 |
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS CAPITULARES DE LA CONGREGACIÓN DE LOS SAGRADOS ESTIGMAS DE NUESTRO
SEÑOR JESUCRISTO
12 de febrero
Amadísimos hermanos estigmatinos:
1. Os acojo con alegría, en el marco espiritual y eclesial del gran
jubileo del año 2000, con ocasión del XXXIV capítulo general de vuestra
congregación. Junto con los peregrinos, que llegan a Roma de todas las partes
del mundo, también vosotros habéis acudido aquí procedentes de cuatro
continentes, en representación de más de 400 hermanos, para discernir lo que
el Espíritu pide hoy, en el alba del tercer milenio, a los hijos de san Gaspar
Bertoni. Yo mismo tuve la alegría de celebrar la canonización de vuestro
fundador, en la solemnidad de Todos los Santos de 1989. Él sentía especial
devoción por el Sucesor de Pedro y la Sede apostólica, y vuestra visita hoy
quiere ser un renovado signo de ella.
2. En sus Constituciones, vuestro fundador definió a los miembros de la
congregación "missionari apostolici in obsequium episcoporum". Así
pues, sois personas que, con todas sus fuerzas, y con la gracia particular de la
vocación, queréis contribuir a la actuación de la misión apostólica. Según
el espíritu y el ejemplo de vuestro fundador, realizáis vuestro ministerio
parroquial, con especial atención a la juventud; os dedicáis a la predicación
y a la formación del clero; y estáis comprometidos en la misión ad gentes
en América Latina, África y Asia. Algunos de vosotros han sido llamados al
servicio episcopal, especialmente en Brasil; hace poco más de un mes, consagré
obispo al padre Giuseppe Pasotto, administrador apostólico del Cáucaso. Este
hecho, que testimonia la fidelidad y la generosidad de los estigmatinos, es para
mí motivo de agradecimiento.
Pido con vosotros al "Dueño de la mies" que suscite numerosas y
buenas vocaciones en vuestra familia religiosa, para sostener las obras que habéis
emprendido, pero también para permitiros comenzar otras en los lugares adonde
la misión del Redentor quiera impulsar los pasos de los miembros de la
congregación.
3. Como tema central de vuestros trabajos capitulares habéis propuesto la comunión
fraterna dentro de la comunidad religiosa, para testimoniar el amor de Dios
al mundo. Se trata de un valor típico de la vida consagrada, puesto muy de
relieve durante la Asamblea sinodal de 1995 y acogido plenamente en la exhortación
apostólica que se publicó seguidamente. Hoy más que nunca es necesario
reflexionar y trabajar desde esa perspectiva, para mostrar a los hombres de
nuestro tiempo, condicionados por una difundida mentalidad individualista,
"¡qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!" (Sal
132, 1), de modo que todos reconozcan que sois discípulos de Cristo (cf. Jn
13, 35).
La vida comunitaria de las personas consagradas constituye un signo elocuente de
la comunión eclesial, basado ante todo en la experiencia ordinaria de comunión
fraterna: signum fraternitatis (cf. Vita consecrata, 42). Múltiples
son las formas concretas en las que se actúa la fraternidad, según la variedad
de los carismas y las características de los institutos. Sin embargo, uno solo
es el amor, difundido en los diferentes miembros por el mismo Espíritu Santo.
4. Este Año santo, que la Iglesia interpreta como un gran himno a la santísima
Trinidad, es más propicio que nunca para dar cabida a la dimensión
contemplativa de la vida consagrada, para que ésta, absorbiendo la linfa
que viene de sus raíces teologales, se renueve íntimamente y se
vigorice. En efecto, la fraternidad evangélica es irradiación de la comunión
trinitaria, y de ella tiene que alimentarse constantemente mediante la palabra
de Dios, los sacramentos de la Eucaristía y la reconciliación y la oración
diaria.
A este propósito, vuestro fundador escribió estas palabras: "Puesto
que ninguna otra cosa destaca tanto en una persona el amor de verdadera caridad
cuanto el hecho de distinguir en ella singulares virtudes y dones del Espíritu
Santo y contemplarla como imagen de Dios pintada con los más hermosos colores
de la gracia, así pues, si todos se esfuerzan por crecer en estas virtudes y
dones y por considerarlos a menudo en los demás, si creen íntimamente que los
demás son superiores a ellos mismos, gozan con sus dones espirituales y los
agradecen a Dios, crecerá entre ellos de modo admirable la caridad recíproca"
(Constituciones, 223).
5. La comunión no se limita a la vida fraterna de la comunidad, sino que se
extiende al ministerio a través de la participación de los laicos y de las
estructuras eclesiales locales. Por eso es necesario renovar incansablemente el
compromiso de fraternidad y conversión, con la consoladora certeza de que el Señor
está presente donde se procura sinceramente vivir según su mandamiento del
amor.
Vuestra asamblea ha sugerido también indicaciones prácticas para que se
profundice el ejercicio de la comunión espiritual y apostólica entre los
hermanos de todas las edades. En efecto, éste es un apoyo indispensable para la
misión apostólica característica de vuestra congregación, es decir,
la de servir a la Iglesia bajo la dirección de los obispos. Ayudarse mutuamente
en la comunión, favoreciendo, por decirlo así, la circulación del amor divino
derramado en el corazón de cada uno por el Espíritu Santo, es condición
principal para cumplir la misión apostólica a menudo "ardua y difícil"
y "expuesta a peligros", una misión que "no depende de las
fuerzas del hombre, sino de la gracia del Espíritu Santo". De este modo,
"Cristo, que inspiró y comenzó la obra, la consumará" (Constituciones,
185).
Haciendo mías las palabras de vuestro fundador, que bien conocéis y apreciáis,
pido al Señor, por intercesión de la Virgen santa, que haga fructificar el
esfuerzo que habéis realizado durante estos días de trabajo común, y os
bendigo de corazón a vosotros y a todos vuestros hermanos.
|