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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
DIVERSOS GRUPOS DE PEREGRINOS
Sábado 10 de junio de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra poder encontrarme con vosotros esta mañana, víspera de
Pentecostés, y os doy mi cordial bienvenida. Provenís de diversas localidades,
y habéis venido en peregrinación a Roma para celebrar vuestro jubileo. Vuestra
presencia en la ciudad eterna, donde san Pedro y san Pablo dieron su valiente
testimonio de Cristo con el martirio, os ofrece la posibilidad de reflexionar en
nuestro común compromiso cristiano. Ojalá que vuestra visita a las tumbas de
los Apóstoles fortalezca vuestra fe y os impulse a proseguir con renovado
entusiasmo por el camino de la santidad, fieles al Evangelio y a la enseñanza
de la Iglesia.
Dirijo ahora un saludo particular a las religiosas Esclavas, aquí presentes, y
lo hago en la lengua que les es familiar.
2. Queridas hermanas, es para mí una gran alegría poder encontrarme hoy
con vosotras, en esta audiencia en el Vaticano. Os doy una cordial bienvenida.
Saludo también al arzobispo Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación
para la educación católica, así como a los sacerdotes aquí presentes y a los
devotos del beato Edmundo Bojanowski.
La gran familia de las religiosas Esclavas de la Inmaculada Concepción de la
Bienaventurada Virgen María está formada por cuatro congregaciones:
Esclavas de Debica, de Stara Wies, de Slask y de Wielkopolska. Saludo a las
superioras generales de estas congregaciones, a las provinciales y a todas las
hermanas aquí presentes, así como a los habitantes de Gostyn y Grabonóg,
lugar de nacimiento de vuestro fundador. Agradezco a la superiora general y
presidenta de la federación de las religiosas Esclavas las palabras que acaba
de dirigirme.
3. Habéis venido a Roma, a las tumbas de los apóstoles san Pedro y san
Pablo, para dar gracias por la beatificación de vuestro fundador, Edmundo
Bojanowski, que hace ciento cincuenta años dio vida a vuestra familia
religiosa. Esta peregrinación se lleva a cabo durante el año del gran jubileo
y, por tanto, reviste una elocuencia particular. En la carta apostólica Tertio
millennio adveniente escribí que el "objetivo prioritario del jubileo
(...) es (...) suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte
deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración cada vez
más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más
necesitado" (n. 42). Para este tiempo jubilar, y para todos los tiempos, la
Iglesia os indica, como ejemplo para imitar, a vuestro fundador, cuya
beatificación tuvo lugar durante mi peregrinación a la patria, en Varsovia, el
13 de junio de 1999. Constituye un don particular de la divina Providencia para
vuestras congregaciones y se inscribe de modo duradero en vuestra historia. En
el umbral del tercer milenio, mediante este gran apóstol del pueblo polaco,
heroico testigo del Evangelio, Dios ha querido indicaros el camino para el
futuro.
El beato Edmundo Bojanowski amaba a Dios y amaba al hombre. Era un hombre de
oración. Su amor a los hombres, que se manifestaba con actos heroicos, nacía
de una profunda unión con Dios mediante la oración. De ella obtenía la fuerza
para servir al hombre. Ese amor maduraba en él de rodillas, para dar después
fruto. Gracias a la oración, toda su vida se convirtió en un servicio
incesante al hombre necesitado, especialmente a los niños. Las cosas de Dios
eran para él, al mismo tiempo, las cosas de los hombres, y su amor a Dios, amor
al hombre.
4. Queridas hermanas, en estos días de peregrinación, la vida y las obras
del beato Edmundo, vuestro fundador, deberían ser objeto de particular reflexión.
Por medio de él, Dios quiere deciros que la santidad, la búsqueda de la
santidad, es la tarea más importante de las personas consagradas. Es una
particular razón de ser de todas las comunidades religiosas. Estáis llamadas a
dar testimonio, personal y comunitario, de la santidad, que es la esencia
religiosa de la vocación.
Para dar fruto, es necesario estar bien "enraizados en Cristo y edificar
totalmente en él la propia vida y el propio obrar" (cf. Col 2, 7).
Él debe convertirse en el terreno fértil de vuestro crecimiento y de la
maduración de lo que comenzó en el santo bautismo. "Habéis muerto -dice
san Pablo-, y vuestra vida está oculta en Dios. Pero si habéis resucitado con
Cristo, buscad las cosas de arriba, no las cosas de la tierra" (cf. Col
3, 1-3). Así pues, imitad a Cristo mismo, que se sometió totalmente a la
voluntad del Padre; imitad a Jesús en su oración, a la que dedicaba muchas
horas; imitad a Jesús en su amor al hombre. "Brille así vuestra luz
delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a
vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16).
