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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS
SUPERIORES Y ALUMNOS DEL ALMO COLEGIO CAPRÁNICA
15
de enero
Señor cardenal; amadísimos alumnos del Almo Colegio Capránica:
1. Me alegra daros mi cordial bienvenida. Saludo, ante todo, al señor
cardenal Camillo Ruini, y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido
en nombre de todos. Saludo con afecto al rector, monseñor Michele Pennisi, y
a toda la comunidad del Capránica que, con este encuentro, afianza el vínculo
que une a este antiguo colegio con el Sucesor de Pedro. En efecto, inscribiéndose
entre las primeras instituciones formativas de Roma para candidatos al
sacerdocio, el Capránica es testigo secular de una firme comunión con la
Sede apostólica.
Vuestra visita cobra, este año, un preciso significado, puesto que se sitúa
en el itinerario de conversión y renovación que es típico del Año santo.
Por tanto, podríamos preguntarnos, en el marco del gran jubileo del año
2000, cuál es la reflexión oportuna que está llamado a realizar un centro
educativo como el vuestro, orientado a la formación humana, espiritual y
cultural de los candidatos al ministerio ordenado.
2. A este propósito, el jubileo no puede menos de estimularos, ante
todo, a redescubrir el sentido profundo de la vida como don de sí. El joven
que se prepara para el sacerdocio debe adoptar un estilo de amor oblativo, que
se exprese en orientaciones de fondo y en opciones concretas de disponibilidad
para con Dios y con sus hermanos. Pero ¿dónde encontrar la fuerza para esta
constante entrega, si no es en una íntima e intensa relación con Dios,
fuente inagotable de amor al prójimo?
Fuente y culminación de esa relación espiritual primaria es, naturalmente,
la Eucaristía, centro de la vida y la misión de toda comunidad eclesial. A
este respecto, os expreso mi profundo aprecio por vuestra disponibilidad para
animar la adoración eucarística en la basílica de Santa Inés en Agone,
todos los jueves por la noche durante este Año santo. Al prestar a los
peregrinos este valioso servicio, recibiréis sin duda de Cristo Eucaristía
abundantes gracias para vuestra formación sacerdotal.
Estáis llamados a ser, en un futuro no lejano, auténticos "modelos de
la grey" (1 P 5, 3) que se os confiará. Y, para serlo, es
necesario que adquiráis disposiciones interiores y actitudes específicas
que, entrelazándose y completándose recíprocamente, formen el tejido de
vuestra personalidad sacerdotal. Pienso en la formación humana, con sus
relaciones y sus valores peculiares; en la formación espiritual, que es el
desarrollo de toda la vida con la fuerza que viene del Espíritu Santo; en la
formación intelectual, que permite, en la medida de lo posible, penetrar en
el misterio de Dios y en el misterio del hombre; y en la formación para el
ministerio eclesial, que es participación en la "caridad pastoral"
del corazón de Cristo al servicio de la Iglesia y del mundo (cf. Pastores
dabo vobis, 43-59).
3. Vuestro itinerario de preparación para el sacerdocio se desarrolla en
un marco comunitario. Se trata de una elección no dictada por motivaciones prácticas
y contingentes, sino relacionada con la naturaleza misma de la Iglesia,
comunidad congregada por el Señor, a la escucha de la Palabra, unida por vínculos
de profunda comunión y proyectada hacia el mundo en la misión
evangelizadora.
Queridos hermanos, vivid vuestra experiencia comunitaria no como una fase
transitoria asociada a los años del seminario, sino como estructura de toda
vuestra existencia sacerdotal. El proyecto vocacional, que abarca toda la vida
del presbítero, es un proyecto comunitario, pues la vocación es siempre
con-vocación, es decir, llamada de Dios a vivir y a "ser
con los demás y para los demás".
Animados por estas convicciones íntimas, proseguid con valentía vuestro
camino, renovando todos los días vuestra fidelidad a Cristo y abriéndoos
cada vez más a la escucha de las necesidades de vuestros hermanos y a la misión
universal de la Iglesia.
Os proteja la Virgen María, que en la casa de Nazaret dio a Dios su "sí"
total. Interceda por vosotros santa Inés, patrona de vuestro colegio, que,
con su testimonio de virginidad y martirio, invita a todos a seguir fielmente
al Cordero inmolado por la salvación del mundo.
Por mi parte, os aseguro mi recuerdo en la oración y os deseo un nuevo año
rico de bienes. Acompaño estos deseos con la bendición apostólica, que
imparto a cada uno de vosotros y que, de buen grado, extiendo a vuestros
familiares y seres queridos.
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