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AUDIENCIA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO
DE LAS FAMILIAS ADOPTIVAS ORGANIZADO
POR LAS MISIONERAS DE LA CARIDAD
 
Martes 5 de septiembre de 2000

   

Señor cardenal Laghi,
amadísimos Misioneros y Misioneras de la Caridad,
padres y muchachos de las familias adoptivas,
amigos y colaboradores de la obra de la madre Teresa de Calcuta: 


1. Me alegra encontrarme con vosotros en tan gran número, y agradezco a sor Mary Simon las amables palabras que me ha dirigido, interpretando vuestros sentimientos.

Habéis querido celebrar vuestro jubileo en la jornada que coincide con el tercer aniversario de la muerte de la madre Teresa. Es un modo muy significativo de expresar vuestra voluntad de seguir a Cristo, tras las huellas de esta singular hija de la Iglesia, que se gastó totalmente por la caridad. ¿Cómo olvidarla? Con el paso de los años, su recuerdo se mantiene más vivo que nunca. La recordamos con su sonrisa, sus ojos profundos, su rosario. Nos parece verla aún en camino por el mundo en busca de los más pobres entre los pobres, siempre dispuesta a abrir nuevos espacios de caridad, acogedora con todos como una verdadera madre.

2. Llamar "madre" a una religiosa es más bien habitual. Pero este apelativo tenía para la madre Teresa una intensidad especial. Se reconoce a una madre por su capacidad de entrega. Observar a la madre Teresa en su trato, en sus actitudes, en su modo de ser, ayudaba a comprender qué significaba para ella, más allá de la dimensión puramente física, ser madre; ayudaba a ir a la raíz espiritual de la maternidad.

Sabemos bien cuál era su secreto:  rebosaba de Cristo, y, por eso, miraba a todos con los ojos y con el corazón de Cristo. Había tomado muy en serio sus palabras:  "Tuve hambre y me disteis de comer..." (Mt 25, 35). Por esta razón, no le costaba "adoptar" como hijos a sus pobres. Su amor era concreto, emprendedor; la impulsaba a donde pocos tenían la valentía de ir, a donde la miseria era tan grande que daba miedo.

No sorprende el hecho de que los hombres de nuestro tiempo se hayan sentido fascinados por ella, que encarnó el amor que Jesús indicó como signo distintivo de sus discípulos:  "La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros" (Jn 13, 35).

3. Entre las obras que nacieron del corazón de la madre Teresa, una de las más significativas es el movimiento para las adopciones. Por eso hoy están aquí tantas familias adoptivas.
Os saludo con afecto, queridos padres y muchachos. Me alegro por este encuentro, que me permite reflexionar con vosotros sobre el camino que estáis recorriendo. Adoptar a un niño es una gran obra de amor. Cuando se realiza, se da mucho, pero también se recibe mucho. Es un verdadero intercambio de dones.

Por desgracia, nuestro tiempo conoce, también en este ámbito, muchas contradicciones. Así como hay numerosos niños que, por la muerte o la inhabilidad de sus padres, se quedan sin familia, así también hay muchas parejas que deciden no tener hijos por motivos a menudo egoístas. Algunas se desaniman por las dificultades económicas, sociales o burocráticas. Otras, incluso, por el deseo de tener un hijo "propio" a toda costa, van más allá de la ayuda legítima que la ciencia médica puede prestar a la procreación, recurriendo a prácticas moralmente reprensibles. Acerca de estas tendencias, es preciso reafirmar que las indicaciones de la ley moral no se reducen a principios abstractos, sino que tutelan el verdadero bien del hombre y, en este caso, el bien del niño, frente al interés de los mismos padres.

Como alternativa a esas prácticas discutibles, la existencia misma de muchos niños sin familia sugiere la adopción como un camino concreto del amor. Familias como las vuestras están aquí para decir que este es un camino posible y hermoso, aunque con sus dificultades; un camino, además, hoy más transitable que ayer, en la era de la globalización, que acorta todas las distancias.

4. Adoptar niños, sintiéndolos y tratándolos como verdaderos hijos, significa reconocer que la relación entre padres e hijos no se mide únicamente con parámetros genéticos. El amor que engendra es, ante todo, entrega de sí. Hay una "generación" que se realiza a través de la acogida, la solicitud y la entrega. La relación que nace es tan íntima y duradera, que no es en absoluto inferior a la fundada en la pertenencia biológica. Cuando, como sucede con la adopción, también está tutelada jurídicamente, en una familia unida de modo estable por el vínculo matrimonial, asegura al niño el clima sereno y el afecto, a la vez paterno y materno, que necesita para su desarrollo humano pleno.

Precisamente esto es lo que muestra vuestra experiencia. Vuestra opción y vuestro compromiso son una invitación a la valentía y a la generosidad para toda la sociedad, a fin de que estime, favorezca y sostenga cada vez más este don, también legalmente.

5. Os agradezco vuestro testimonio. Al celebrar el bimilenario del nacimiento de Cristo, en este gran jubileo, recordemos también que todo hombre que viene al mundo, en cualquier condición, lleva el signo del amor de Dios. Cristo nació y dio su vida por cada niño del mundo. Por tanto, todos los niños le pertenecen.

"Dejad que los niños se acerquen a mí" (Mc 10, 14). La madre Teresa, en cierto modo, se hizo eco de estas palabras de Cristo cuando, a las madres que querían abortar, les decía:  "Traedme a vuestros hijos". Imitándola, vosotros os habéis puesto con Cristo a favor de los niños. Que Dios os colme de toda consolación y os sostenga en las dificultades del camino.

Os abrazo y bendigo a todos en su nombre.
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