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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO
II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE
GUATEMALA
ANTE LA SANTA SEDE CON MOTIVO
DE LA PRESENTACIÓN
DE LAS CARTAS CREDENCIALES*
Jueves 15
de junio de 2000
Señor Embajador:
1. Con gusto recibo las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador
Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Guatemala ante la Santa
Sede. Le agradezco sinceramente las palabras que me ha dirigido, muestra de las
buenas relaciones existentes entre esta Sede Apostólica y esa noble Nación
centroamericana, "tierra, en la que surgieron notables culturas y cuyas
gentes se distinguen por la nobleza de espíritu y por tantas muestras de
aquilatada fe y amor a Dios, de veneración filial a la Santísima Virgen y de
fidelidad a la Iglesia" (Discurso de llegada al aeropuerto de "La
Aurora",5.02.1996, 1).
Agradezco asimismo el amable saludo de parte
del Señor Presidente Constitucional de la República, Licenciado Alfonso
Portillo Cabrera, en el cual manifiesta sus sentimientos personales y el deseo
de acrecentar la tradicional cooperación entre la Iglesia y el Estado para la
consecución del bien común. Le ruego, Señor Embajador, que se haga
intérprete de mi reconocimiento por ello ante el primer Mandatario del País,
a quien hago mis mejores votos por la alta y delicada responsabilidad que
asumió el pasado 14 de enero.
2. Viene Usted a representar a su País en esta misión diplomática ante la
Sede Apostólica que no le es extraña. En efecto, ya vivió aquí cuando su
padre, a quien recuerdo con afecto, ocupaba el mismo cargo que Usted
desempeñará, siendo a la vez por algunos años Decano del Cuerpo Diplomático
aquí acreditado. Por eso, le resultará familiar la naturaleza de esta nueva e
importante responsabilidad que su Gobierno le ha encomendado.
Contribuyendo a fortalecer las buenas
relaciones entre Guatemala y la Santa Sede, será Usted además testigo de los
constantes esfuerzos que ella lleva a cabo en el concierto de las naciones
para mejorar y favorecer la colaboración más estrecha entre todos los
pueblos. Su actividad, de carácter eminentemente espiritual, se inspira en la
convicción de que "la fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el
plan divino sobre la entera vocación del hombre; por ello orienta el
espíritu hacia soluciones plenamente humanas" (Gaudium et spes,
11). Por eso, la Santa Sede, además de prestar atención a las Iglesias
particulares de cada nación, se preocupa también por el bien de todos los
ciudadanos y trata de hacer valer en los foros internacionales los derechos de
las personas y los pueblos que hacen honor a su dignidad y a la excelsa
vocación que Dios ha otorgado a cada ser humano.
3. Su presencia aquí, Señor Embajador, trae a mi memoria los dos viajes
apostólicos que, en mi solicitud pastoral por todas las Iglesias, he podido
llevar a cabo a Guatemala, el "país de la eterna primavera". Tuve
así la oportunidad de conocer su "riqueza multiétnica y
plurilingüística ..., lo cual la hace depositaria de una cultura variada y
rica, que la Iglesia viene evangelizando desde hace casi cinco siglos. Se trata
de un bien digno de ser preservado, trabajando con empeño para que cada uno vea
respetados sus derechos fundamentales inalienables, que todo hombre tiene por
haber sido creado a imagen y semejanza de Dios" (Discurso de despedida
en el aeropuerto de "La Aurora", 9.02.1996, 3).
4. Deseo asegurarle, Señor Embajador, que me
siento muy cerca de Guatemala, me alegro con sus logros y comparto sus
preocupaciones. Cuando en 1983 y en 1996 la visité, la guerra civil interna
azotaba aún amplias zonas del País y causaba tantas víctimas. Ante ello,
lancé un llamado apremiante al diálogo entre las partes interesadas, para
poner fin a esa situación que se prolongaba indefinidamente. La firma de los
Acuerdos de Paz al final de 1996 abría una nueva era para todos los
guatemaltecos, cerrando una época entre las más tristes y dramáticas de su
historia nacional e inaugurando una etapa de esperanza para la población
afligida por una tragedia que había dañado tanto todas las capas sociales.
En este sentido, es motivo de satisfacción que la Nación haya podido vivir en
los últimos años un clima de serenidad política, sin grandes sobresaltos, aun
cuando haya debido enfrentarse a una herencia de serias dificultades en la
convivencia, entre las cuales hay que destacar el asesinato aún no esclarecido
de Mons. Gerardi, y delicadas situaciones en el campo económico. El País ha
demostrado que puede afrontar su propio destino mediante una normal actividad
democrática, que asegure la participación de todos los ciudadanos en las
opciones políticas de la Nación.
