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AUDIENCIA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A
LOS PEREGRINOS QUE PARTICIPARON EN LA BEATIFICACIÓN DE 44 TESTIGOS DE LA FE
Lunes
6 de marzo de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Os acojo con alegría esta mañana, al día siguiente de la solemne
beatificación de un numeroso grupo de testigos de la fe. Procedéis de diversos
países, especialmente de Brasil, Bielorrusia, Filipinas, Tailandia y Vietnam.
Os dirijo a todos mi más cordial saludo.
Todos los nuevos beatos -sacerdotes, religiosas, laicos y laicas- son mártires.
Me complace subrayar la particular elocuencia de este hecho: la primera
beatificación del Año santo 2000 se sitúa bajo el signo del martirio, es
decir, del don total de sí por Cristo y por el Evangelio. Estos mártires
hicieron de su vida una respuesta generosa al don de Dios, y son para todos
nosotros modelos convincentes de testimonio cristiano.
2. Saludo muy cordialmente al señor cardenal Paul Joseph Pham Ðìng Tung,
arzobispo de Hanoi, a los obispos y a los peregrinos vietnamitas, así como a
sus amigos, que han venido para la beatificación de Andrés de Phú Yên. El
padre Alejandro de Rhodes había descubierto en este joven una gran inteligencia
y una intensa vida espiritual. Para ayudar a los sacerdotes a anunciar el
Evangelio, lo acogió entre sus colabores más cercanos, y después en la
asociación de catequistas "La casa de Dios".
Desde entonces, conquistado por Cristo, Andrés se comprometió públicamente a
consagrar su vida al servicio de la Iglesia, aceptando generosamente compartir
hasta el fin el sacrificio del Señor crucificado, seguro de seguirlo en su
resurrección.
Desde hace más de trescientos cincuenta años, los católicos de Vietnam no han
olvidado nunca a este testigo del Evangelio, protomártir de su país. Han
encontrado en él un modelo de fe serena y amor generoso a Cristo y a su
Iglesia. Ojalá que descubran aún hoy en su ejemplo la fuerza de permanecer
fieles a su vocación cristiana, con lealtad a la Iglesia y a su país. Que el
beato Andrés, cuyo celo ardiente permitió que el Evangelio se proclamara, se
arraigara y se desarrollara, dé a todos los catequistas la audacia de ser
verdaderos testigos de la fe, mediante una vida totalmente entregada a Cristo y
a sus hermanos.
3. Extiendo mi afectuoso saludo al cardenal Michael Michai Kitbunchu y a
los obispos de Tailandia, así como a los sacerdotes, los religiosos y fieles
que han venido a Roma para la beatificación del padre Nicolás Bunkerd
Kitbamrung. La Iglesia en Tailandia se alegra de que uno de sus hijos haya sido
elevado a los altares. El beato Nicolás vivió completamente entregado a su
ministerio sacerdotal, que manifestó en su amor a los demás, en su compromiso
en la enseñanza de la fe y en su valiente testimonio en tiempos difíciles.
Pido a Dios que, por intercesión del padre Nicolás, la comunidad católica de
vuestro país sea bendecida siempre con sacerdotes animados por ese mismo espíritu.
Doy cordialmente la bienvenida al cardenal Ricardo Vidal y a los obispos de
Filipinas, así como a los numerosos peregrinos que los han acompañado. Durante
mucho tiempo el pueblo de Filipinas, en especial el de Visayas, su región
natal, ha esperado con ilusión la beatificación de Pedro Calungsod. El beato
Pedro escuchó en temprana edad la llamada de Cristo y jamás vaciló en su
deseo de hacer la voluntad de Dios, incluso a costa de su vida. Roguemos para
que muchos jóvenes sigan el ejemplo del beato Pedro y se entreguen al Señor en
las diferentes formas de apostolado laico, o en el sacerdocio y en la vida
religiosa.
Invoco el gozo y la paz del Salvador resucitado sobre vosotros y sobre vuestras
familias.
