Amadísimos hermanos en el episcopado:
1. "Paz a vosotros" (Jn 20, 19). Os acojo con el saludo
pascual de Cristo a los Apóstoles, que corresponde muy bien a
vuestra actual celebración jubilar, pues tiende a la
reconciliación y a la paz con Dios y con los hermanos. Esto vale
para todos los fieles, pero vale de modo particular para
nosotros, pastores, llamados a ser "modelo del rebaño" (1 P
5, 3).
Todos tienen necesidad de la paz. Sin embargo,
de modo especial, debe ser "hombre en
paz" y "hombre de paz" quien,
compartiendo como vosotros la "sollicitudo omnium Ecclesiarum"
propia del Obispo de Roma, cumple la misión de contribuir con
todas sus energías al ministerio de comunión que Cristo confió a
Pedro y a sus sucesores.
Esta delicada misión hace que os sienta
particularmente cercanos incluso cuando os encontráis en
vuestras sedes, esparcidas por las diversas partes del mundo.
Por esta cercanía, que diariamente se alimenta y apoya en la
oración, me alegra dirigiros hoy un saludo muy cordial, en el
marco del gran jubileo. De la misma manera, quisiera dedicar
palabras de afecto en especial a los más ancianos de entre
vosotros, tanto por edad como por servicio, y que han afrontado
generosamente el "pondus diei et aestus" en sedes con frecuencia
difíciles por la situación sociopolítica o por la condición
climática.
2. En efecto, sois
representantes del Papa ante los Gobiernos
nacionales o ante las instituciones
supranacionales, pero, en primer lugar, sois
testigos de su ministerio de unidad ante las
Iglesias particulares, a cuyos pastores
aseguráis la posibilidad de un contacto
constante con la Sede apostólica. Otra
tarea, que ha ido incrementándose durante
estos años gracias al impulso del concilio
ecuménico Vaticano II, es el servicio a la
unidad plena de todos los cristianos, que es
un anhelo del corazón de Cristo y, en
consecuencia, también un deseo ardiente del
Papa y del Colegio episcopal. No hay que
olvidar tampoco la gran contribución que
estáis llamados a dar a la búsqueda y a la
consolidación de una relación armoniosa con
todos los creyentes en Dios, así como de un
diálogo sincero con los hombres de buena
voluntad.
En este servicio seguís los pasos de
muchas personalidades ilustres, algunas
de las cuales brillaron por auténtica
santidad de vida. Y ¡cómo no recordar, con
íntima alegría, que los dos Papas que fueron
propuestos recientemente como modelos de
virtudes cristianas a toda la Iglesia, el
beato Pío IX y el beato Juan XXIII, son, por
decirlo así, vuestros "colegas" en el
servicio diplomático de la Santa Sede!
Ciertamente los sentís cercanos de modo
especial, y esto favorece vuestra comunión
espiritual con ellos y vuestro deseo de
imitar su ejemplo.
3. El lema del Papa Juan XXIII
-"Oboedientia et pax"- puede ser para
cada uno de vosotros un programa muy
valioso. Si inspiráis en él vuestra
disposición interior, tendréis
indudablemente un antídoto eficaz
contra el abatimiento o la tristeza que
pueden embargaros cuando una iniciativa
largamente preparada no surte el efecto
deseado, o cuando un paso dado con las
finalidades más nobles es mal interpretado,
o incluso cuando surgen aspectos humanos
poco gratos en las situaciones de la vida o
en la misma organización de vuestro trabajo.
El Señor permite muchas cosas..., y a veces
nos cuesta reconocer el entramado de gracia
que subyace a nuestra existencia y a los
mismos acontecimientos de la historia.
Por eso, nos han de ayudar las palabras del
Apóstol a los Romanos: "Sabemos que a los
que aman a Dios todo les sirve para el bien"
(Rm
8, 28). El secreto espiritual del beato Juan
XXIII consistía en su capacidad de
transformar en ocasión de bien, con la
fuerza interior de la oración, todas las
situaciones: su jornada, sus preocupaciones,
sus alegrías y sus tristezas, el paso de los
años... En efecto, quien lee su Diario no
puede por menos de sentir admiración por la
riqueza de su vida espiritual, alimentada de
diálogo constante con Dios en cada
circunstancia, con fidelidad diaria al
deber, incluso oscuro, monótono y pesado.
Este es un aspecto significativo de su
santidad, junto con el respeto a sus
colaboradores, por los cuales sentía afecto
paterno-fraterno. Me refiero aquí a una
dimensión característica de vuestra
experiencia en las nunciaturas, donde un
pequeño grupo de personas vive en estrecho
contacto diario. A veces colaborar puede
resultar difícil, incluso por la diferencia
de edad, de nacionalidad, de formación y de
mentalidad. Que el Señor os conceda formar
una buena comunidad de trabajo, para el
bien y la edificación de cada uno, así como
del servicio que se os ha confiado.
4. Deseo poner de relieve aquí
la importancia de la misión del nuncio para
la Iglesia que vive en el país a donde es
enviado como representante pontificio. Es un
servicio importante y delicado, que debe
desempeñar desde la perspectiva
eclesiológica de la comunión, tan
destacada por el concilio Vaticano II (cf.
