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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LAS PARTICIPANTES EN EL XVII CAPÍTULO GENERAL 
DE LAS HIJAS DE LA MISERICORDIA Y DE LA CRUZ 


8 de enero de 2000

 

Amadísimas hermanas, Hijas de la Misericordia y de la Cruz: 

1. Con gusto os acojo y dirijo a cada una mi más cordial saludo. Os agradezco esta visita, con ocasión del XVII capítulo general de vuestro instituto:  quiere ser un testimonio renovado de vuestra fidelidad al Sucesor de Pedro.

Felicito a la madre Romilde Zauner, que ha sido confirmada en su cargo de superiora general. Extiendo mi saludo afectuoso a todas las Hijas de la Misericordia y de la Cruz, que realizan su actividad de evangelización y solidaridad en Italia, Etiopía, México y Rumanía.

La asamblea capitular de vuestra congregación cobra un significado especial por el hecho de que tiene lugar precisamente al comienzo del gran jubileo del año 2000, durante el cual la Iglesia está llamada a contemplar intensamente el misterio de la encarnación del Hijo unigénito del Padre. El ingreso en el nuevo milenio es para todo creyente, y aún más para los consagrados y las consagradas, una invitación a tomar mayor conciencia de las responsabilidades vinculadas al propio bautismo y, en particular, a ensanchar la mirada de fe hacia los horizontes de la nueva evangelización. Pero, precisamente para hacer más concreto este compromiso misionero, es necesario volver con fidelidad consolidada a la enseñanza del concilio Vaticano II, que ha iluminado de un modo nuevo la acción apostólica de la Iglesia frente a los desafíos del mundo actual. La sana tradición de cada instituto y la referencia al magisterio constante de la Iglesia constituyen el cauce seguro en el que deben llevarse a cabo las obras y el apostolado de toda familia religiosa que pretenda lograr la indispensable actualización de sus estructuras, según las exigencias de los tiempos.

2. "En el ayer de la madre Zangara nuestro hoy de mujeres consagradas para ser, juntamente con los laicos, memoria y profecía de la misericordia" es el tema que habéis tratado durante vuestra asamblea capitular. El recuerdo de vuestra fundadora y su presencia espiritual en medio de vosotras constituyen una garantía segura de vuestra fidelidad al carisma originario del instituto, que os exige conformaros a Cristo crucificado mediante el ejercicio de las obras de misericordia espirituales y corporales.

¡Qué importante es reafirmar esta misión vuestra de Hijas de la Misericordia y de la Cruz al inicio del Año santo, durante el cual se ofrece una particular manifestación del amor misericordioso de Dios! En efecto, sólo impregnándose de ese amor se puede ser auténticos profetas y testigos de Dios y de su reino. Sólo imitando y siguiendo a Cristo casto, pobre y obediente, podréis realizaros vosotras mismas en la entrega total a la misericordia divina.

El hombre contemporáneo, aunque esté condicionado por los múltiples atractivos de una sociedad a menudo opulenta e inclinada al egoísmo -y tal vez precisamente por esto-, es más sensible que nunca a los gestos de amor desinteresado. Éste es el desafío que estáis llamadas a afrontar y a traducir en la opción fundamental de caminar y trabajar junto con los laicos, para revelar el sentido profundo de la Pasión redentora y prestar atención a todas las formas de sufrimiento.

En toda obra de misericordia se ha de poder vislumbrar el rostro acogedor de Cristo, para permitir a muchas personas, que aún no lo han encontrado o tienen una idea distorsionada de él, reconocerlo como es verdaderamente:  el único Salvador del hombre. Esto implica que vuestra acción apostólica vaya acompañada siempre por la contemplación asidua de Jesús exaltado en la cruz. Desde la cruz, el Verbo, en el silencio y la soledad, "afirma proféticamente la absoluta trascendencia de Dios sobre todos los bienes creados, vence en su carne nuestro pecado y atrae hacia sí a cada hombre y mujer, dando a cada uno la vida nueva de la resurrección" (Vita consecrata, 23). Cuanto más sepáis estar al pie de la cruz, haciendo vuestra la actitud de maternidad universal de la Virgen María, tanto más creceréis en la experiencia de la verdad de Dios misericordia y podréis transmitirla a cuantos encontréis en vuestro camino diario.

3. La misión de los cristianos al servicio del Evangelio es amplia y exigente. Por eso, es necesario coordinar entre sí las aportaciones de los diversos componentes eclesiales con espíritu de apertura y colaboración. En particular, esto se exige a vuestra congregación en su relación con los laicos del "Movimiento eclesial zangariano". Por tanto, debéis tener una constante solicitud por compartir con ellos la aspiración de llevar a todos los ambientes el anuncio del amor del Señor. Emprended con los laicos nuevos itinerarios de comunión fraterna y de cooperación recíproca, que os permitan una irradiación misionera más eficaz, más allá de las fronteras del instituto mismo. Podréis contar con renovadas energías al servicio de la Iglesia. El ejemplo edificante de personas consagradas animará a los laicos a vivir y testimoniar el espíritu de las bienaventuraranzas evangélicas; además, la participación de los laicos podrá llevar a fecundas y a veces inesperadas profundizaciones de algunos aspectos del carisma, "suscitando una interpretación más espiritual e impulsando a encontrar válidas indicaciones para nuevos dinamismos apostólicos" (ib., 55).

4. Amadísimas Hijas de la Misericordia y de la Cruz, si Cristo debe ocupar el centro de todos vuestros proyectos, no os olvidéis de que lo encontraréis sobre todo sirviendo a los más pobres. Por tanto, siendo fieles a la vocación abrazada, tened vuestra mirada fija, ante todo, en cuantos se encuentran en situación de mayor debilidad y más grave indigencia. Ojalá que los "últimos", como lo fueron un tiempo para vuestra fundadora, la madre Zangara, sean también para vosotros los "primeros". Haced participar a los laicos en esta extraordinaria conversión al amor. Así, vuestro instituto será fiel al carisma originario y glorificará a Dios entre los hombres del milenio que nace.
Ésta es una tarea que de buen grado os confío. Os la entrego simbólicamente a vosotras, queridas capitulares, y, por medio de vosotras, a todas vuestras hermanas. Un pensamiento especial dirijo a las hermanas ancianas y enfermas, que son un insustituible apoyo espiritual para el instituto. Al aceptar su sufrimiento o su inactividad obligada y ofrecerlos al Señor, contribuyen de modo eficaz al apostolado de sus hermanas y les garantizan una ayuda fecunda y valiosa.

El amor a la misericordia divina y a la cruz, que iluminó y transformó la vida de vuestra fundadora, sea para cada una de vosotras la referencia constante en la oración y en la acción, a fin de que vuestro instituto atraiga hacia el Corazón de Cristo a los hombres y mujeres de hoy. Es una importante contribución que podréis dar a la celebración del gran jubileo del año 2000.

Os proteja y acompañe la Virgen de los Dolores, asegurando una especial fecundidad a los trabajos de vuestro capítulo general:  con su ternura materna os haga mujeres sabias y vigilantes.

Elevando al Señor mi oración por toda vuestra familia religiosa, bendigo de corazón a la madre general, a vosotras, capitulares, y a todas vuestras hermanas, así como a cuantos colaboran en vuestra misión.
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