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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA UNIÓN "SANGUIS CHRISTI"
Y A DIVERSAS PEREGRINACIONES JUBILARES

Sábado 1 de julio de 2000



Amadísimos hermanos y hermanas: 


1. Me alegra encontrarme en este primer día del mes de julio, consagrado por la piedad cristiana a la meditación sobre "la sangre de Cristo, precio de nuestro rescate, prenda de salvación y de vida eterna" (Juan XXIII, Inde a primis, en:  AAS 52 [1960] 545-550), con todos vosotros, miembros de las familias religiosas masculinas y femeninas y de las asociaciones católicas dedicadas al culto de la preciosísima Sangre de Jesús. Al saludaros con afecto, os agradezco vuestra presencia. Saludo cordialmente al director provincial de los Misioneros de la Preciosísima Sangre y le agradezco las amables palabras que ha querido dirigirme también en vuestro nombre.

Hasta la reforma litúrgica promovida por el concilio Vaticano II, en este día se celebraba también litúrgicamente en toda la Iglesia católica el misterio de la Sangre de Cristo. Después, mi predecesor de venerada memoria el Papa Pablo VI unió el recuerdo de la Sangre de Cristo al de su Cuerpo en la solemnidad que ahora se llama precisamente del "Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo". En efecto, en toda celebración eucarística se hace presente, junto con el Cuerpo de Cristo, su Sangre preciosa, la Sangre de la nueva y eterna Alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados (cf. Mt 26, 27).

2. Amadísimos hermanos y hermanas, ¡es grande el misterio de la Sangre de Cristo! Desde los albores del cristianismo, ha conquistado la mente y el corazón de tantos cristianos y, particularmente, de vuestros santos fundadores y fundadoras, que hicieron de él el distintivo de vuestras congregaciones y asociaciones. El Año jubilar da nuevo impulso a una devoción tan significativa. En efecto, al celebrar a Cristo en el bimilenario de su nacimiento, también estamos invitados a contemplarlo y adorarlo en la humanidad santísima asumida en el seno de María y unida hipostáticamente a la Persona divina del Verbo. Si la Sangre de Cristo es fuente preciosa de salvación para el mundo, se debe precisamente a su pertenencia al Verbo, que se hizo carne para nuestra salvación.

El signo de la "sangre derramada", como expresión de la vida entregada de modo cruento para testimoniar el amor supremo, es un acto de condescendencia divina con nuestra condición humana. Dios ha elegido el signo de la sangre, porque ningún otro signo es tan elocuente para indicar la participación total de la persona.

El misterio de esta entrega tiene su fuente en la voluntad salvífica del Padre celestial y su realización en la obediencia filial de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, a través de la obra del Espíritu Santo. Por esta razón, la historia de nuestra salvación lleva en sí la impronta y el sello indeleble del amor trinitario.

3. Ante esta maravillosa obra divina todos los fieles se unen a vosotros, queridos hermanos y hermanas, para elevar himnos de alabanza al Dios uno y trino por el signo de la Sangre preciosa de Cristo. Pero además de la confesión de los labios debe darse el testimonio de la vida, según la exhortación que nos dirige la carta a los Hebreos:  "Teniendo, pues, hermanos, plena libertad para entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, (...) fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras" (Hb 10, 19. 24).

Muchas son las "buenas obras" que nos inspira la meditación del sacrificio de Cristo. En efecto, nos impulsa a una entrega total de nuestra vida por Dios y por nuestros hermanos, usque ad effusionem sanguinis, como han hecho tantos mártires. ¡Cómo no reconocer siempre el valor de todo ser humano, cuando Cristo derramó su sangre por todos y cada uno, sin distinción! La meditación de este misterio nos impulsa, en particular, hacia cuantos podrían ser aliviados de sus sufrimientos morales y físicos y que, en cambio, languidecen marginados por una sociedad de la opulencia y la indiferencia. Desde esta perspectiva, se aprecia en toda su nobleza el servicio que prestáis vosotros, miembros del AVIS. Os saludo cordialmente a vosotros y, en particular, a vuestro presidente, a quien agradezco las palabras que me ha dirigido. No os limitáis a dar algo que os pertenece; dais algo de vosotros mismos. ¿Hay algo más personal que la propia sangre? A la luz de Cristo, la donación de este elemento vital al hermano adquiere un valor que trasciende el horizonte simplemente humano. Por eso, a vosotros, miembros del AVIS, os expreso mi estima y mi aliento.

4. Deseo dirigir ahora mi saludo cordial a los peregrinos de la diócesis de Bérgamo, encabezados por su obispo, monseñor Roberto Amadei, a quien agradezco los sentimientos expresados en su cordial discurso. Queridos hermanos, con esta visita queréis manifestar vuestro afecto y vuestra cercanía al Sucesor de Pedro. ¡Gracias de corazón! A lo largo de los siglos vuestra Iglesia ha mantenido vínculos de comunión muy estrechos con la Sede apostólica. ¡Cómo no recordar, en esta circunstancia, a vuestro paisano y predecesor mío, el Papa Juan XXIII, que está a punto de ser inscrito en el catálogo de los beatos! Que el camino de oración y meditación que os lleva a los lugares jubilares sea para vosotros, queridos hermanos, ocasión de reafirmar vuestra adhesión convencida a Cristo, "Puerta santa" para entrar en el reino del Padre. Al volver a vuestros hogares, llevad el saludo y el aliento del Papa a los sacerdotes, a los consagrados, a las consagradas y a todos los hermanos y hermanas en la fe. Quiera Dios que el Año santo os estimule a cada uno a reavivar la fe y proseguir el compromiso en favor de la nueva evangelización, confirmado y sostenido por la caridad.

5. Por último, saludo a los fieles de Santa María de la Victoria, de Montebelluna; de San Bernardino, de Tordandrea de Asís; y de San Juan Bautista, de Acconia de Curinga, así como al instituto "Beata María De Mattias", de Frosinone, y a la comunidad de la Pequeña Casa de Aversa.

Queridos hermanos, que la celebración del bimilenario de la encarnación del Hijo de Dios os encuentre vigilantes en la fe, firmes en la esperanza y fervorosos en la caridad. Cristo pasa también hoy al lado de cada uno para ofrecerle el don de la infinita misericordia de Dios. Sed también vosotros ricos en esta misericordia, como nuestro Padre que está en el cielo.

Con estos sentimientos y en el amor de Cristo, que nos "ha rociado con su sangre" (cf. 1 P 1, 2), os bendigo a todos de corazón.

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