Ilustres señores; gentiles señoras:
1. Al acogeros con ocasión de la celebración de vuestro jubileo, os doy a
cada uno mi cordial bienvenida, expresándoos mi gran aprecio por la alta función
con que estáis investidos. Saludo, en particular, al presidente de vuestra
asociación, el doctor Mario Cicala, y le agradezco las amables palabras que ha
querido dirigirme en vuestro nombre.
El jubileo, celebración del bimilenario del ingreso de Cristo en nuestra
historia, compromete a los hombres de nuestro tiempo interpelándolos sobre su
responsabilidad en el cumplimiento de las tareas que se les han confiado. Puesto
que "todas las actividades del hombre (...) deben ser purificadas y
llevadas a la perfección por la cruz y la resurrección de Cristo" (Gaudium
et spes, 37), los creyentes no pueden substraerse a la inspiración de este
acontecimiento, no sólo por lo que respecta a la esfera privada de sus
acciones, sino también en lo que atañe a los compromisos en las relaciones públicas.
2. Vosotros, por vocación libremente aceptada, os habéis puesto al
servicio de la justicia y, por eso, también al servicio de la paz. Los latinos
solían decir: "Opus iustitiae pax". No puede haber paz entre
los hombres sin justicia. Esta opus iustitiae, en la que se funda la paz,
se realiza dentro de un preciso marco ético-jurídico, y siempre se puede
mejorar. En efecto, incluso donde los derechos fundamentales del hombre, los
derechos inalienables que ningún ordenamiento puede violar, están codificados
en las leyes, queda siempre la posibilidad de una formulación jurídica más
acabada de los mismos y, sobre todo, de una mejor aplicación efectiva en el ámbito
concreto de la vida asociada. La historia muestra cuán arduo es el camino de la
civilización jurídica, a causa de las lentitudes culturales y, sobre todo, a
causa de las resistencias morales vinculadas al pecado del hombre, de las que
brotan insidias que pueden turbar las reglas y desestabilizar la paz. Basta
pensar en todas las iniciativas de personas y grupos organizados que, sin
contentarse con transgredir la ley, atentando contra la vida y los bienes de los
demás, tratan también de modificar el ordenamiento en función de sus propios
intereses, por encima de los principios éticos y de la consideración del bien
común. Así se mina en su raíz la convivencia segura y pacífica.
Por tanto, una civilización jurídica, un Estado de derecho y una democracia
digna de este nombre no sólo se caracterizan por una eficaz estructuración de
los ordenamientos, sino sobre todo por fundarse en las razones del bien común y
en los principios morales universales inscritos por Dios en el corazón del
hombre.
3. En este marco adquiere gran significado también la distinción de los
poderes típica del Estado democrático moderno, en el que el poder
judicial es paralelo a los poderes legislativo y ejecutivo, con una función
autónoma, protegida constitucionalmente. La relación equilibrada entre
los tres poderes, cada uno de los cuales actúa según sus competencias y
responsabilidades específicas, sin que uno prevarique jamás sobre el otro, es
garantía de un correcto desarrollo de la vida democrática (cf. Carta a los
obispos italianos, 6 de enero de 1994, n. 7).
A la magistratura compete hacer justicia, aplicando plenamente los derechos y
los deberes reconocidos y tutelando los intereses protegidos por la ley en el
marco de los valores éticos fundamentales, que en Italia, como sucede
normalmente en los Estados democráticos de nuestro tiempo, están reconocidos
en la Constitución y representan la base civil y moral de la convivencia
organizada.
4. Como bien sabéis, la misión del juez se realiza en el compromiso de
desvelar, en relación con el dictado de la ley, la verdad encerrada en el caso
concreto. En esta investigación el magistrado encuentra al "hombre",
criatura de Dios, con su dignidad de persona y con sus valores inalienables, que
ni el Estado ni las instituciones ni la magistratura ni el magistrado mismo
pueden menoscabar y, mucho menos, anular.
Las Constituciones de los Estados modernos, al definir las relaciones que deben
existir entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, garantizan a este
último la independencia necesaria en el ámbito de la ley. Pero esta
independencia es un valor al que debe corresponder, en el foro de la conciencia,
un vivo sentido de rectitud, y, en el ámbito de la búsqueda de la verdad, una
serena objetividad de juicio. La independencia de la magistratura jamás podrá
ejercerse descuidando los valores arraigados en la naturaleza del ser humano,
cuya dignidad inalienable y cuyo destino trascendente deben respetarse siempre.
En particular, el respeto de los derechos de la persona excluye el recurso a una
detención motivada sólo por el intento de obtener noticias significativas para
el proceso. La justicia, además, debe esforzarse por asegurar la rapidez de los
procesos: una duración excesiva de los mismos resulta intolerable para
los ciudadanos y termina por convertirse en una verdadera injusticia.
Asimismo, es de gran importancia que en su relación con los medios de
comunicación el magistrado guarde la debida reserva, para evitar el riesgo de
perjudicar el derecho que tienen los investigados a esa reserva, asegurando al
mismo tiempo con eficacia el respeto del principio de presunción de
inocencia.
5. La búsqueda de la verdad de los hechos y de las pruebas y la correcta
aplicación de las leyes son dos exigencias muy importantes de la función del
juez, y exigen ausencia total de prejuicios y constante compromiso de estudio y
profundización. Además, la reciente institución del juez monocrático aumenta
la responsabilidad de cada magistrado y lo estimula a realizar su trabajo cada
vez con mayor prontitud.
Por otra parte, es preciso afrontar un problema que se va delineando por el
hecho de que la actividad legislativa a veces tiene dificultad para seguir el
ritmo del desarrollo técnico-científico y de sus consiguientes implicaciones
sociales, de modo que la interpretación de la ley por parte de la
jurisprudencia va cobrando cada vez más el valor de fuente de derecho. En
muchos ambientes se reacciona con razón ante la idea de una suplencia de la
magistratura con respecto a las omisiones del poder legislativo, sobre todo
cuando están en juego la vida y la muerte del hombre, las biotecnologías, los
problemas que atañen a la moralidad pública, y los temas esenciales de la
libertad, la cual no puede degenerar nunca en el individualismo que no se
interesa por el bien común.
6. Por último, quisiera subrayar que está siempre en juego la relación
entre verdad y humanidad. La verdad que el juez está llamado a determinar no se
refiere únicamente a eventos y frías normas, sino al hombre concreto, marcado
quizá por incoherencias y debilidades, pero dotado siempre de la dignidad
insuprimible que deriva del hecho de que es imagen de Dios. También la sanción
penal, en su naturaleza y en su aplicación, debe garantizar la seguridad
social, tan justamente reclamada, sin ofender de ningún modo la dignidad del
hombre, amado por Dios y llamado a redimirse, si es culpable. La pena no debe
eliminar la esperanza de la redención.
Ilustres señores, gentiles señoras, al mismo tiempo que os renuevo mi estima
por vuestro trabajo tan valioso para el bien común, encomiendo vuestra
actividad a la protección constante de Dios. Que la Virgen María, luminoso
"Espejo de justicia", vele desde el cielo por vosotros que a lo largo
del camino hoy particularmente arriesgado de la justicia, habéis visto caer a
muchos de vuestros eminentes colegas, como vuestro presidente ha recordado
oportunamente.
Con este deseo, de buen grado os imparto, como signo de estima y afecto, una
especial bendición, que extiendo a todos vuestros seres queridos.
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