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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LA REUNIÓN DE LAS OBRAS PARA LA AYUDA A LAS IGLESIAS ORIENTALES (ROACO)
Lunes 19 de junio de 2000
Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y el
sacerdocio; queridos miembros y amigos de la ROACO:
1. Me alegra daros a cada uno mi bienvenida, expresándoos mi profunda
gratitud por esta visita que habéis querido hacerme con ocasión de la segunda
asamblea anual de la ROACO. Dirijo un saludo cordial al señor cardenal Achille
Silvestrini, prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales y
presidente de la ROACO, y le agradezco las corteses palabras que me ha dirigido
en nombre de todos. Saludo también con afecto al arzobispo monseñor Miroslav
Stefan Marusyn, secretario de la Congregación, al monseñor subsecretario y a
los colaboradores, así como a los responsables de los diversos organismos.
Durante los últimos años vuestro trabajo ha ido organizándose cada vez más
para responder de modo más atento y tempestivo a las exigencias y urgencias de
las Iglesias orientales católicas, también gracias a la contribución de las
comunidades locales, a las que oportunamente habéis tratado de implicar. Las
peticiones han sido estudiadas, sucesivamente, en sesiones especiales de reflexión
y estudio, con el fin de establecer las prioridades pastorales y decidir el
apoyo a las diversas iniciativas de evangelización.
2. Guardo aún un vivo y grato recuerdo de las recientes peregrinaciones
jubilares al monte Sinaí, al monte Nebo y a Tierra Santa, a donde quise ir para
volver "a las raíces de la fe y de la Iglesia", encontrándome con
patriarcas, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, así como con hijos e
hijas de las Iglesias orientales católicas.
La visita a las localidades que hicieron famosas los acontecimientos de la vida
de Moisés, la misa solemne en honor de san Juan Bautista
en el estadio de Amman y las celebraciones eucarísticas en la sala
del Cenáculo y en el Santo Sepulcro de Jerusalén fueron etapas inolvidables,
durante las cuales "nuestra alma se conmovió no sólo por el recuerdo de
lo que Dios hizo, sino también por su misma presencia, caminando con nosotros,
una vez más, en la tierra del nacimiento, la muerte y la
resurrección de Cristo" (Alocución a la hora del Ángelus, en Jerusalén,
domingo 26 de marzo: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
31 de marzo de 2000, p. 1).
Cuanto el Señor me concedió experimentar en esos días me impulsa a
recomendaros a vosotros, y a todos los fieles católicos, que os intereséis
cada vez más por las comunidades cristianas de Tierra Santa y les ayudéis a
afrontar sus necesidades, para que los nombres de Nazaret, Belén y Jerusalén
sigan suscitando en el corazón de los cristianos, de hoy y del futuro,
sentimientos de gratitud por el misterio inefable que se realizó allí, y por
el anuncio de la salvación que, gracias a las primeras comunidades de
creyentes, desde aquella tierra ha llegado al mundo entero.
3. Con ocasión del gran jubileo, que el Señor nos concede celebrar, han
acudido y acudirán a Roma significativas representaciones de las Iglesias
orientales católicas para orar, junto con los demás hermanos católicos, ante
la tumba de los Apóstoles y consolidar sus vínculos de intensa comunión y
fraternidad con la Sede apostólica. De esta manera, también en Roma se hace
visible la universalidad de la Iglesia en la variedad de los ritos y de las
tradiciones.
Estas manifestaciones concretas de la catolicidad de la Iglesia de Cristo en su
riqueza y variedad constituyen una fuerte llamada a vivir la dimensión ecuménica,
compromiso destacado del gran jubileo. Como recordé en la carta apostólica Tertio
millennio adveniente, precisamente desde el punto de vista ecuménico, este
año es "muy importante para dirigir juntos la mirada a Cristo, único Señor,
con la intención de llegar a ser en él una sola cosa, según su oración al
Padre. La acentuación de la centralidad de Cristo, de la palabra de Dios y de
la fe no debería dejar de suscitar en los cristianos de otras confesiones interés
y acogida favorable" (n. 41).
4. En esta particular circunstancia, os renuevo a todos mi invitación a
esforzaros por ayudar a las poblaciones divididas por conflictos fratricidas o a
las de Oriente Medio, que aún buscan sendas estables de justicia y libertad.
El jubileo nos invita a signos concretos de caridad fraterna que abran
"nuestros ojos a las necesidades de quienes viven en la pobreza y la
marginación. (...) Se han de eliminar los atropellos que llevan al predominio
de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia" (Incarnationis
mysterium, 12). Por eso, el compromiso en favor de la justicia y la búsqueda
de recursos para crear una cultura de la solidaridad y de la cooperación deben
constituir objetivos relevantes para todos vosotros, pero, principalmente, para
las comunidades eclesiales, de cuya solidaridad fraterna sois instrumentos y
expresión visible.
De esta forma, bajo la guía prudente de la Congregación para las Iglesias
orientales, los organismos aquí representados se confirman como testigos
eficaces de la solicitud operante de las Iglesias de las que provienen, y como
signo profético del compromiso de toda la Iglesia. En efecto, trabajando por la
justicia se construye la paz. Y practicando el mandamiento del amor de Cristo se
anticipan los cielos nuevos y la tierra nueva, "en los que habitará la
justicia" (2 P 3, 13).
5. Amadísimos hermanos y hermanas, os expreso la gratitud de las Iglesias
orientales por la labor concreta de solicitud cristiana que realizáis desde
hace tantos años en su favor. Frente a las necesidades cada vez más urgentes,
os exhorto a dilatar los confines de vuestro corazón para intensificar el flujo
de caridad operante, que gran número de personas espera con confianza.
En este año de gracia os deseo a cada uno que acojáis con corazón abierto los
abundantes dones espirituales que el Señor concede para una vida cada vez más
generosamente comprometida a su servicio. Que interceda por vosotros la Virgen
María, Madre de Dios, a quien encomiendo vuestra valiosa obra en favor de las
Iglesias de Oriente.
Con estos sentimientos, os imparto de corazón a vosotros y a vuestros seres
queridos la bendición apostólica.
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