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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL
COMITÉ EJECUTIVO DE LA COMUNIDAD INTERNACIONAL DE VIDA CRISTIANA
Lunes
21 de febrero de 2000
Con gran placer doy la bienvenida al Vaticano a los responsables de la
Comunidad internacional de vida cristiana. Saludo en particular a vuestro
presidente, el señor José María Riera, a los miembros del comité ejecutivo
de la comunidad y a vuestro vice-asistente eclesiástico, que representa al
superior general de la Compañía de Jesús. Habéis querido venir hoy aquí
para proclamar públicamente, durante este gran jubileo del año 2000, vuestro
deseo de que Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María, sea el verdadero centro
de la vida apostólica de toda vuestra comunidad.
Es larga y rica vuestra tradición de Congregaciones marianas, cuyos orígenes
se remontan al siglo XVI, por iniciativa de san Ignacio de Loyola y de sus compañeros.
A lo largo de los siglos, los Papas han apoyado e impulsado el apostolado de las
Congregaciones, incluso con la publicación de documentos pontificios. En 1968,
las Congregaciones marianas, unidas en una federación mundial, solicitaron al
Papa Pablo VI que aprobara los nuevos Principios generales y Estatutos de la
Federación, y en 1971 el nombre de las Congregaciones se transformó en
"Federación mundial de comunidades de vida cristiana". Más
recientemente, en 1990, con la aprobación por parte de la Sede apostólica de
los Principios generales y Normas revisados, os habéis convertido en
"Comunidad internacional de vida cristiana". A pesar de estos cambios
de nombre y de estructura, la Comunidad sigue fiel a las raíces espirituales
comunes que comparte con la Compañía de Jesús, así como a la tradición
ignaciana que tiene como herencia.
Ahora estáis presentes en cincuenta y ocho países de todo el mundo como una
comunidad unida de laicos que dan testimonio de Jesucristo y trabajan para
construir su reino. Para realizar esta tarea os inspiráis y fortalecéis con
los ejercicios espirituales de san Ignacio. La insistencia que ponéis en una
formación cristiana esmerada y completa es particularmente útil para realizar
vuestro apostolado. Como miembros del laicado, estáis llamados a ser testigos
fieles de Jesucristo en todas las esferas de la vida: en vuestra familia,
en vuestra vida profesional, en el mundo de la política y de la cultura, y en
las comunidades de las Iglesias particulares a las que pertenecéis. Me alegra
saber que, como jefes de la Comunidad de vida cristiana, habéis pedido a cada
grupo que coopere más estrechamente durante este Año jubilar con sus pastores
locales y fortalezcan los vínculos de unión con los obispos diocesanos.
En obediencia a la "fuerza de Dios para la salvación" (Rm 1,
16), os esforzáis por llevar al corazón de la cultura humana las enseñanzas
de la Iglesia que iluminan y guían la búsqueda de una sociedad más justa y
fraterna. Sois particularmente sensibles a la necesidad de llevar el Evangelio a
todas las realidades humanas, porque "la buena nueva de Cristo renueva
continuamente la vida y la cultura del hombre caído. (...) Purifica y eleva sin
cesar las costumbres de los pueblos" (Gaudium et spes, 58). Para
realizar este importante apostolado necesitáis esforzaros a diario por
conformaros a Cristo, viviendo en su gracia y teniendo sus
mismos sentimientos (cf. Flp 2, 5). Mediante vuestra adhesión fiel
a estos elevados objetivos, vuestra vida de fe se enriquecerá y vuestro
testimonio de Jesucristo en la sociedad moderna dará abundantes frutos para la
vida de la Iglesia.
Os invito a tener siempre presentes vuestra historia y vuestra tradición,
especialmente como se encarnaron en las antiguas Congregaciones marianas, en las
que encuentra su inspiración espiritual la actual Comunidad internacional de
vida cristiana. Renovad vuestra confianza en la santísima Virgen María, Madre
de nuestro Señor Jesucristo y Madre nuestra. Su ejemplo de fe y oración os
llevará a niveles cada vez más elevados de generoso servicio a la Iglesia y a
la sociedad. Ella es el ejemplo más elocuente de obediencia al Señor y de
aceptación de su voluntad; con ella como modelo, Jesús será ciertamente el
centro de vuestra vida y de vuestro apostolado. Invocando sobre todos los
miembros de la Comunidad internacional de vida cristiana la gracia y la paz de
nuestro Señor Jesucristo, os imparto cordialmente mi bendición apostólica.
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