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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II AL
OBISPO DE AQUISGRÁN EN EL XII CENTENARIO DE LA CATEDRAL METROPOLITANA
A mi venerado hermano en el episcopado,
excelentísimo monseñor Heinrich Mussinghoff, obispo de Aquisgrán (Alemania)
1. "¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del
Señor!" (Sal 122, 1).
La alegre exclamación del salmista encuentra en Aquisgrán un eco vivo desde
hace 1200 años, o sea, desde que Carlomagno completó la capilla de su palacio
y la dedicó a María, Auxilio de los cristianos. En el curso de la historia,
innumerables peregrinos, grandes y pequeños, han acudido a esa catedral
dedicada a la Virgen, para orar ante la imagen milagrosa e invocar la protección
materna de María sobre la Iglesia y el mundo.
2. No me es posible estar presente personalmente con ocasión del XII
centenario de la catedral de Aquisgrán, pero he querido nombrar un enviado
especial, su eminencia el cardenal Darío Castrillón Hoyos, que participa en
esa feliz celebración en calidad de representante mío personal. De este modo,
se manifiesta la comunión católica, que tiene su centro en la Iglesia de Roma
y que, como una red, abraza toda la tierra. Carlomagno, que construyó esa casa
de Dios, ya era consciente de la necesidad de estos vínculos estrechos con el
Sucesor de Pedro. Con su coronación como emperador, en la noche de Navidad del
año 800, por parte del Papa León III, esa conciencia alcanzó un ápice
significativo, después de que Carlomagno mismo creara, pocos años antes, la
"Schola francorum" junto a la basílica de San Pedro. Estaba destinada
a ser un albergue para los peregrinos que viajaban a la ciudad eterna, después
de cruzar los Alpes, para visitar las tumbas de los Príncipes de los Apóstoles.
3. Además de estos vínculos con Roma, la catedral de Aquisgrán posee
otro vínculo. Conserva objetos preciosos, que no sólo nos llevan con el corazón
y la mente a la ciudad eterna, sino también a la ciudad santa. Jerusalén donó
a Carlomagno cuatro reliquias de tela que recuerdan de modo sensible y lleno de
profunda reverencia acontecimientos significativos de la historia de la salvación
y, al mismo tiempo, pueden considerarse como vestiduras de peregrino para el
pueblo de Dios en camino a lo largo del tiempo.
Quien contempla los pañales de Jesús, recuerda que la comunidad de fe debe ser
comunidad de vida con Jesús. En efecto, también Cristo comenzó su vida como
lo hace todo ser humano: como recién nacido. Del mismo modo que Jesús
crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (cf.
Lc 2, 52), así también a nosotros se nos pide que nos preocupemos por
el crecimiento y la madurez de nuestra fe. En el pesebre, Jesús no era sólo un
recién nacido, sino también el Hijo de Dios. Por eso, los pañales son una
invitación a honrarlo con nuestra vida y a llevar a otras personas por el
camino de la adoración: Venite, adoremus! ¡Venid, adoremos al
Rey, al Señor!
El trono del Rey es la cruz. A esto alude la reliquia más preciosa, desde el
punto de vista de la historia de la salvación, que se venera en la catedral de
Aquisgrán: el lienzo que cubría las caderas de Jesús. Al Rey en la cruz
sólo le dejaron eso, para que se entregara totalmente por Dios y por el mundo.
Del mismo modo que él se encomendó al Padre y, al mismo tiempo, confió su
obra a María y a Juan, así también la Iglesia, durante su peregrinación en
el curso del tiempo, tiene la tarea de avanzar hacia Dios sin reservas y
presentarle "el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los
hombres de nuestro tiempo" (Gaudium et spes, 1).
Esto testimonia que la ortodoxia de la enseñanza debe reflejarse en la
coherencia de la vida. En este marco, recordamos la tela de la decapitación de
Juan Bautista. A los cristianos de la sociedad moderna, por lo general, el hecho
de profesar la fe no les cuesta la vida. Sin embargo, por su testimonio deben
pagar como precio algunas noches sin dormir e innumerables gotas de sudor en un
ambiente social donde Cristo se ha convertido a menudo en un extraño.
Precisamente en una época en la que a menudo se silencia a Dios, se necesitan
fuerza y valentía para defender la dignidad inalienable de todos los hombres
por amor a Dios, que envió a su Hijo "para que tengan vida y la tengan en
abundancia" (Jn 10, 10).
La palabra vida nos hace pensar en María, que fue elegida para darnos a
Cristo, la vida del mundo. La cuarta reliquia de tela de la catedral de Aquisgrán
recuerda el vestido que llevaba la Madre de Dios en la noche santa. Como María
llevó al Hijo en su seno, de igual modo la Iglesia, su imagen, lleva a Cristo
en el vestido de peregrino a lo largo de los siglos. La razón por la que vivió
María es la que ha de impulsar a la Iglesia a lo largo de la historia: el
"misterio de la fe" en Jesucristo, el "Salvador de los
hombres" ayer, hoy y siempre. Es un gran honor y una noble tarea para la
Iglesia vivir con un misterio que Dios mismo le confió. La Iglesia, en cuanto
custodia del misterio divino, es enviada a revelar el misterio de la
salvación "hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8).
4. Este mandato evangelizador de la Iglesia es su misión en todos los
tiempos, pero, en particular, durante el Año santo 2000, que celebramos como el
gran jubileo de la encarnación de Dios. Damos gracias al Dador de todas las
cosas no sólo porque no nos detenemos dos mil años después de Cristo,
sino también porque hemos podido caminar durante dos mil años con
Cristo. En el nuevo siglo el cristianismo sigue teniendo un futuro luminoso. Ya
lo había recordado el venerado obispo Klaus Hemmerle, que por desgracia falleció
prematuramente, cuando, pocos meses antes de morir, hizo un balance y una
especie de "previsión": "No somos sólo administradores de
un pasado muy valioso y santo; somos, además, precursores de un futuro que no
podemos construir nosotros, sino que vendrá porque él viene" (Homilía
del 7 de noviembre de 1993, con ocasión del XVIII aniversario de su consagración
episcopal).
Quiera Dios que la celebración de los 1200 años de la catedral de Aquisgrán
recuerde a todos los cristianos que constituyen piedras vivas en la construcción
del edificio de Dios (cf. 1 P 2, 5). Ojalá que la peregrinación a los
santuarios, que coincide con el Año jubilar, sea para la Iglesia en Aquisgrán
un impulso a considerarse más profundamente pueblo peregrino de Dios y ponerse
en camino con corazón gozoso e intrépido. Que María, Madre de Dios y Madre de
la Iglesia, sea guía fiel en el camino hacia el Señor. Unido en el espíritu,
os acompaño mientras os reunís en torno a vuestro obispo para celebrar el
jubileo de la catedral de Aquisgrán, y os imparto de corazón la bendición
apostólica.
Vaticano, 25 de enero de 2000
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