El testimonio de vuestra vida entregada auténticamente y sin reservas a Dios y
a vuestros hermanos es indispensable para hacer presente a Cristo en el mundo y
llegar a todos los hombres con su Evangelio.
5. En este momento, quisiera subrayar vuestro abnegado servicio al hombre
necesitado. De este modo, cumplís fielmente el deseo de vuestro fundador,
expresado con estas palabras: "Las Esclavas de la Madre de Dios tendrán
como finalidad servir a los humildes y a los pobres, por amor a Cristo".
Desde hace ciento cincuenta años, sin interrupción, dais testimonio de este
amor no sólo en Polonia, sino también en muchos países de todos los
continentes. Cuidáis a los niños, a los enfermos, a los ancianos, a las
personas solas y a los pobres. Trabajáis en los hospitales, en las clínicas,
en los orfanatos, en los internados y en los jardines de infancia. Os dedicáis
a la catequesis y al trabajo parroquial.
Este encuentro me brinda una ocasión particular para expresaros mi gratitud por
este apostolado de la caridad, que es el anuncio más eficaz de Cristo al mundo
de hoy y la aplicación concreta del carisma religioso.
Quisiera poner de relieve también una cuestión muy importante, es decir,
vuestra notable participación en la actividad misionera de la Iglesia. Cumplís
la llamada de Cristo: "Id por todo el mundo y proclamad la buena
nueva a toda la creación" (Mc 16, 15), en el continente africano y
latinoamericano. Desde hace algunos años habéis extendido vuestro apostolado
también a Bielorrusia, Ucrania, Kazajstán y Moldavia, y últimamente a
Siberia. Es una gran contribución de vuestras congregaciones a la nueva
evangelización y a la misión entre las naciones.
6. Me uno con la oración a esta gran acción de gracias a Dios por la
beatificación de vuestro fundador y por los ciento cincuenta años de vuestra
presencia en la Iglesia. La Iglesia sigue contando con vuestra entrega generosa,
con vuestro amor desinteresado y pródigo. Sed signo límpido del Evangelio para
todos. Sed testigos vivos de la nueva civilización del amor. Que el Espíritu
Santo obre incesantemente en vosotras y suscite en el corazón de muchas jóvenes
un anhelo semejante al vuestro, el deseo de seguir a Cristo. María Inmaculada
os custodie y os conserve bajo su protección. Imitadla; ella cumplió
perfectamente la voluntad de Dios. Escuchadla cuando os recuerda lo que dijo una
vez en Caná de Galilea: "Haced lo que él os diga" (Jn
2, 5).
Pido a Dios que la gracia de vuestra vocación religiosa dé abundantes frutos
espirituales. De todo corazón os bendigo a vosotras, aquí presentes, y a todas
las hermanas de vuestra familia religiosa, así como a quienes lleváis en
vuestro corazón y abrazáis con vuestra oración.
7. Mi saludo se dirige ahora a los demás peregrinos presentes. Saludo a
los fieles de las parroquias San Flaviano, de Torano Nuovo, Santa Ana, de
Chieti, y Sagrado Corazón, de San Marco Argentano. Deseo de corazón que
vuestras queridas comunidades parroquiales estén cada vez más animadas por el
celo apostólico, difundiendo, con la palabra y el ejemplo, el mensaje evangélico,
fermento de renovación espiritual y social.
Saludo, asimismo, al grupo de ancianos de Santa María del Cedro y a los
miembros de la Asociación de pacientes sometidos a trasplante de corazón, de
Verona. Os aliento, queridos hermanos y hermanas, para que con la ayuda del Señor
encontréis consuelo en la prueba y apoyo en los momentos de dificultad.
Por último, os invito a todos a mantener siempre fija la mirada en Cristo,
"camino, verdad y vida" (Jn 14, 6). Permaneced siempre unidos a
él. De modo especial, durante este Año jubilar tratad de redescubrir día a día
el amor que Dios siente por sus hijos; abríos con confianza a su gracia:
así podréis mirar con segura esperanza al futuro. Os acompañe y proteja la
Madre de Dios, que intercede por nosotros. Ella, dócil discípula del Espíritu
Santo, os ayude a disponeros a seguir en todo al divino Maestro.
Os sostenga también mi bendición, que de corazón os imparto a vosotros y a
vuestras familias.
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