Beatitud;
señor cardenal;
queridos hermanos en el
episcopado:
1. "Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un
mismo lugar" (Hch 2, 1). Estaban la Madre de Jesús, los Apóstoles
y los discípulos; todos esperaban, en oración, la venida del Espíritu
Santo. Entre los testigos de Pentecostés se encontraban también algunos
"habitantes de Mesopotamia" (Hch 2, 9). Quienes iban a
ser los primeros discípulos del Mesías quedaron asombrados al oír proclamar
en su lengua las maravillas de Dios (cf. Hch 2, 11). Pedro, el Príncipe
de los Apóstoles, les anunció, con la fuerza del Espíritu, la buena nueva:
"A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos
testigos" (Hch 2, 32).
Para mí, Sucesor de Pedro, es una gran alegría poder saludaros a vosotros,
obispos de la Iglesia caldea reunidos en torno a vuestro patriarca, y poder
orar con vosotros, sucesores de los Apóstoles para esta Iglesia amada, cuyo
cuidado pastoral se os ha confiado y que está probada en su propia carne. Mi
pensamiento va también a todo el pueblo iraquí. Muchas veces, durante estos
años, me he sentido cercano a este pueblo, a sus niños, a sus ancianos, a
sus enfermos, a sus familias y a todas las personas que sufren en el cuerpo y
en el alma. En muchas ocasiones he recordado a la comunidad internacional su
deber, para que se eviten nuevas pruebas a un pueblo ya tan probado. Hoy lo
repito con más fuerza aún: ¡que todos se esfuercen por poner fin a
las pruebas de tantas víctimas civiles!
2. Después de la fiesta de Pentecostés, que nos ha recordado el
misterio de la efusión del Espíritu sobre la Iglesia naciente, es
particularmente significativo vivir un Sínodo como el que vosotros comenzáis
hoy. "Estaban todos reunidos" (Hch 2, 1). Vuestro Sínodo de
los obispos de la Iglesia caldea es un encuentro que, según la etimología de
la palabra, representa un modo particular de caminar juntos, para que
converjan los caminos de las diferentes comunidades. Es una manifestación de
la Iglesia que se deja guiar por el Espíritu y se esfuerza por vivir la
comunión, tanto en su seno como con la Iglesia universal, según lo que
recordó el concilio ecuménico Vaticano II (cf. Orientalium Ecclesiarum,
9). Durante mi encuentro con los patriarcas orientales católicos, el 29 de
septiembre de 1998, con ocasión de la asamblea plenaria de la Congregación
para las Iglesias orientales, señalé que "la colegialidad episcopal
encuentra un ejercicio particularmente significativo en el ordenamiento canónico
de vuestras Iglesias. En realidad, los patriarcas actúan en íntima unión
con sus sínodos. El fin de todo espíritu sinodal auténtico es la concordia,
para que la Trinidad sea glorificada en la Iglesia" (n. 3: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 16 de octubre de 1998, p. 2). Toda
la historia de la Iglesia muestra que la concordia es necesaria para expresar
el amor de la Iglesia a su Esposo y para testimoniar a los hombres el amor
misericordioso que Dios siente por ellos. Los Hechos de los Apóstoles
nos enseñan que la concordia no es fruto ni de la ausencia de opiniones
diversas ni de la ausencia de conflictos, sino que brota del ardiente deseo de
la Iglesia de cumplir la voluntad de Dios con respecto a ella, un deseo
reavivado mediante la oración, la escucha mutua, la apertura a la voz del Espíritu
y la confianza recíproca. De este modo, la concordia hace que el rostro de la
Iglesia sea joven y no tenga arrugas, y permite que el Espíritu Santo haga
posible lo imposible.
3. San Efrén de Nísibe, hablando de algunos obispos que conoció
personalmente, hace una hermosa descripción del pastor de la grey de Cristo
(cf. Carmina Nisibena, 15-21). ¿Cuáles son los rasgos que constituyen
la belleza espiritual del obispo? La ortodoxia de la doctrina, la ciencia y el
arte de la predicación, la ascesis y la castidad, la modestia, que impide
toda envidia, el desapego de los bienes materiales, la búsqueda de la
misericordia y de la dulzura, recurriendo a la firmeza cuando sea necesario,
la paternidad espiritual y el amor a los santos misterios. Se trata de una
invitación siempre válida dirigida a cada uno en el ministerio que se le ha
confiado, y que convierte a los pastores en testigos con su vida ejemplar y su
enseñanza.
