños puedan nacer y gozar de una familia, con un padre y una madre
que les ayuden a realizarse personalmente y a entablar relaciones humanas
equilibradas y equilibrantes, y no sean sometidos a una explotación
vergonzosa.
4. Es importante impulsar la formación y la educación de la juventud en
un ambiente que permita el desarrollo de la personalidad. Quiero congratularme
por la acción de los profesores, los educadores y los servicios sociales, que
se dedican con paciencia y tenacidad a guiar a los jóvenes, a crear las
condiciones para que la enseñanza sea accesible a todos, y a frenar los
flagelos que azotan a la sociedad moderna, como la violencia y la droga. Se
trata de un servicio esencial para la nación, al que deben contribuir todas
las instituciones educativas. Usted conoce la actividad que la Iglesia en
Francia realiza en este campo desde hace mucho tiempo, en relación con todos
los protagonistas del mundo de la educación, mediante un diálogo confiado y
una estima mutua, con la finalidad primaria de servir a las personas y a la
comunidad nacional, aportando su especificidad y sus características propias
y recibiendo las garantías y el apoyo necesarios para la realización de esta
tarea de interés nacional. Desea vivamente proseguir esta misión, en el
respeto de sus convicciones, para dar a los jóvenes y a las familias que lo
deseen una enseñanza de calidad y al mismo tiempo unas perspectivas filosóficas,
teológicas y espirituales que correspondan a su visión del hombre y a la
enseñanza del Magisterio, en el respeto de las reglas propias del laicismo
que, en su país, dan un fundamento jurídico al servicio de la educación y a
la libertad, permitiendo una autonomía de las realidades terrenas y dejando a
las confesiones religiosas la facultad de cumplir su misión. La ley francesa
garantiza también esta libertad, ofreciendo a las familias la posibilidad de
dar a sus hijos una educación religiosa, en horas libres dentro de la enseñanza
escolar; conviene que todos los interlocutores estén atentos para que los
eventuales cambios de la organización escolar dejen esta libertad, según las
leyes en vigor, respetando los horarios y los ritmos de los niños y de sus
familias. Esta perspectiva responde al deseo de que la educación no sea
simplemente el aprendizaje de un saber científico y técnico, sino también
la transmisión de habilidades, de experiencias y de valores fundados en una
dimensión espiritual y moral, que permiten percibir el sentido de la
existencia y que, como usted ha subrayado, forman parte del patrimonio de su
país.
5. Como he recordado en varias ocasiones, el primero de los derechos del
hombre es la libertad religiosa, en el sentido amplio del término. Esto
quiere decir una libertad que no se reduzca exclusivamente a la esfera
privada. Por parte de las autoridades y de toda la comunidad nacional,
especialmente de la escuela y de los medios de comunicación social que tienen
una función importante en la transmisión de ideas y en la formación de la
opinión, esta libertad supone una voluntad explícita de dejar a las personas
y a las instituciones la posibilidad de desarrollar su vida religiosa,
transmitir sus creencias y sus valores, y tomar parte activa en los diferentes
sectores de la vida social y en los lugares de concertación, sin que se las
excluya por motivos religiosos o filosóficos, respetando así las reglas del
Estado de derecho. Atacar las creencias religiosas, desacreditar tal o cual
forma de práctica religiosa y valores que un gran número de personas
comparte, es un atentado grave contra quienes los profesan, constituye una
forma de exclusión contraria al respeto de los valores humanos fundamentales
y desestabiliza fuertemente la sociedad, en la que debe existir cierta forma
de pluralismo de pensamiento y de acción, así como una actitud de
benevolencia fraterna. Eso no puede menos de crear un clima de tensión,
intolerancia, oposición y sospecha, poco propicio a la paz social. Por tanto,
exhorto a todos los protagonistas de la sociedad a seguir velando por el
respeto a las libertades individuales. En particular, invito a los medios de
comunicación social a una vigilancia renovada en este campo y a un trato
equitativo y objetivo de las diferentes confesiones religiosas.
6. Una de las numerosas misiones que le esperan, como acaba de recordar
usted mismo, es la de proseguir el trabajo emprendido por su predecesor para
la acogida de los peregrinos francófonos durante el gran jubileo, y para el
desarrollo y el dinamismo de la comunidad francesa. A este propósito, quiero
expresarle lo mucho que aprecio el interés mostrado por su embajada en la
preparación de la Jornada mundial de la juventud que se celebrará el
próximo mes de agosto, congratulándome por los esfuerzos realizados para que
los jóvenes aprovechen ampliamente este tiempo fuerte, espiritual y eclesial.
Esta iniciativa manifiesta la atención que prestan las autoridades de su país
a la presencia activa de Francia en Roma y en el mundo, en la línea recta de
acción de sus compatriotas que, a lo largo de los siglos, han promovido la
difusión de la cultura y de la fe en todos los continentes.
En este momento en que inaugura oficialmente su misión, le expreso, señor
embajador, mis mejores deseos. Puedo asegurarle que mis colaboradores se
esforzarán por darle a usted, así como a todos los miembros de su embajada,
la asistencia que necesite. Pido a Dios que sostenga al pueblo de Francia,
para que encuentre la verdadera felicidad y siga trabajando con generosidad
por la paz y el entendimiento entre los componentes de la nación y entre los
pueblos. Le imparto de buen grado la bendición apostólica a usted, a sus
seres queridos y a todos los que están llamados a trabajar con usted.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.24 pp. 6, 9 (p.310, 311).
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