Christus Dominus, 9; Código de
derecho canónico, c. 364). En efecto,
estáis llamados a prestar un servicio de
comunión. Un servicio que, por su misma
naturaleza, no puede limitarse a una fría
mediación burocrática, sino que debe ser una
auténtica presencia pastoral. No
olvidéis que el nuncio es también un
pastor,
y ha de actuar con el espíritu de Cristo
"buen Pastor".
Además de vivir ese sentido pastoral como
representante del Sucesor de Pedro, debe
sentirse fraternalmente cercano a los
pastores de las Iglesias particulares,
compartiendo con ellos el celo apostólico
mediante la oración, el testimonio y las
formas de presencia y de ministerio que
resulten más oportunas y útiles al pueblo de
Dios, respetando la responsabilidad propia
de cada obispo.
Amadísimos nuncios, vuestro ministerio,
vivido de este modo, pone claramente de
relieve el vínculo necesario entre las
dimensiones particular y universal de la
Iglesia. Al ayudar al Sucesor de Pedro a
apacentar la grey de Cristo, ayudáis a las
Iglesias particulares a crecer y
desarrollarse. En este servicio, afrontáis a
menudo problemas, dificultades y tensiones.
Os agradezco de corazón la valiosísima
contribución de vuestra experiencia, gracias
a la cual sabéis conjugar la sensibilidad
por las Iglesias y las sociedades en las que
cumplís vuestra misión, con la fidelidad a
las líneas que inspiran la acción de la
Santa Sede, tanto en el campo eclesial como
en el civil.
5. En realidad, la posibilidad
de experimentar directamente en la Iglesia
la diversidad
legítima, respetando la unidad debida,
es un don que ciertamente constituye para
vosotros un motivo de enriquecimiento humano
y espiritual y, en cierto modo, os
recompensa por los sacrificios que afrontáis
debido a los cambios de clima, de lengua, de
mentalidad, de cultura y de condiciones de
vida. Durante mis viajes apostólicos he
tenido la oportunidad de conoceros mejor,
visitándoos en vuestros respectivos lugares
de trabajo. Recuerdo haber dicho una vez a
uno de vosotros, en el momento de despedirme:
"Hoy para usted es el día de la liberación".
Con un poco de humor quise dar a entender
que había comprendido lo que significa para
un nuncio la preparación y la realización de
una visita apostólica; era una manera de
expresarle mi aprecio, que reitero aquí a
cada uno de vosotros.
Estimo mucho vuestro compromiso de ser
intermediarios entre la Santa Sede y los
Episcopados locales, así como todo el
trabajo de mediación que lleváis a cabo ante
las instituciones políticas y sociales de
los países en los que desempeñáis vuestra
misión o en la relación con los organismos
internacionales a los que sois enviados.
Vuestro objetivo constante consiste en
promover la paz, la paz auténtica, que
únicamente existe si se apoya en las
columnas de la verdad, la justicia, la
libertad y la solidaridad (cf. Pacem in
terris, 49-55 y 64). Sabéis bien que
este compromiso se traduce concretamente en
la lucha contra la pobreza y en la promoción
de un desarrollo humano integral, porque
sólo sobre estos presupuestos es posible
fundar una paz verdadera y duradera entre
los pueblos de la tierra, respetando los
derechos fundamentales de la persona humana,
que es imagen de Dios.
6. En vuestra acción podéis
contar con el prestigio de una diplomacia
que tiene una historia secular y que se ha
enriquecido con la contribución de hombres
insignes por su equilibrio, su sabiduría y
su vivo sentido de la Iglesia. Ojalá que su
ejemplo sea para cada uno de vosotros casi
un paradigma que os sirva de orientación y
apoyo.
Sin embargo, más allá de cualquier
referencia humana, por más noble que sea, la
luz verdadera os llega de Cristo y de su
Evangelio. Las dotes de prudencia humana,
inteligencia y sensibilidad deben conjugarse,
en cada uno de vosotros, con el espíritu de
las bienaventuranzas. En cierto sentido,
vuestra diplomacia ha de ser la "diplomacia
del Evangelio". En esta tensión
espiritual reside vuestra fuerza y
vuestro secreto. Por eso, vuestra fe en
Cristo debe ser la llama que ilumine y
caliente cada una de vuestras jornadas.
Habéis querido confirmar y fortalecer esa fe
también con esta peregrinación jubilar. En
algunos casos, la habéis realizado con
muchos sacrificios. Al expresaros mi
gratitud también por este testimonio de fe y
de comunión, os aseguro mi constante
recuerdo en la oración. Hoy también he
celebrado la misa por todos los nuncios.
Os encomiendo a cada uno y vuestro trabajo a
la protección materna de la Virgen santísima,
y, rogándoos que me recordéis con frecuencia
a mí y mi ministerio, sobre todo en la
celebración de la santa misa, imparto con
afecto a cada uno la bendición apostólica,
que extiendo complacido a vuestros
colaboradores y a vuestros seres queridos.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 38 pp. 3, 6
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