4. También corresponde al obispo animar y estimular a los sacerdotes
de su eparquía, que son sus colaboradores y forman en torno a él "una
preciosa corona espiritual" (san Ignacio de Antioquía, Carta a los
magnesios, 13). Las circunstancias dolorosas en las que viven muchos
sacerdotes y fieles de la Iglesia caldea son una llamada, particularmente
apropiada en este año del gran jubileo, a cultivar las virtudes sacerdotales
y cristianas, para conservar la esperanza. Hoy, más que nunca, el presbiterio
que os asiste necesita fortalecerse con vuestro ejemplo, sentirse apoyado por
vosotros viviendo en una comunión fraterna y compartiendo vuestra misión
apostólica, y participar activamente en los proyectos pastorales elaborados o
en fase de elaboración para los territorios propios de vuestro patriarcado y
para la diáspora.
5. Vuestra Iglesia se regocija con razón por la notable adhesión de sus
fieles a sus pastores. Los laicos, en virtud de su dignidad de hijos e hijas
de Dios, participan también en la misión de la Iglesia. Como afirma el
concilio Vaticano II, "los sagrados pastores (...) saben muy bien
que los laicos contribuyen mucho al bien de toda la Iglesia. Los pastores son
conscientes de que Cristo no los puso para que por sí solos se hagan cargo de
toda la misión de la Iglesia para salvar al mundo. Saben que su excelsa función
consiste en pastorear a sus fieles y reconocer sus servicios y carismas, de
tal manera que todos, cada uno a su manera, colaboren unánimemente en la
tarea común" (Lumen gentium, 30). Estas directrices os ayudarán
en vuestra reflexión y en la búsqueda de los medios para cumplir la misión
que se os ha confiado. Así, todos los miembros de la Iglesia caldea, el
patriarca, los obispos, los sacerdotes, las religiosas, los religiosos y los
fieles laicos podrán anunciar diariamente las maravillas de Dios y ser
testigos de Cristo resucitado, como la primera comunidad cristiana.
6. La proximidad de la fiesta de Pentecostés atrae también nuestra
atención hacia la acción del Espíritu Santo en el pueblo de Dios. El culto
dado al Señor es el centro de la vida de la Iglesia, y el Espíritu actúa de
forma particular en la comunidad y en el corazón de los creyentes. Mantened
viva vuestra hermosa tradición litúrgica, que permite descubrir y vivir los
misterios divinos, para recibir la vida en abundancia. Los sacramentos de
nuestra salvación son una fuente de renovación para la Iglesia. A este
respecto, decía san Efrén, con palabras impregnadas de poesía:
"He aquí el fuego y el Espíritu en el seno de tu Madre; he aquí el
fuego y el Espíritu en el río en el que fuiste bautizado. Fuego y Espíritu
en nuestro bautismo; en el pan y en el cáliz, fuego y Espíritu Santo" (Himnos
sobre la fe, 10 y 17). Habéis sido llamados a transmitir los tesoros de
vuestro patrimonio litúrgico y espiritual a los fieles de vuestra Iglesia y a
darlo a conocer más ampliamente. Para transmitir bien ese patrimonio, es
necesario, primero, recibirlo con amor y, después, vivirlo en el seno de la
propia comunidad, puesto que lo que se vive es un testimonio a los ojos del
mundo.
7. Al final de nuestro encuentro, os encomiendo a la intercesión de
Nuestra Señora. Que la santísima Virgen María interceda por vosotros,
padres de este Sínodo de la Iglesia caldea, a quienes saludo de nuevo con
afecto muy fraterno. ¡Ojalá tengáis la misma disposición espiritual que
tuvo esta Madre santísima! "Venid, y admiremos a la Virgen purísima,
maravilla en sí misma, única en toda la creación; ella dio a luz sin haber
conocido varón, con el alma pura, llena de admiración. Cada día su espíritu
se dedicaba a la alabanza, puesto que se regocijaba por la doble maravilla:
¡la virginidad preservada y el hijo amadísimo! ¡Bendito sea aquel que nació
de ella!" (Himno sobre María, 7, 2, atribuido a san Efrén).
Pido al Espíritu Santo que os acompañe, a fin de que vuestro Sínodo dé
numerosos frutos para la Iglesia caldea. Os imparto de todo corazón la
bendición apostólica, que extiendo a vuestros sacerdotes, diáconos,
religiosos y religiosas, así como a todo el pueblo cristiano.