Deseo ardientemente que esta madurez cívica se
afiance cada vez más en una recta concepción de la persona humana. Una
conciencia profunda de estos valores favorecerá que, no obstante las
legítimas diferencias, se produzca una confluencia entre las diferentes
fuerzas políticas para resolver aquellas cuestiones más acuciantes, que
afectan a los intereses generales de la Nación y, sobre todo, a las
exigencias de la justicia y de la paz. Para ello hacen falta ideales
verdaderamente profundos y duraderos, anclados en la verdad objetiva sobre el
ser humano, de los cuales los más altos responsables de la sociedad han de
dar testimonio con su afán de servicio, trasparencia y lealtad, contagiando,
por decirlo así, a todo el pueblo su propio compromiso de construir un futuro
mejor.
5. Así mismo, la paz alcanzada con la firma de los Acuerdos más arriba
mencionados, para la que intervinieron tantas personas de buena voluntad,
instituciones nacionales e internacionales, exige la reconstrucción del tejido
social, tan gravemente dañado por la lacra de la guerra pasada. Si se quiere
llegar hasta el final, hay que seguir construyendo la Patria sobre principios
sólidos y estables, como son el respeto de la dignidad de toda persona humana y
de los legítimos derechos de las comunidades y de los diversos grupos étnicos.
Es también importante respetar siempre, frente a cualquier intento de
violación, los principios de la división e independencia de los tres poderes,
que son fundamento de la democracia en un Estado de derecho.
Un futuro sólido y esperanzador exige que no
se abandonen los valores e instituciones básicas de toda sociedad, como la
familia, la protección de los menores y los más desasistidos y, menos aún,
si se horadan los fundamentos mismos del derecho, la libertad y la dignidad de
las personas, atentando a la vida desde el momento de su concepción. Una
especial atención merecen los pueblos indígenas, cuyo acceso a una vida cada
día mejor y más digna, desde un punto de vista cualitativo y cuantitativo
-en sectores como educación, sanidad, infraestructuras y otros servicios-,
debe realizarse en el respeto de sus propias culturas, tan dignas de
consideración. A este respecto, hay que destacar que las diócesis en cuyo
ámbito viven comunidades indígenas, promueven proyectos específicos
encaminados a confirmar a dichas comunidades en la fe católica que abrazaron
sus antepasados y a promover el reconocimiento de su dignidad como personas y
como pueblo, facilitándoles, al mismo tiempo, una plena integración en las
conquistas del progreso alcanzado por el resto de la población guatemalteca.
6. En sus palabras ha citado Usted el propósito del Gobierno de iniciar una
campaña de alfabetización, prevista para el próximo mes de octubre, con el
objetivo de reducir esta plaga que atenta gravemente contra la dignidad de la
persona humana, impidiendo el desarrollo integral de tantos hombres y mujeres
guatemaltecos e impidiéndoles su participación en la construcción de la nueva
sociedad. A este respecto, me complace constatar cómo la Conferencia Episcopal
de Guatemala, acogiendo la invitación formal que se le ha dirigido, ha
manifestado su disponibilidad para colaborar con otras fuerzas nacionales en
este noble empeño, poniendo a disposición sus instituciones educativas, su
personal cualificado presente por todo el País, así como la experiencia de
siglos en esta causa.
7. Señor Embajador, en este momento en que
comienza el ejercicio de la alta función para la que ha sido designado, le
deseo que su tarea sea fructuosa y contribuya a que se consoliden cada vez
más las buenas relaciones existentes entre esta Sede Apostólica y Guatemala,
para lo cual podrá contar siempre con la acogida y el apoyo de mis
colaboradores. Al pedirle que se haga intérprete ante el Señor Presidente de
la Nación y del querido pueblo guatemalteco de mis sentimientos y augurios,
le aseguro mi plegaria ante el Todopoderoso para que asista siempre con sus
dones a Usted y a su distinguida familia, al personal de esa Misión
Diplomática y a los gobernantes y ciudadanos de su País, al que recuerdo con
afecto y sobre el que invoco abundantes bendiciones del Señor.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XXIII, 1 p.1097-1101.
L'Osservatore Romano 16.6.2000 p.5. L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.25 p.7 (p.323).
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