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AUDIENCIA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PEREGRINOS QUE ACUDIERON
A LA BEATIFICACIÓN DE 5 SIERVOS DE DIOS

Lunes 4 de septiembre

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Con gran alegría me encuentro nuevamente con vosotros, al día siguiente de la solemne beatificación de los Papas Pío IX y Juan XXIII, del obispo Tomás Reggio, del sacerdote Guillermo José Chaminade y del benedictino Columba Marmion.

Os dirijo mi cordial saludo a todos vosotros, que estáis unidos a los nuevos beatos por un afecto y una devoción especiales, y os agradezco vuestra presencia y vuestra activa participación. Saludo, en particular, al cardenal Angelo Sodano, mi secretario de Estado, que acaba de celebrar la santa misa en honor de los nuevos beatos. Saludo también a los cardenales y obispos presentes, así como a las demás autoridades religiosas y civiles.

2. Ayer fueron propuestos a la veneración de todos los fieles dos Pontífices, que han marcado la historia de los últimos siglos:  Pío IX, que guió la barca de Pedro en medio de violentas tempestades durante casi treinta y dos años; y Juan XXIII, que en su breve pontificado convocó un concilio ecuménico de extraordinaria importancia para la historia de la Iglesia.

Pío IX era querido por la gente por su bondad paterna:  solía predicar como un simple sacerdote, administrar los sacramentos en las iglesias y en los hospitales, y encontrarse con el pueblo romano por las calles de la ciudad. El mundo no siempre lo comprendió:  a los "elogios" del inicio siguieron muy pronto acusaciones, ataques y calumnias. Pero él siempre se mostró indulgente con sus enemigos. Su espíritu de pobreza, su fe en Dios y su abandono a la Providencia, junto con su gran sentido del humor, le ayudaron a superar también los momentos más difíciles. "Mi política -solía decir- es:  Padre nuestro que estás en el cielo", indicando así que su guía en las opciones de vida y en el gobierno de la Iglesia era Dios, en quien tenía puesta toda su confianza. También se abandonó filialmente a la Virgen María, cuya Inmaculada Concepción definió como dogma.

Me agrada, asimismo, recordar que Pío IX se preocupó particularmente por Tierra Santa, donde quiso restablecer el patriarcado latino de Jerusalén. Para sostenerlo, refundó la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén. Mientras pienso con afecto y gratitud en los Santos Lugares y en las personas con las que me encontré durante mi reciente peregrinación a Tierra Santa, saludo a la delegación encabezada por el patriarca latino de Jerusalén, Michel Sabbah, y a todos renuevo los sentimientos de mi cercanía espiritual. En particular, deseo saludar a los obispos y a los fieles que han venido de Las Marcas y, en especial, de Senigallia e Ímola.

3. Entre los devotos del nuevo beato Pío IX destaca uno de sus sucesores, el Papa Juan XXIII, que deseaba, como él mismo escribió, verlo elevado al honor de los altares. El Papa Juan, además de las virtudes cristianas, tenía un profundo conocimiento de la humanidad con sus luces y sombras. Para ello, su pasión por la historia, cultivada a lo largo de mucho tiempo, le resultó de gran ayuda.

Angelo Giuseppe Roncalli asimiló en su ambiente familiar los rasgos fundamentales de su personalidad. "Las pocas cosas que he aprendido de vosotros en casa -escribió a sus padres- son aún las más valiosas e importantes, y sostienen y dan vida y calor a las muchas cosas que he aprendido después". Cuanto más avanzaba en la vida y en la santidad, tanto más conquistaba a todos con su sabia sencillez.

En su célebre encíclica Pacem in terris propuso a creyentes y no creyentes el Evangelio como camino para llegar al bien fundamental de la paz. En efecto, estaba convencido de que el Espíritu de Dios hace oír de algún modo su voz a todo hombre de buena voluntad. No se turbó ante las pruebas, sino que supo mirar siempre con optimismo las diversas vicisitudes de la existencia. "Basta la preocupación por el presente; no es necesario tener fantasía y ansiedad por la construcción del futuro". Así escribió en 1961 en el Diario del alma.

