Amadísimos seminaristas:
1. Vuelvo siempre con alegría al seminario romano, situado a la sombra
de la catedral de Roma. Vengo con una emoción más profunda durante este Año
jubilar, que nos introduce en el tercer milenio. Os saludo a todos: al
rector, a los formadores, a los seminaristas, jóvenes y amigos. Gracias por
vuestra cordial acogida.
Dirijo un saludo particular al cardenal vicario y al consejo episcopal, a los
párrocos y a los colaboradores diocesanos y parroquiales, comprometidos en el
seminario con un generoso esfuerzo de dar nuevo impulso a la
pastoral vocacional.
2. Hemos contemplado juntos los comienzos de la historia de la salvación
en los misterios gozosos del rosario. María, como nos recuerda san Bernardo,
"cree, confía y acepta" (Homilía IV, 8). Siguiendo su
ejemplo, y por su intercesión, también nosotros aprendemos a creer, a
confiar y a recibir los copiosos dones de gracia que el Señor quiere
dispensarnos. Es María quien revela a nuestras comunidades y a la Iglesia
entera la pedagogía de Dios en la historia de las personas y de los pueblos.
Nos hace disponibles a la fe, a la confianza y a la acogida humilde.
Queridos seminaristas, amad a María, nuestra Madre celestial, durante los años
de vuestra formación y de vuestro ministerio generoso y santo, para honrarla
un día en el cielo. Hoy participan en la fiesta de la Virgen de la Confianza
todos los amigos del seminario y, sobre todo, los jóvenes que caminan con
vosotros y os miran, con el deseo de conocer también ellos el secreto de
vuestra vida. Quiera Dios que vuestro ejemplo ayude a numerosos muchachos a
superar los mil temores de la vida y a abrirse a la confianza y al compromiso.
Hoy, en cierto modo, es fiesta para toda la comunidad diocesana y, en
particular, para las parroquias y realidades pastorales donde trabajáis y en
medio de las cuales se verifica y refuerza vuestro "sí" al Señor.
3. En el santo rosario hemos visto cómo María se ponía a la escucha de
Dios y se abría al diálogo con él. En su actitud interior contemplamos
nuestro modelo de oración. Nos enseña que para rezar es preciso entrar en
nuestra propia habitación y, cerrando la puerta, hablar con el Padre en lo
secreto. María sabe bien que sólo los ojos del Padre ven en lo secreto y que
su mirada atraviesa la puerta del corazón de todo hombre (cf. Mt 6,
5-6). Sabe bien que sólo el encuentro íntimo con el Padre celestial da el
fuego de caridad que impulsa a salir de la habitación y seguir la llamada de
Cristo. María es modelo de sabiduría y fe. En la espera, no aparta su mirada
del Esposo que viene; más aún, provee sabiamente de aceite la lámpara de la
fe en la noche del temor, para cruzar la puerta de la alegría nupcial (cf. Mt
25, 1-13).
Amadísimos jóvenes seminaristas, aprended de la Virgen de la Confianza cómo
llegar a ser confiados y vigilantes, servidores del Evangelio a la espera de
la venida del Señor en la gloria. Que María os enseñe a madurar en la
vocación y a plasmar en vosotros el corazón de su Hijo. Su ejemplo os
impulse a transformar vuestra vida en generosidad hacia el pobre (cf. 1 Jn
3, 17) y en disponibilidad también para con el huésped de las horas
inoportunas (cf. Lc 11, 5-8). Acompañados por ella, también vosotros
experimentaréis la confianza gozosa de los Apóstoles, quienes, obedeciendo a
Dios antes que a los hombres, descubrieron cómo la palabra de Dios supera las
puertas cerradas de cualquier cárcel (cf. Hch 5, 17-25) y
cualquier obstáculo.
4. Salve radix, salve porta, ex qua mundo lux est orta!
Queridos seminaristas, durante todo el Año santo sigamos encomendando a María
los compromisos que nos esperan. Que la Virgen de la Confianza guíe el
seminario y acompañe a la comunidad diocesana para que experimente a Cristo
vivo, que vence el temor y da la paz (cf. Jn
20, 19). Que le ayude a imitar al buen samaritano, que derrama
aceite y vino sobre las heridas de cuantos viven en Roma o
que llegan a ella de todas las partes del mundo (cf. Lc
10, 29-36). Que María enseñe el gozo del espíritu a todo joven que cruce el
umbral del seminario.
Quiera Dios que el olivo del pórtico, que acabo de bendecir, represente para
el seminario el signo del servicio a las vocaciones. Cristo Jesús es el
centro de toda vocación. Él es el maestro a cuya sombra os detendréis en
actitud de escucha; él es el Siervo sufriente, que os llevará consigo a
Getsemaní, cuando los hombres os abandonen. Jesús es la raíz y el árbol en
el que hemos sido injertados como brotes de olivo, fecundado por la cruz. Del
Señor recibimos la vocación como aceite perfumado de vida nueva. El Padre,
que ungió a su Hijo Jesús con óleo de alegría (cf. Hb 1, 5-14),
haga resplandecer sobre la cabeza de cada uno de vosotros el mismo óleo de
santidad.
¡Feliz Año santo! Que el Señor multiplique a los llamados, como brotes de
olivo en torno a su mesa. Os bendigo a todos con gran afecto.
Quiero dar las gracias a todos por la hospitalidad. También esta vez,
también en este Año jubilar, estando aquí en el seminario romano, he
pensado en el seminario de Cracovia, que dejé hace muchos años.
He pensado lo siguiente: en Cracovia tenía la posibilidad de hablar
con cada uno de los seminaristas; en Roma sólo puedo darles la
mano. Pero, gracias a Dios, está el cardenal vicario para la diócesis de
Roma. Le dejo a él el placer de conversar con vosotros. El cardenal me dice
que conversa frecuentemente con vosotros. Es algo muy hermoso.
El Año santo ha comenzado muy bien. Se han superado las previsiones. Lo hemos
comprobado en los primeros días, en las primeras semanas, en los primeros dos
meses.
También a vosotros, alumnos del Seminario romano mayor, os deseo que aprovechéis
este año de gracia y crucéis con fe la Puerta santa de la basílica de San
Pedro, que nos lleva simbólicamente a la salvación.
Así pues, ¡feliz Año jubilar! ¡Feliz Año santo! ¡Feliz año 2000! ¡Feliz
año académico! ¡Feliz año seminarístico!