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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PARTICIPANTES EN EL VII CONGRESO INTERNACIONAL DE LOS INSTITUTOS
SECULARES
Castelgandolfo, 28 de agosto de 2000
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra acogeros con ocasión de vuestro congreso, que de la actual
celebración jubilar recibe una orientación y un estímulo particulares. Os
saludo a todos con gran cordialidad, y dirijo un saludo especial al cardenal
Eduardo Martínez Somalo, prefecto de la Congregación para los institutos de
vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, que ha interpretado con
vigor vuestros sentimientos.
En el año del gran jubileo la Iglesia invita a todos los seglares, pero de
manera especial a los miembros de los institutos seculares, a comprometerse en
la animación evangélica y en el testimonio cristiano dentro de las realidades
seculares. Como dije durante nuestro encuentro con ocasión del 50° aniversario
de la Provida Mater Ecclesia, os halláis, por vocación y misión, en la
encrucijada entre la iniciativa de Dios y la espera de la creación: la
iniciativa de Dios, que lleváis al mundo mediante el amor y la unión íntima
con Cristo; la espera de la creación, que compartís en la condición diaria y
secular de vuestros semejantes (cf. n. 5: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 7 de septiembre de 1997, p. 6). Por eso, como
seglares consagrados, debéis vivir con conciencia activa las realidades de
vuestro tiempo, porque el seguimiento de Cristo, que da sentido a vuestra vida,
os compromete seriamente frente al mundo que estáis llamados a transformar según
el proyecto de Dios.
2. Vuestro congreso mundial centra su atención en el tema de la formación
de los miembros de los institutos seculares. Es preciso que siempre sean capaces
de discernir la voluntad de Dios y los caminos de la nueva evangelización en
cada momento de la historia, en la complejidad y en la mutabilidad de los signos
de los tiempos.
En la exhortación apostólica Christifideles laici dediqué amplio
espacio al tema de la formación de los cristianos en sus responsabilidades históricas
y seculares, así como en su colaboración directa en la edificación de la
comunidad cristiana; e indiqué las fuentes indispensables de esa formación:
"La escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la Iglesia, la oración
filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa dirección espiritual,
la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos y, al mismo tiempo, de
las diversas situaciones sociales e históricas en las que se está
inmerso" (n. 58).
Así pues, la formación atañe de modo global a toda la vida del consagrado. Se
vale también de los análisis y las reflexiones de los expertos en sociología
y en las demás ciencias humanas, pero no puede descuidar, como su centro vital
y como criterio de valoración cristiana de los fenómenos históricos, la
dimensión espiritual, teológica y sapiencial de la vida de fe, que proporciona
las claves últimas y decisivas para la lectura de la actual condición humana y
para la elección de las prioridades y de los estilos de un testimonio auténtico.
La mirada que dirigimos a las realidades del mundo contemporáneo y que ojalá
esté siempre llena de la compasión y de la misericordia que nos ha enseñado
nuestro Señor Jesucristo, no se limita a percibir errores y peligros.
Ciertamente, no puede ignorar también los aspectos negativos y problemáticos,
pero inmediatamente trata de descubrir caminos de esperanza e indicar
perspectivas de intenso compromiso con vistas a la
promoción integral de la persona, a su liberación y a la
plenitud de su felicidad.
3. En el corazón de un mundo que cambia, en el que persisten y se agravan
injusticias y sufrimientos inauditos, estáis llamados a realizar una lectura
cristiana de los hechos y de los fenómenos históricos y culturales. En
particular, debéis ser portadores de luz y esperanza en la sociedad actual. No
os dejéis engañar por optimismos ingenuos; por el contrario, seguid siendo
testigos fieles de un Dios que ciertamente ama a esta humanidad y le ofrece la
gracia necesaria para que pueda trabajar eficazmente en la construcción de un
mundo mejor, más justo y más respetuoso de la dignidad de todo ser humano. El
desafío que la cultura contemporánea plantea a la fe es precisamente este:
abandonar la fácil inclinación a pintar escenarios oscuros y negativos, para
trazar posibles vías, no ilusorias, de redención, liberación y esperanza.
Vuestra experiencia de consagrados en la condición secular os muestra que no
hay que esperar la llegada de un mundo mejor sólo en virtud de opciones que
provienen de grandes responsabilidades y de grandes instituciones. La gracia del
Señor, capaz de salvar y redimir también esta época de la historia, nace y
crece en el corazón de los creyentes, que acogen, secundan y favorecen la
iniciativa de Dios en la historia y la hacen crecer desde abajo y desde dentro
de las vidas humanas sencillas que, de esa manera, se convierten en las
verdaderas artífices del cambio y de la salvación. Basta pensar en la acción
realizada en este sentido por innumerables santos y santas, incluidos los que la
Iglesia no ha declarado oficialmente como tales, los cuales han marcado
profundamente la época en que han vivido, aportándole valores y energías de
bien, cuya importancia no perciben los instrumentos de análisis social, pero
que es patente a los ojos de Dios y a la ponderada reflexión de los creyentes.
4. La formación para el discernimiento no puede descuidar el fundamento de
todo proyecto humano, que es y sigue siendo Jesucristo. La misión de los
institutos seculares consiste en "introducir en la sociedad las energías
nuevas del reino de Cristo, buscando transfigurar el mundo desde dentro con la
fuerza de las bienaventuranzas" (Vita consecrata, 10). De esta
manera, la fe de los discípulos se convierte en alma del mundo, según la feliz
imagen de la Carta a Diogneto, y produce una renovación cultural y social para
beneficio de la humanidad. Cuanto más alejada esté y más ajena sea la
humanidad al mensaje evangélico, con tanta mayor fuerza y persuasión deberá
resonar el anuncio de la verdad de Cristo y del hombre redimido por él.
Ciertamente, habrá que prestar siempre atención a las modalidades de este
anuncio, para que la humanidad no lo perciba como una intromisión o una
imposición por parte de los creyentes. Al contrario, nuestra tarea consiste en
mostrar cada vez más claramente que la Iglesia, portadora de la misión de
Cristo, se interesa por el hombre con amor. Y no lo hace por la humanidad en
abstracto, sino por el hombre concreto e histórico, convencida de que "ese
hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento
de su misión, (...) camino trazado por Cristo mismo, camino que
inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención"
(Redemptor hominis, 14; cf. Centesimus annus, 53).
5. Queridos responsables y miembros de los institutos seculares, con estas
certezas se ha de alimentar vuestra formación inicial y permanente, que
producirá abundantes frutos en la medida en que sigáis acudiendo al tesoro
inagotable de la Revelación, leído y proclamado con sabiduría y amor por la
Iglesia.
A María, Estrella de la evangelización, icono inigualable de la Iglesia, le
encomiendo vuestro itinerario por los caminos del mundo. Que ella os acompañe y
que su intercesión haga fecundos los trabajos de vuestro congreso y suscite
fervor y nuevo impulso apostólico en las instituciones que representáis aquí,
para que el acontecimiento jubilar marque el comienzo de un nuevo Pentecostés y
de una profunda renovación interior.
Con estos deseos, os imparto a todos, como prenda de mi constante afecto, la
bendición apostólica.
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