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DISCURSO
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO INTERNACIONAL
ORGANIZADO POR LA ASOCIACIÓN DE MÉDICOS CATÓLICOS ITALIANOS
Viernes
7 de julio
1. Os doy mi cordial bienvenida a todos vosotros, amadísimos médicos
católicos, que habéis venido a Roma junto con vuestros familiares para
participar en el congreso internacional organizado por la "Asociación de
médicos católicos italianos", la "Federación europea de
asociaciones de médicos católicos" y la "Federación internacional
de asociaciones de médicos católicos". El objetivo principal de vuestro
encuentro en la ciudad eterna es celebrar vuestro jubileo. Os deseo de corazón
que, fortalecidos por esta provechosa actividad espiritual, con valentía deis
nuevo impulso a vuestro testimonio evangélico en el sector tan importante de
la medicina y de la actividad sanitaria.
Os saludo a todos con afecto, comenzando por el cardenal Dionigi Tettamanzi,
arzobispo de Génova, y por los profesores Domenico Di Virgilio, Paul
Deschepper y Gian Luigi Gigli, presidentes respectivamente de las
instituciones antes mencionadas. Saludo, asimismo, a los sacerdotes Feytor
Pinto y Valentin Pozaic, así como a los asistentes eclesiásticos presentes.
Mi saludo se extiende a monseñor Javier Lozano Barragán, presidente del
Consejo pontificio para la pastoral de la salud, organismo al que he confiado
la tarea de impulsar y promover la obra de formación, estudio y acción
realizada por la "Federación internacional de asociaciones de médicos
católicos", especialmente en el marco del Año jubilar.
Por último, doy las gracias de modo particular al profesor Domenico Di
Virgilio, que ha interpretado muy bien vuestros sentimientos comunes,
expresando vuestra fiel adhesión a la Cátedra de Pedro.
2. El tema que habéis elegido para vuestro congreso -Medicina y
derechos del hombre- es muy importante no sólo porque manifiesta el
esfuerzo cultural de conjugar el progreso de la medicina con las exigencias éticas
y jurídicas de la persona humana, sino también porque reviste gran
actualidad a causa de las violaciones efectivas o potenciales del derecho
fundamental a la vida, en el que se basan todos los demás derechos de la
persona.
Con la actividad que realizáis, prestáis día a día un noble servicio a la
vida. Vuestra misión de médicos os pone a diario en contacto con la
misteriosa y estupenda realidad de la vida humana, impulsándoos a interesaros
por los sufrimientos y las esperanzas de muchos hermanos y hermanas.
Perseverad en vuestra generosa entrega, asistiendo de modo particular a los
ancianos, a los enfermos y a los discapacitados.
Comprobáis que en vuestra profesión no bastan la asistencia médica y los
servicios técnicos, aunque se realicen con profesionalidad ejemplar. Es
preciso ofrecer al enfermo también la especial medicina espiritual que
consiste en el calor de un auténtico contacto humano. Ese contacto puede
devolver al paciente el amor a la vida, estimulándolo a luchar por ella, con
un esfuerzo interior que a veces resulta decisivo para su curación.
Hay que ayudar al enfermo a recuperar no sólo el bienestar físico, sino
también el psicológico y moral. Esto supone en el médico, además de
competencia profesional, una actitud de solicitud amorosa, inspirada en la
imagen evangélica del buen samaritano. El médico católico está llamado a
testimoniar a toda persona que sufre los valores superiores, fundados sólidamente
en la fe.
3. Queridos médicos católicos, sabéis muy bien que vuestra misión
imprescindible consiste en defender, promover y amar la vida de cada ser
humano, desde su comienzo hasta su ocaso natural. Hoy, por desgracia, vivimos
en una sociedad donde a menudo dominan no sólo una cultura abortista, que
lleva a la violación del derecho fundamental a la vida del concebido, sino
también una concepción de la autonomía humana, que se expresa en la
reivindicación de la eutanasia como autoliberación de una situación que,
por diversos motivos, ha llegado a ser penosa.