Al dirigiros mi saludo a cuantos habéis venido especialmente de Bérgamo y de Venecia, con el cardenal Cé y el obispo Amadei, deseo que el ejemplo del Papa Juan os impulse a confiar siempre en el Señor, que guía a sus hijos por los caminos de la historia.

4. Me dirijo ahora a vosotros, fieles de Génova, de Ventimiglia y de toda la Liguria, y a vosotras, Religiosas de Santa Marta, para recordaros la luminosa figura del obispo Tomás Reggio. En la segunda mitad del siglo pasado fue formador en los seminarios de Génova y Chiávari, y periodista, promoviendo el primer diario católico genovés. Pero la Providencia quiso que fuera pastor, y fue llamado a gobernar la diócesis de Ventimiglia; después, precisamente cuando, a causa de su edad, presentó su renuncia al cargo, el Papa le confió la archidiócesis de Génova.

Su vida fue muy dinámica, pero el secreto de tanta actividad fue siempre una profunda comunión con Dios:  "Soy eclesiástico -escribió-; es necesario que sea santo (...). Por eso, emplearé todos los medios para lograrlo. Cueste lo que cueste, tengo que llegar a serlo...". Propuso este ideal de santidad a todas las clases de fieles:  laicos, sacerdotes y personas consagradas, y, de modo particular, a sus religiosas. Hoy, como beato, lo propone a todos, ofreciendo desde el cielo su intercesión.

5. Os saludo cordialmente a vosotros, que habéis venido a Roma para la beatificación del padre Guillermo José Chaminade, y especialmente a los que venís de la región del suroeste de Francia, donde se formó y comenzó su vida pastoral y misionera.

Dirijo un saludo particular a los miembros de las congregaciones y a toda la familia marianista. Queridos jóvenes, en el padre Chaminade tenéis un ejemplo de vida cristiana, que lleva a una vida plena y a la felicidad prometida por el Señor. Todos vosotros, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que vivís el carisma del padre Chaminade, aportad vuestro dinamismo a la Iglesia y sed levadura del Reino en el mundo. La personalidad y la acción del nuevo beato, que deseaba realizar plenamente la obra de Dios, invita a todos los fieles a una formación catequística seria, para desarrollar y fortalecer su vida espiritual, profundizando cada vez más en su encuentro con Cristo, en particular mediante la vida sacramental, en el seno de su comunidad cristiana. Ojalá que, imitando al nuevo beato, os dirijáis sin cesar a María, Madre de los cristianos, Madre de los discípulos de su Hijo.

6. Os dirijo mi cordial saludo a vosotros, que habéis venido a Roma para la beatificación de dom Columba Marmion, particularmente a los miembros y a los amigos de la gran familia benedictina, que provienen de Irlanda, de Bélgica y de otros países. Mi pensamiento va también a los religiosos de la abadía de Maredsous, de la que el padre Columba fue abad y donde ejerció con celo su ministerio de guía espiritual al servicio de su comunidad y, en especial, mediante sus escritos, al servicio de numerosos sacerdotes, religiosos y laicos.

Doy mi cordial bienvenida a los peregrinos de lengua inglesa que han venido para la beatificación de dom Columba Marmion. Esta beatificación atrae la atención hacia el lugar especial que ocupa la vida monástica en la Iglesia, de la que Irlanda, tierra nativa de Marmion, posee una larga y rica tradición. Con el gran espíritu benedictino, el beato Columba, contemplativo y apóstol, fue maestro excepcional de vida interior, basada en la meditación de la palabra de Dios, la celebración de la liturgia y la oración personal.

Quiera Dios que el beato Columba Marmion nos ayude a todos a vivir la vida cristiana cada vez con mayor intensidad y a comprender de forma cada vez más profunda nuestra condición de miembros de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo. Que Dios os bendiga a todos.

7. Amadísimos hermanos y hermanas, el Año jubilar nos invita a todos a realizar una peregrinación hacia Cristo, peregrinación que los nuevos beatos llevaron a cabo con empeño y fatiga, pasando por la "puerta estrecha", que es Cristo. Precisamente por eso, ahora comparten su gloria. Impulsados por su ejemplo y con la ayuda de su intercesión, apresuremos también nosotros el paso hacia la patria celestial.

Con este fin, invoco sobre cada uno la protección materna de María santísima y de los nuevos beatos, a la vez que os bendigo a todos de corazón.
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