4. Saludo ahora con viva satisfacción al señor cardenal Eugênio de Araújo
Sales y a los numerosos obispos presentes con los peregrinos brasileños que han
venido a Roma para participar en la solemne beatificación
de los mártires de Natal: el jesuita Andrés de Soveral, el
presbítero Ambrosio Francisco Ferro y sus comunidades de 28 laicos que, en los
orígenes de la historia de Brasil, dieron la vida por mantenerse fieles a su
fe.
Estos mártires, beatificados ayer, provenían de las comunidades de Cunhaú y
Uruaçu en Río Grande del Norte. Allí germinó la semilla del martirio para
transformarse en la gran cosecha de frutos sazonados por la continua acción
evangelizadora y santificadora de la Iglesia en Brasil a lo largo de estos cinco
siglos de historia. Su sangre regó el suelo patrio, volviéndolo fértil para
la generación de nuevos cristianos. Son las primicias del trabajo misionero, y
fueron llamados protomártires del Brasil del Evangelio en aquellas regiones,
que recibieron el nombre de Tierra de la Santa Cruz.
Pidamos a Dios que el ejemplo de fidelidad de estos primeros cristianos,
especialmente de aquellas familias de mártires, muchas de las cuales con niños
pequeños, y de la gran multitud de personas cuyo nombre no se conoce, nos
impulse a renovar nuestro compromiso en favor de una evangelización fecunda y
audaz en todos los ámbitos de la sociedad. Y que nuestra Señora Aparecida,
Madre de Dios y Madre nuestra, camine a nuestro lado por todos los caminos de la
vida.
5. Saludo cordialmente a los peregrinos de Polonia y Bielorrusia.
Saludo a los señores cardenales -uno de ellos es americano, de origen
polaco-bielorruso-, a los obispos y a los sacerdotes.
Dirijo un saludo particular a las religiosas de la congregación de la Sagrada
Familia de Nazaret, nazaretanas, que han venido a Roma para dar gracias a Dios
por el don de la beatificación de las once hermanas mártires de Nowogródek.
Cuando conmemoramos a estas heroicas nazaretanas, nos vienen a la mente las
palabras de Jesús: "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por
sus amigos" (Jn 15, 13). Ellas confirmaron perfectamente la verdad
de estas palabras con su vida, entregada de modo pleno, y con su muerte. Antes
de la guerra y durante la ocupación servían con celo a los habitantes de
Nowogródek, participando activamente en la pastoral, en la educación, y
realizando diversas obras de caridad. Su amor a las personas entre las que
desempeñaban su misión cobró un significado particular ante la atrocidad del
invasor nazi. Todas a la vez, por unanimidad, ofrecieron a Dios su vida,
pidiendo a cambio que se salvara la vida de los padres y las madres de familia,
así como la del sacerdote, el pastor local. El Señor acogió benévolamente su
ofrenda y, como creemos, las ha recompensado con abundancia en su gloria.
Hoy, juntamente con toda la congregación de las nazaretanas, glorificamos a
Dios por esta gracia, en virtud de la cual el carisma monástico y el celo
apostólico pudo producir frutos de martirio tan admirables. Que la sangre de
estas religiosas beatas sea la semilla de nuevas vocaciones religiosas y el
apoyo para muchos en el camino de la santidad.
Las nuevas beatas, María Estrella Mardosewicz y las diez hermanas, intercedan
ante Dios por todo el pueblo de Bielorrusia, al que cordialmente saludo.
Bendigo de corazón a todos los peregrinos aquí presentes. ¡Alabado sea
Jesucristo!
6. Amadísimos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios por el don de
estos luminosos testigos del Evangelio. Alabémoslo con nuestra vida, y
procuremos imitar, con su gracia, los ejemplos de estos mártires.
Nos asista la Virgen María, Reina de los santos y Auxilio de los cristianos. Al
volver a vuestros países y a vuestras casas, llevad el recuerdo de estas
celebraciones solemnes, que os han hecho sentir la alegría de pertenecer a la
Iglesia una y santa, y llevad también a vuestros seres queridos la bendición
que el Papa os imparte con afecto.
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