Sabéis que al católico jamás le es lícito hacerse cómplice de un presunto
derecho al aborto o a la eutanasia. La legislación favorable a semejantes crímenes,
al ser intrínsecamente inmoral, no puede constituir un imperativo moral para
el médico, que podrá recurrir lícitamente a la objeción de conciencia. El
gran progreso logrado durante estos años en los cuidados paliativos del dolor
permite resolver de modo adecuado las situaciones difíciles de los enfermos
terminales.
Toda persona verdaderamente respetuosa de los derechos del ser humano ha de
afrontar con valentía las múltiples y preocupantes formas de atentado contra
la salud y la vida. Pienso en las destrucciones, en los sufrimientos y en las
muertes que afligen a poblaciones enteras a causa de conflictos y guerras
fratricidas. Pienso en las epidemias y enfermedades que se registran entre las
poblaciones forzadas a abandonar sus tierras para huir hacia un destino
desconocido. ¡Cómo permanecer indiferentes ante tantas escenas conmovedoras
de niños y ancianos que viven situaciones insoportables de malestar y
sufrimiento, sobre todo cuando se les niega incluso el derecho fundamental a
la asistencia sanitaria!
Es un amplio campo de acción que se abre ante vosotros, queridos médicos católicos,
y expreso mi profunda estima a cuantos de entre vosotros deciden valientemente
dedicar un poco de su tiempo a quienes se encuentran en condiciones tan duras.
La cooperación misionera en el campo sanitario siempre ha sido muy apreciada
y deseo de corazón que se intensifique ulteriormente este generoso servicio a
la humanidad que sufre.
4. Por desgracia, numerosos hombres y mujeres, especialmente en los países
más pobres, al entrar en el tercer milenio, siguen sin tener acceso a
servicios sanitarios y a medicinas esenciales para curarse. Muchos hermanos y
hermanas mueren diariamente de malaria, lepra, sida, a veces en medio de la
indiferencia general de quienes podrían o deberían prestarles ayuda. Ojalá
que vuestro corazón sea sensible a este clamor silencioso. Queridos miembros
de las asociaciones de médicos católicos, vuestra tarea consiste en trabajar
a fin de que el derecho primario a lo que es necesario para el cuidado de la
salud y, por tanto, a una adecuada asistencia sanitaria, sea efectivo para
todos los hombres, prescindiendo de su posición social y económica.
Entre vosotros se encuentran investigadores de las ciencias biomédicas, las
cuales, por su misma naturaleza, están destinadas a progresar, a
desarrollarse y a mejorar las condiciones de salud y de vida de la humanidad.
También a ellos les dirijo una apremiante exhortación a dar generosamente su
contribución para asegurar a la humanidad condiciones mejores de salud,
respetando siempre la dignidad y el carácter sagrado de la vida. En efecto,
no todo lo científicamente factible es siempre moralmente aceptable.
Al volver a vuestras naciones respectivas, sentid el deseo de proseguir, con
nuevo impulso, vuestra actividad de formación y actualización, no sólo en
las disciplinas relativas a vuestra profesión, sino también en la teología
y la bioética. Es muy importante, particularmente en las naciones donde viven
Iglesias jóvenes, cuidar la formación profesional y ético-espiritual de los
médicos y del personal sanitario, el cual afronta a menudo graves emergencias
que exigen competencia profesional y adecuada preparación en el campo moral y
religioso.
5. Amadísimos médicos católicos, vuestro congreso se ha insertado
providencialmente en el marco del jubileo, tiempo favorable para la conversión
personal a Cristo y para abrir el corazón a los necesitados. Quiera Dios que
la celebración jubilar os deje como fruto una mayor atención al prójimo,
una generosa comunión de conocimientos y experiencias, y un auténtico espíritu
de solidaridad y caridad cristiana.
Que la Virgen santísima, Salus infirmorum, os asista en vuestra
compleja y necesaria misión. Os sirva de ejemplo san José Moscati, para que
no os falte jamás la fuerza de testimoniar con coherencia, con total honradez
y con absoluta rectitud el "evangelio de la vida".
Al tiempo que os agradezco una vez más vuestra visita, invoco la constante
benevolencia del Señor sobre vosotros, sobre vuestros familiares y sobre
cuantos están confiados a vuestro cuidado, y os imparto a todos de corazón
una especial bendición apostólica.
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