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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A UN
GRUPO DE PEREGRINOS DE LA ARCHIDIÓCESIS DE COLONIA
Lunes 18 de septiembre de 2000
Señor cardenal, venerados hermanos en el episcopado, queridos
sacerdotes y diáconos, queridas hermanas y queridos hermanos:
1. Después de haber celebrado con vuestro cardenal arzobispo la Eucaristía
ante las tumbas de los Apóstoles, en la basílica de San Pedro, la piedra sobre
la cual está edificada la morada de Dios, deseáis encontraros con el Sucesor
de Pedro. Por tanto, ¡sed bienvenidos! Saludo en particular al arzobispo de
Colonia, cardenal Joachim Meisner, que os ha acompañado junto con un numeroso
grupo de pastores en vuestra peregrinación a Roma.
2. Hoy, antes de la santa misa, habéis entrado con plena conciencia en la
basílica de San Pedro. Habéis cruzado la Puerta santa, que durante el jubileo
del año 2000 permanece abierta. La Puerta santa es imagen de Cristo, que dijo
de sí: "Yo soy la puerta". Vuestra solemne procesión festiva
no debería ser sólo un rito externo, sino sobre todo el signo de una opción
interior. Cristo es exigente. Llama a los hombres a decidir. No en vano prometió
a los suyos: "Quien entre por mí se salvará y podrá entrar y
salir, y encontrará pastos" (Jn 10, 9).
Hoy las personas se encuentran frente a numerosas puertas abiertas. Precisamente
a los jóvenes les resulta difícil elegir, entre tantas puertas, la que
confiere a la vida sentido y certeza. No es fácil rechazar algunos placeres
exteriores y sumergirse en la alegría interior, profunda y silenciosa. Así
pues, sin duda, la puerta de la vida es estrecha. Quien quiera cruzarla, debe
hacerse pequeño, para que Cristo crezca. Debe despojarse de lo superfluo y
accesorio, para dar cabida a Cristo.
3. Me alegra que, pasando por la Puerta santa queráis demostrar vuestra
decisión de cruzar el umbral del tercer milenio en compañía de Jesucristo. Así
mismo, os invito a orar precisamente por los jóvenes, que en estos años tan
importantes para ellos deben tomar decisiones vitales. Que el Espíritu
Santo les dé luz, fuerza e intrepidez para elegir la senda
que pasa por la puerta estrecha, a pesar de las
dificultades (cf. Mt 7, 13).
Quiera Dios que la experiencia de esta peregrinación os fortalezca
personalmente, para que anunciéis vuestro amor desde el horizonte que
Jesucristo nos abrió a los hombres hace dos mil años: "Yo he venido
para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10).
A vosotros, y a toda vuestra familia diocesana, os imparto de corazón mi
bendición apostólica.
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