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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PARTICIPANTES EN LA PEREGRINACIÓN NACIONAL DE LITUANIA
sábado 4 de marzo
Amadísimos hermanos y hermanas de Lituania:
1. Sed bienvenidos a la "casa de Pedro", meta de vuestra
peregrinación jubilar. Casi cada semana, en las audiencias generales, tengo la
ocasión de saludar a grupos de fieles procedentes de Lituania. Hoy estáis aquí
en gran número para representar a toda vuestra nación. Saludo al arzobispo de
Kaunas, monseñor Sigitas Tamkevicius, presidente de la Conferencia episcopal, y
le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido en nombre de todos.
Saludo, asimismo, al arzobispo de Vilna y a los demás obispos presentes, y
formulo mis mejores votos para el señor cardenal Vincentas Sladkevicius, que no
ha podido venir a causa de su delicado estado de salud. Doy también mi
bienvenida a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, así como a
todos vosotros.
Mi pensamiento va espontáneamente a la visita pastoral que realicé a vuestro
amado país en septiembre de 1993, y al sexto centenario de su
"bautismo", en 1987, celebrado solemnemente en la basílica vaticana,
en presencia de numerosos obispos de toda Europa. Lituania fue el último de los
países bálticos que se convirtió al cristianismo y el único que permaneció
fiel a la Iglesia católica en el período de la Reforma luterana.
Damos gracias a Dios por la fidelidad del pueblo lituano a la Iglesia y al
Sucesor de Pedro, y por el testimonio de fe que han dado innumerables obispos,
sacerdotes, religiosos y laicos, en muchos casos hasta al martirio,
particularmente durante las cinco trágicas décadas de ocupación y
persecución comunista.
2. Hoy, una vez recuperada la libertad civil y religiosa, Lituania ha
vuelto a ocupar su lugar en el seno de la familia europea. La libertad implica
responsabilidad: vuestra nación, queridos lituanos, con su patrimonio
cultural, avalado por los sufrimientos soportados con heroicidad para mantener
la fidelidad a su vocación cristiana, está llamada a contribuir a la renovación
espiritual de Europa y a la reconciliación entre los pueblos. San Casimiro,
vuestro patrono, cuya fiesta se celebra precisamente hoy, fue un gran artífice
de unidad en nombre de Cristo y del Evangelio. Ojalá que su ejemplo os ilumine
y guíe. Que el testimonio del pasado sea motivo de aliento para un nuevo
compromiso de evangelización.
En el alba del tercer milenio, los cristianos sienten resonar con
nueva fuerza en su corazón las palabras del apóstol
Pablo: "Caritas Christi urget nos: el amor de Cristo nos
apremia" (2 Co 5, 14). En efecto, el hombre contemporáneo
necesita hoy más que nunca el Evangelio para caminar por los senderos de la
verdad, la libertad, la justicia y la paz. Lo necesita, sobre todo, para conocer
a Dios y para conocerse a sí mismo, así como para cultivar el sentido de la
propia dignidad y el respeto al valor de la vida, redimida gracias al sacrificio
de Cristo.
3. Espero de corazón que esta peregrinación jubilar a Roma haga que
vuestras comunidades se abran más a la dimensión universal de la Iglesia. Que
la visita a las tumbas de los Apóstoles y de los mártires, el encuentro con el
Sucesor de Pedro y la oración elevada a Dios junto con numerosos fieles de
todos los continentes os impulsen, queridos hermanos, a amar y servir a la
Iglesia. Esforzaos por profundizar el conocimiento del concilio Vaticano II,
para aplicar sus enseñanzas a la vida eclesial y social, comenzando por
vuestras familias y vuestras parroquias. Que la unión fraterna, la misericordia
y el perdón, el amor a los sencillos y a los pobres y el servicio generoso y
desinteresado sean vuestros signos distintivos y la prueba elocuente de que estáis
en Cristo.
Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre, os acompañe y guíe vuestros
pasos. Cristo está con vosotros. Que esta certeza consoladora no os
abandone jamás. Sed heraldos intrépidos y testigos alegres de su presencia viva en el mundo.
El Papa ruega por vosotros y con gran afecto os bendice a todos.
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