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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A DIVERSOS GRUPOS DE PEREGRINOS


Sábado 8 de julio

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. El deseo de hacer más rico el Año santo, que ya estáis viviendo en vuestros respectivos lugares de proveniencia, os ha traído a Roma para realizar vuestra peregrinación jubilar y reafirmar vuestra comunión con el Sucesor de Pedro. ¡Bienvenidos! Os acojo a todos con alegría y saludo a cada uno con sentimientos de afecto.

Dirijo un saludo particular a los Clérigos Regulares de San Pablo (barnabitas) y a los padres de la orden basiliana, aquí presentes con ocasión de sus respectivos capítulos generales. Saludo también a los fieles de la parroquia de San Mateo en Agerola (Nápoles); a los frailes capuchinos del convento de Cágliari; a los religiosos agustinos, delegados de la comisión "Justicia y paz" de su orden. Extiendo mi saludo a todos los que se han unido a nosotros en este encuentro.

Queridos hermanos, sabéis bien que la Iglesia está viviendo un tiempo santo, una ocasión propicia para renovarse a la luz de Cristo, el Verbo de Dios que se hizo carne hace dos mil años. En este período providencial, los creyentes están invitados a aprovechar con mayor abundancia los tesoros de misericordia que el Señor da a su Esposa. Durante el jubileo, tiempo de gracia y de misericordia, cada uno está llamado a responder a la voz de Dios mediante un serio examen de conciencia, un esfuerzo de purificación y penitencia, y una oración más intensa.

En efecto, el Año santo nos acerca aún más a la que siempre ha sido la fuente fresca en la que la Iglesia sacia su sed con confianza:  la palabra de Dios, interpretada en los hechos y en las palabras por la liturgia, por los concilios, por los Santos Padres y por los santos. De este fundamento aprende que el manantial principal de la unidad de los creyentes en Cristo es la santísima Trinidad (cf. Lumen gentium, 1-8). Que el año 2000 siga siendo un himno de gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

2. Al Dios uno y trino la Iglesia se acerca solamente mediante Cristo, único camino y verdadera Puerta santa que la introduce en el misterio de la vida divina. Cada uno está invitado a atravesar ese umbral, puesto que "esta es la puerta del Señor, los vencedores entrarán por ella" (Sal 118, 20).

Cristo se hizo cargo de nuestras fragilidades y de nuestra caducidad para elevarnos a la dignidad de hijos del Padre celestial. Mediante su sangre derramada en la cruz nos abrió nuevamente el cielo, que había quedado cerrado por el pecado y la mentira. Dios escogió este signo elocuente para confirmarnos que está plenamente comprometido en la historia humana. En este mes de julio, la liturgia nos recuerda de modo particular que Cristo "rescató para Dios con su sangre a hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación" (Ap 5, 9). A cuantos laven sus vestidos blanqueándolos con la sangre del Cordero (cf. Ap 7, 14), se les dará la vida en abundancia.

Queridos consagrados, siguiendo las huellas de Cristo, Siervo obediente, estad siempre dispuestos a acoger con alegría el designio de Dios sobre vosotros, testimoniando que el Amor es capaz de colmar el corazón de la persona humana. Vuestra consagración expresa la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con su único Esposo.
Queridos fieles laicos, que en todas vuestras actividades y en todos vuestros compromisos concretos se refleje vuestra dignidad de hijos de Dios. Que en vuestros quehaceres, en el trabajo, en la dedicación a la familia, en la educación de los hijos, en el servicio social y político, en el ámbito de la cultura y de la información, resplandezca vuestro continuo ejercicio de la fe, la esperanza y la caridad.

3. Doy cordialmente la bienvenida a los peregrinos venidos de Santiago de Compostela, acompañados por su arzobispo, mons. Julián Barrio Barrio, al que saludo con afecto fraterno.
Vosotros, que habéis celebrado recientemente el Año santo compostelano, conocéis bien la riqueza que Dios derrama en las celebraciones jubilares. Os deseo que la recibáis con gozo al pasar la Puerta santa en este gran jubileo, para que vuestros corazones y comunidades se abran a la vida nueva que es Cristo, y con él, que es fuente de vida y esperanza, la Iglesia de Santiago refuerce su fe, su fidelidad y su vigor apostólico ante los desafíos del tercer milenio.
Llevad con vosotros la gracia y la misericordia divina, haciéndola llegar a vuestros pueblos y familias. Llevadles también el saludo afectuoso del Papa y la bendición que ahora os imparto de todo corazón.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, os deseo que esta peregrinación deje en vuestro corazón signos eficaces de justicia y caridad en el Señor. En este itinerario podréis acercaros al sacramento de la penitencia y de la reconciliación; alimentaros en la mesa de la Eucaristía; y visitar las tumbas de los Apóstoles. Ojalá que sean momentos intensos de comunión con Dios. Al volver a vuestra casa, sentíos impulsados en la caridad y en las obras buenas, participando en la vida de la comunidad, exhortándoos mutuamente a la esperanza (cf. Hb 10, 23-24), cada uno en su respectivo estado de vida.

Con estos sentimientos, invoco sobre vosotros la materna protección de María, Madre del Señor, y de gran corazón os bendigo a todos.

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