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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DE LA ORDEN ECUESTRE
DEL SANTO SEPULCRO DE JERUSALÉN

2 de marzo de 2000



1. Con gran alegría os acojo, queridos caballeros, damas y eclesiásticos que representáis a la benemérita orden ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén. Habéis venido a Roma desde los cinco continentes para celebrar vuestro jubileo. A todos os dirijo mi saludo cordial.

Agradezco con afecto fraterno al señor cardenal Carlo Furno, que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos comunes. En sus palabras he percibido vuestro deseo de responder adecuadamente al servicio específico a Tierra Santa, propio de la orden. Se trata de una misión importante:  gracias a vuestro generoso compromiso espiritual y caritativo en favor de los santos lugares y del patriarcado latino de Jerusalén se ha podido hacer mucho para valorar el precioso patrimonio de testimonios históricos que se conservan en Tierra Santa. En ellos se fija con nuevo interés la sociedad actual, que ha progresado mucho tecnológicamente, pero que hoy más que nunca necesita valores y puntos de referencia espirituales.

2. Vuestra orden ecuestre, fundada hace algunos siglos como "Guardia de honor" para la custodia del santo sepulcro de nuestro Señor, ha gozado de singular atención por parte de los Romanos Pontífices. El Papa Pío IX, de venerada memoria, la reconstituyó en 1847 para favorecer el restablecimiento de una comunidad de fe católica en Tierra Santa. Este gran Papa restituyó a vuestra orden su función primitiva, pero con una diferencia significativa:  la custodia de la tumba de Cristo ya no se confiaría a la fuerza de las armas, sino al valor de un constante testimonio de fe y solidaridad para con los cristianos residentes en los santos lugares.

Ésta es aún hoy vuestra tarea, amadísimos caballeros y damas del Santo Sepulcro de Jerusalén. Que la celebración del jubileo os ayude a crecer en la práctica asidua de la fe, en la conducta moral ejemplar y en la colaboración generosa en las actividades eclesiales, tanto parroquiales como diocesanas. Ojalá que durante el Año santo, tiempo de conversión personal  y comunitaria, cada uno de vosotros se esfuerce por desarrollar y profundizar las tres virtudes características de la orden:  "celo por la renuncia en medio de esta sociedad de la abundancia,  compromiso generoso en favor de los débiles y desamparados, y lucha  valiente  por  la justicia y la paz" (Directrices para la renovación de la orden  ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén con vistas al tercer milenio, n. 18).

3. Un vínculo antiguo y glorioso une vuestra orden ecuestre con el lugar del sepulcro de Cristo, donde se celebra de manera muy particular la gloria de la resurrección. Éste es precisamente el eje central de vuestra espiritualidad. Para renovar ese vínculo milenario y hacer cada vez más vivo y elocuente vuestro testimonio evangélico, habéis decidido elaborar nuevas directrices para vuestra actividad, en el contexto del Estatuto de vuestra orden. En efecto, sois conscientes de que, al comienzo de un nuevo milenio, es necesaria una interpretación actualizada de la regla de vida de vuestro singular servicio. Para vosotros, como para todo cristiano, es decisivo el redescubrimiento del bautismo, fundamento de toda la existencia cristiana. Y esto exige una esmerada profundización catequística y bíblica, una seria revisión de vida y un generoso impulso apostólico. Así, estaréis abiertos al mundo de hoy, sin faltar al espíritu de la orden, cuya anhelada renovación depende sobre todo de la conversión personal de cada uno. Como dicen vuestras insignias:  "Oportet gloriari in cruce Domini nostri Iesu Christi":  es necesario gloriarse de la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Que Cristo sea el centro de vuestra existencia, de todos vuestros  proyectos y programas, tanto de los personales como de los de toda la orden.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, dentro de algunas semanas, Dios mediante, también yo tendré la gracia de visitar el santo sepulcro. Así, podré orar en el lugar donde Cristo entregó su vida y después la recuperó en la resurrección, donándonos su Espíritu.

Amadísimos caballeros, damas y eclesiásticos de la orden, para esta peregrinación cuento también con vuestra oración, que os agradezco ya desde ahora. Os encomiendo a todos a la protección materna de la Virgen Reina de Palestina. Que ella os acompañe en vuestra tarea especial "de asistir a la Iglesia en Tierra Santa y fortalecer en los miembros la práctica de la vida cristiana" (Directrices, n. 3).

Que la Sagrada Familia os proteja a vosotros y a vuestras familias. Resplandezca en el corazón de cada uno de vosotros la certeza consoladora de que por nosotros Cristo murió y resucitó verdaderamente. Él está vivo:  ayer, hoy y siempre.

Con estos sentimientos, os imparto de buen grado a cada uno una especial bendición apostólica.

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